Sexo, violencia y llantas... en León

'Facendera', libro de Óscar Sierra García.

En este mundo veloz en el que todo caduca en menos de lo que dura un parpadeo, vuelvo a fijarme en obras viejas. Esta no debería ni siquiera considerarse como tal, porque apenas ha cumplido cuatro años y, sin embargo, a su autor ya le salió una más y esperemos que vengan otras. Facendera fue la primera novela del leonés Óscar García Sierra, que venía de la poesía y de una nostalgia de la destrucción nada edulcorada. Mirar a los pueblos puede traducirse, con frecuencia, en una visión idílica en la que el viento te remueve el pelo y el sol te baña en el punto exacto en el que toca, a la vez, un membrillo recién recogido que brilla sobre una cesta de paja. Pero tampoco es eso. Y en Facendera queda más que claro. Es la historia de una destrucción, la de una forma de vida, asociada a la minería en la montaña de León. Un cúmulo de desgracias que van penetrando en la mente de sus habitantes que, para sobreponerse al fin de una era, se drogan, claro, porque qué vas a hacer cuando hasta hacía cinco minutos todo era derroche y de repente, de la noche a la mañana, solo hay abandono y trabajos precarios, si los hay, que te dejan al borde de las lágrimas y la desolación. Pero no solo a ti si eres joven y estás buscando una salida, como le pasa al protagonista de la historia y a muchos de sus amigos, sino también a tu madre, a tu supuesta novia y a todo lo que hay alrededor. La novela se entrelaza entre el recuerdo ambiguo de lo que sucedió en el pueblo del que procede el narrador y, como si fuese un cuento de Cortázar, lo teje con su presente en un Madrid en el que, como todo aquel que comienza a abrirse a la vida, va descubriendo de qué va eso de amar pero, antes que nada, debe buscar estrategias eficaces para ligar. Y para eso, si sabes contar historias, lo usas, por qué no. Aunque a veces la fantasía exagerada pueda chocar con la realidad y jugarte en contra. 

En el recuerdo del protagonista de Facendera apenas aparece la belleza sobrecogedora de las montañas del norte de León. Más bien se detiene en su herida, en cómo la industria destrozó las entrañas de la tierra para darle un buen pasar a quienes se atrevían a penetrarla y teñir sus ojos de una mugre negra a través de la que, en muchas ocasiones, se dejaban también la vida. Sigue pasando. Hace bien poco hubo muertos otra vez en la mina de Cerredo, en la frontera entre León y Asturias, paisaje en el que esta novela detiene sus pulsos. Porque la España olvidada no es un lugar idílico, aunque pueda serlo. Es, también, un lugar en el que sus habitantes sienten desprecio muchas veces incluso por sí mismos y por todo aquello que no pudo ser: un sueño dorado que se convirtió en ceniza y dolor, en una vida despojada de expectativas para los que vienen detrás que, o se quedan a malvivir de lo que puedan, o ponen sus ojos en el horizonte más lejano posible.

Pero en la montaña quedan también soñadores, quedan antiguos mineros que siguen mirando a su tierra con amor y jóvenes que están decidiendo resistir reinventándose en lo profesional. En un mundo en el que el trabajo ya no es lo que era, decidir habitar esos lugares a los que casi nadie mira es también una posibilidad de futuro. Las montañas siguen siendo un lugar sagrado y ahora nos toca a nosotros, sus nuevos pobladores, inventar nuevas salidas en un momento en el que las grandes capitales han dejado de ser alternativas de futuro.

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