Adolfo Álvarez Barthe, el pintor trascendente

Adolfo Álvarez Barthe con su obra.

Luis Artigue

En efecto entramos ahora en la Galería de Arte Ármaga (pasaje de Alfonso V) y estamos en la maternal, espiritual, enamorada, erótica, lúcida, tolemaica, trascendente y visionaria exposición ultima del pintor de las veladuras, las capas de significado y la luz fluorada procedente del paraíso de Dante, don Adolfo Álvarez Barthe… ¡Un pintor especialmente sensible a la trascendencia!

Como quien aventara en la noche las cenizas de su madre muerta y llenara así la oscuridad de luciérnagas y de luz espiritual, comienza el viaje trascendente que es esta exposición. 

Y lo hace con un cuadro que aúna la mariología y la poesía, el titulado Virgen de Vladimir, una pieza que plásticamente homenajea al arte bizantino y a la poesía rusa de Ana Atjmatoma y Soloviev, y el cual conceptualmente se asienta en la idea del gran teólogo de la estética Hans Urs von Balthasar y de la mística Adrienne von Speyr, que son quienes enseñan a dúo que en la madre está en hijo; que la madre es el único aspecto espiritual cristiano no trinitario sino binario, sino doble; que en la madre está oriente y occidente, la luz y la sombra, la carne y el espíritu, la nada y el todo. Bello homenaje del pintor a su madre y la nuestra como punto de partida de una exposición cristiana y gnóstica repleta de vírgenes pitagóricas, de cristos que se acompañan de sátiros, del Camino de Santiago como itinerario espiritual pero a la vez también astral y como puerta abierta hacia la trascendencia (ya sea trascendencia religiosa, trascendencia cultural, trascendencia política o esa fundamental trascendencia del yo que suponen el amor, el deseo, la historia, la familia y la patria).

Hemos de hacer una parada especial ante el retablo-mosaico que hay en esta exposición donde contemplamos un Cristo originalísimo junto a los cuatro evangelistas. Nótense las referencias culturales, líricas, teológicas y críticas por la censura y el dogmatismo que hay en estos cuadros de fe no fundamentalista sino fundamental, en los cuales el propio autor se coloca en posición de humildad por su condición de cristiano marginal, heterodoxo y al riesgo (como Dante o Miguel de Molinos por ejemplo), pero rebosante de piedad... Uno ve con atención esta parte de la exposición, y, igual que le ocurrió a Simone Weil en Asís, algo le impele a arrodillarse. 

Pero luego está el críptico de los visionarios; de los que son trascendentes capaces de ver que el mundo puede ser de otra forma: Dante que vivió en un tiempo en el que los seres humanos aún tenían grandes visiones (ahora solo tenemos sueños), Santa Teresa de Jesús cuyo ímpetus orante y cuya mística unitiva era el don ascendente más potente que hemos conocido –más allá del de Cristo y del de la Madre- (por esto toda esta exposición se titula Ascensión), y Luis Saenz de la Calzada, representante del surrealismo, de la trascendencia por vía imaginativa y lítica más allá de la razón, esto es, por la vía de la intuición. 

El pintor leonés Alfonso Álvarez Barthe en la exposición de Ármaga.

Desde el cuadro de Luis Saenz de la Calzada la exposición se llena de poesía con sus homenajes a Luis Cernuda, el poeta en su laberinto, y a Virgilio, confluencias de sensibilidad carnal y de pasión homoerótica, que nos abren la puerta a otro de los componentes fundamentales de esta exposición: eso, la pasión homoerótica como expresión astral, espiritualizada y cósmica de lo que ya decimos que la Madre de Dios y madre nuestra representa teológicamente: lo binario, doble, lo mejor de los dos mundos. 

Como en la vida misma en esta exposición hay santos y sátiros, hay dioscuros, nubes de deseo, suspiros no diferenciados, la hispanidad trascendente y cartas astrales por doquier que son el summum artístico de un heterodoxo sentible, trascendente, cultísimo, intenso y generosamente irradiador de eso que solo lo divino y la belleza pueden darnos: el consuelo frente a la muerte de la madre y el sufrimiento del ser amado.

Nosotros los seres humanos somos nada, tímidos arroyos cuya fuente parece ignota, pero hay gente sensible y trascendente que ve eso, nuestra fuente inmaterial, y, mediante su obra, nos la muestra, y nos ilumina, y nos bendice…

Sí, ser sensible significa nieve en los dedos. O implica que de la música callada puedes extraer a la vez sed y arrullo. Un salto hacia el abismo: no más lejos, más hondo.

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