Los expertos alertan de la inminente pérdida del patrimonio tradicional de la toponimia leonesa
Todo el mundo conoce la pared vertical más famosa de España que corona el paisaje de Caín en los Picos de Europa como el Naranjo de Bulnes, pero casi nadie –salvo los lugareños, y algunos asturianos y leoneses– saben que su nombre de verdad es el Picu Urriellu. El pueblín más curiosín del País Leonés en la raya entre el Estado Español y el de Portugal tiene que sufrir la ignominia para los leoneses de un apellido impuesto en el franquismo y en todos los reportajes se conoce como 'Rihonor de Castilla', cuando los lusos lo llaman Rionor y los de eillí saben que su nombre real es Ruidenore (o Rueidenore).
Y así muchas denominaciones toponímicas leonesas han sufrido cambios a lo largo de los siglos para eliminar sus denominaciones tradicionales; o imponerles una etiqueta tan errónea –e insultante para los leoneses– como llamar a la montaña más alta de León (Torre Santa, de 2.596 metros por encima del nivel del mar) siempre 'Peña Santa de Castilla' en todos los medios de comunicación.
Además se cuenta, se comenta, que en el caso de las Santa Colombas, los ingenieros de carreteras cambiaron su nombre original de Santa Palomba [palomba es paloma en castellano, de ahí la cría de estas aves para mensajería se denomina colombofilia]; por no hablar de que la propia ciudad de León tiene otro nombre en su propio idioma materno: Llión.
Hay multitud de ejemplos, de sustituciones de los nombres tradicionales leoneses (tanto en asturllionés como en gallego, ojo) de todo tipo, tamaños e intenciones desde las más inocentes a las más sangrantes, injustas e impuestas por desprecio absoluto a la nuesa llingua, que se intensificó en las Escuelas de la Segunda República. Una época, pese a lo que se cree, muy agresiva contra las lenguas locales. Casi más que el franquismo –que sí promocionó, al menos en las universidades, el catalán y el vasco (mucho menos el gallego) permitiendo incluso el uso de la lengua catalana en ámbitos privados; llegando a aprobar leyes para su enseñanza en los colegios en 1974– pero que en el caso del asturllionés y el aragonés sí fue cuasi mortal porque directamente los que consideraba español mal hablado.
El proceso de desprestigio de la llingua asturllinoesa
Este ataque sin conmiseración a las falas llionesas del Estado Español del siglo XX provocó un desprestigio profundísimo de la llingua, que se define como diglosia –algo que ocurre hasta en Extremadura con las palabras de este idioma, que es el romance heredero del latín con los escritos más antiguos de un reino cristiano de la Hispania medieval en la Nodicia de Kesos del siglo X–, un proceso en el que una lengua (en este caso el castellano) se impone a otra y los hablantes de esta última sienten vergüenza al usarla porque les llegan a decir que “hablan mal” o que tienen dislexia, una enfermedad, un problema... y entonces dejan de usarla cuando ven que otra persona habla en la lengua fetén y sólo queda en el ámbito muy familiar o personal.
Este absoluto menosprecio a la zona lingüística popular que va desde Asturias a Huelva ha provocado ataques partidistas en contra suya que aún continúan, asegurando que es 'una lengua inventada' –como si existiera alguna lengua que no fuera inventada– y que han provocado una política en contra de ella que aún continúan desde el siglo XX, “aunque venía su desprestigio desde que compartieron un sólo rey las coronas leonesa y castellana [nota: no se fusionaron en un solo reino], acelerando desde la Edad Moderna su retroceso hasta la peligrosa situación de desaparición que se vive hoy pese a los esfuerzos, siempre civiles, por recuperarla; ya que las instituciones la tienen injustamente abandonada”, explica el miembro de Faceira e historiador experto en el Reino de León Ricardo Chao.
Este desprecio institucional ha provocado que no sea aún lengua cooficial incluso en el Principado de Asturias, pese a los múltiples intentos de conseguir la oficialidá con decenas de miles de personas reclamándola en la calle –y que está totalmente abandonada institucionalmente en Castilla y León, pese a que su estatuto indica que tiene obligación de protegerla, cosa que el Consejo de Europa ha denunciado varias veces, y también al Gobierno español–; y por mucho que se la ataque con el manido mantra de que “no la habla nadie”. Pues no es así, ya que se calcula que más de 50.000 hablantes diarios y medio millón la reconocen y la entienden (con grande diversión con vídeos míticos como los de Al Platu Vendrás en los que les resulta fantástico ver cómo un castellano hablante no entiende nada, mientras los asturianos y leoneses se mondan de la risa con Indiana Jones y la Última Fartura o el del recluta cachopo de los marines asturianos que se puede ver aquí debajo) es una de las lenguas protegidas de un estado de la Unión Europea como Portugal con su variante del Mirandés.
Esto provoca que las zonas donde está peor el idioma sean, por la falta de apoyo de la Junta de Castilla y León yendo en contra de su propio estatuto de autonomía, sean precisamente León y Zamora. Las asociaciones en defensa de este idioma dialecto del latín (o más bien del romance posterior al latín) y el Ayuntamiento de León son las únicas que intentan protegerlo, promocionando un Curso de Cultura y Llingua Llionesa mediante vídeos en internet para aprender su gramática.
Lengua pobre... ¿Lengua muerta?
El problema fundamental está en que al ser una lengua de gentes humildes, de una zona pobre, se considera que “no sirve para nada” al compararla con el uso internacional del español. Da igual que la propia Unesco considere al asturllionés como 'lengua en peligro de extinción' porque los ataques son tan furibundos (debido al miedo a que se produzca un uso político partidista como hacen los independentistas vascos, catalanes y gallegos) que se hace bien difícil que los gestores públicos atiendan a la reclamación de la oficina cultural de la ONU. Es algo que denuncia la lingüísta Henar Álvarez en su canal de Youtube Linguriosa.
Otro defensor del asturllionés es Denis Soria (conocido en Instagram como @Ser_Asturianu) que en esta entrevista publicada en ILEÓN por el escritor Abel Aparicio (otro adalid de la cultura leonesa) denuncia que el asturleonés ha sido tratado históricamente como un estorbo por un modelo de Estado centralista “que identificó 'lo español' con lo castellano, generando complejos, prejuicios y un proceso avanzado de sustitución lingüística que relega la lengua al ámbito familiar y la despoja de prestigio social”.
Critica que, pese a cierto reconocimiento legal en Asturias y en la Tierra de Miranda (Portugal), “la política lingüística sigue siendo incoherente y subordinada a la hegemonía del castellano, lo que bloquea debates como la oficialidad y alimenta campañas de miedo contra las lenguas propias”. También carga contra un nacionalismo de corte castellanocéntrico que convierte a los hablantes de lenguas distintas al castellano en “enemigos internos”, y defiende que el asturleonés es un patrimonio común —como una catedral o el prerrománico— cuya pervivencia debería ser una responsabilidad compartida de asturianos, leoneses y mirandeses.
De la misma opinión es el escritor extremeño Aníbal Martín que habla en esta otra entrevista de Aparicio sobre la diglosia que vive el estremeñu y las hablas vinculadas al asturleonés, “relegadas a ámbitos rurales y familiares mientras el castellano acapara el prestigio y la esfera pública, generando estigma y autocensura entre sus hablantes”. También critica el centralismo lingüístico que impone un supuesto 'acento neutro' del castellano (que no es así, tal y como se puede comprobar escuchando a un burgalés, a un murciano o a un gaditano) señalando “la glotofobia que desprecia las variantes locales y el uso del folclorismo para encerrar estas lenguas en lo anecdótico, en lugar de reconocerlas como patrimonio vivo”. Frente a ello, defiende nombrar y dignificar estas hablas (estremeñu, hurdanu, serraillanu, a fala…), reforzar su presencia en la educación, la vida cotidiana, la señalética y los medios de comunicación, como vía para evitar su desaparición y para que los hablantes recuperen orgullo y naturalidad al usarlas.
Y es que no es baladí el uso de los nombres originales en la toponimia. “A través de los seculares nombres del paisaje, otorgados por nuestros antepasados con mucha sabiduría, aprendemos infinidad de datos sobre el terreno, su flora, su fauna o sus más especiales características hidrográficas o geológicas”, comenta el editor de La Senda del Hayedo en este artículo publicado en ILEÓN titulado 'Curiosas coincidencias toponímicas en la Montaña Oriental Leonesa'.
En él Alejandro Díez González señala cómo la zona “está llena de coincidencias toponímicas con Asturias, Cantabria y otros territorios”, y usa esos paralelismos para reivindicar la unidad histórica y cultural del espacio asturleonés. A partir de nombres como Tarna, Naranco, Mampodre, Sella, Salio, Isoba o Riaño, explica que “muchos topónimos comparten raíces ligadas al agua, las fuentes, los ríos y el relieve, lo que revela conexiones antiguas entre comarcas hoy separadas por fronteras administrativas”.
Díez González plantea “que la toponimia no es una curiosidad menor, sino una pista valiosa para entender la historia, la lengua y los vínculos entre León y el ámbito cantábrico” y cabe preguntarse como es todavía que no existe un mapa de las cumbres leonesas con sus nombres originales que son tan bonitos como los picus Gilbo, Llambrión, Llastrias, Talenu, Yordas, Susarón, Catoute, Oroel, Fontún y tantos otros.
El problema inesperado de la tecnología contra el asturllionés
La cuestión que está agravando la desaparición de la toponimia tradicional leonesa es, paradójicamente, la tecnología que permite conservar el asturllionés en vídeos y en páginas web, como se puede ver en la videoteca en Youtube de la Cátedra de Estudios Leoneses de la Universidad de León sobre los últimos falantes de la llingua en la provincia de Llión. Cosa que hace también en su perfil de TwiXter @cele_unileon, que promociona los usos cotidianos del idioma materno de la zona lingüística entre el gallego y el castellano.
Otra institución que trabaja en la cultura leonesa, el Instituto Leonés de Cultura (@ILC_Dipuleon) es donde trabaja Javier Miguélez Rodríguez (@JavierMiGrod), que esta semana pasada publicó en su substack La mirada del Renubero una entrada sobre una propuesta de conservación de la toponimia leonesa. Este geógrafo antropólogo, defiende que “la toponimia leonesa debe recogerse, conservarse y estudiarse como parte esencial del patrimonio cultural inmaterial, porque los nombres de lugar guardan memoria histórica, lengua, paisaje y formas de vida que se están perdiendo”. El ILC también no se olvida del galegoy también trabaja en promocionarlo con unas unidades didácticas en gallego, ya que se habla en los municipios limítrofes a la comunidad autónoma vecina de El Bierzo y en los de Zamora, pero no es su ámbito de actuación. Aunque en este caso la Junta de Castilla y León sí que lo protege, con enseñanza reglada en estas zonas, cosa que no hace con el leonés con múltiples excusas.
También insiste Miguélez en que esa conservación “no debe limitarse a listar nombres, sino que ha de vincularlos al territorio real, a su cartografía y a los elementos naturales y humanos que les dan sentido, para evitar que desaparezcan o queden desfigurados por el uso administrativo y el olvido”.
“Sin toponimia no solo se pierde una señal en el mapa, sino una parte de la identidad colectiva y de la memoria de los pueblos leoneses”, remacha proponiendo que la sociedad civil leonesa se implique en crear una estrategia para conservar los verdaderos nombres de Llión para que no se pierda ese saber tradicional cultural que es el alma no sólo de las cosas y los lugares, sino del pueblo leonés.
TRANSPARENCIA – NOTA SOBRE EL USO DE IA EN ESTE ARTÍCULO: para resumir los artículos publicados en ILEÓN que se han puesto como ejemplo se ha usado la Inteligencia Artificial Perplexity como asistente al periodista, que ha revisado la corrección de su resultado y arreglado estilísticamente para adecuarlo la información ofrecida al lector al tono del artículo.