La práctica de recordar el pasado

Aldous Huxley con su ensayo 'Las puertas de la percepción'.

“Si las puertas de la percepción se purificasen, cada cosa aparecería al hombre como es: infinita. Pues el hombre se ha encerrado hasta el punto de no ver sino a través de las grietas estrechas de su caverna”, es la reflexión (una de las más conocidas) del pintor, poeta y místico inglés William Blake en El matrimonio entre el cielo y el infierno, obra escrita entre mil setescientos noventa y mil setescientos noventa y tres. Algo más de siglo y medio después, el también escritor y místico Aldous Leonard Huxley se sometió a experimentos bajo el consumo de mescalina (y posteriormente de otras sustancias alucinógenas) a fin de purificar ‘las puertas’ a las que Blake había hecho referencia, describiendo sus experiencias sensoriales en el ensayo Las puertas de la percepción. Y la conclusión fue la siguiente: el cerebro representa un ‘filtro protector’ que restringe la percepción inmediata de la realidad. Se necesita, pues, pulir ese ‘filtro’ si queremos captar lo que existe más allá de nuestros pobres sentidos.

Atraído por Huxley, Jim Morrison (junto al tecladista Ray Manzarek) fundó, en mil novescientos sesenta y cinco, la mítica banda The Doors. Tres años después saldría la primera edición (en inglés) de Las enseñanzas de don Juan, tesis doctoral de Carlos Castaneda en la que Mescalito (el peyote) juega un rol protagónico. En fin, desde la segunda mitad del pasado siglo, las puertas del conocimiento quedaron abiertas a búsquedas ‘poco ortodoxas’: en el metafísico afán de ‘percibir lo infinito’ se desarollaron los movimientos de la contracultura, proliferaron corrientes ‘paranormales’ de diversa índole y la New Age, inquietante colofón ideológico del primer milenio de nuestra era cristiana, hirvió a borbotones a la temperatura de escuelas místicas y de sectas, cada una de ellas con sus rituales esotéricos, sus ‘terapias alternativas’ y sus ‘salidas del cuerpo’, prácticas ancestrales tan puestas de moda en la actualidad.

Sin embargo, a veces el camino del conocimiento es mucho más simple de lo que pensamos y lo tenemos al alcance de la mano. A mí, por ejemplo, me basta con mirar a través de la ventana de esta ‘habitación con vistas’ para ver cómo el paisaje se transforma. Y es que al observar la caricatura urbana creada por los diseñadores del barrio en el que habito, mi observación se fragmenta, no en pedazos (como cuando un cuerpo frágil se escacha contra el suelo), sino en evocaciones de un pasado aparentemente lejano… recuerdos que me conectan con el ayer hasta el punto de hacerme creer que el presente no existe. Estoy dando, sin lugar a dudas, un salto que me permite ‘rasgar el velo’ del que hablaba Helena Blavatsky; una inmersión profunda en el tiempo que, sin ayuda de la mescalina, me conduce a una percepción inmediata de la realidad.

No percibimos el presente, sino el pasado

No se trata de estar bajo los efectos de la mescalina o del LSD o de la ayahuasca o de cualquier otra sustancia psicoactiva. Nada de eso. Se trata, simplemente, de echar a andar el motor de los recuerdos, a fin de percibir el mundo (como sostenía Blake) no a través de ‘las grietas estrechas de nuestra caverna’, sino desde una perspectiva libre de obstáculos en la que, bajo el continuo fluir del tiempo, ‘el filtro’ se hace añicos.

En su Teoría de la Relatividad, el genio Albert Einstein habla de que el presente no puede ser capturado por los sentidos, pues la percepción del tiempo (o mejor dicho, del tiempo-espacio) existe en correspondencia con la perspectiva del observador, la cual, a su vez, está sometida a constantes cambios. Mucho antes de Einstein, Heráclito de Éfeso, pionero de la Física Cuántica en su manifestación más primitiva, aseguraba que no nos podemos bañar dos veces en el mismo río. Será por eso que al mirar por la ventana de ‘mi habitación con vistas’ y ver esta calle y estos coches en ella aparcados… y las moles de concreto (estos edificios construidos por y para el ser unánime condenado al pensamiento unánime) que me impiden ver lo que hay más allá…, salto a otro tiempo y a otro espacio. Y lo hago gracias a la memoria.

¿Es entonces la memoria una vía de ‘percepción inmediata’?

Sí, desde luego. Claro, no se trata de sumergirnos mentalmente en lo peor de nuestra vida. Al contrario, se trata de aprender a viajar en la quinta dimensión a la que nos conducen los recuerdos. Y allí, en ese tiempo-espacio sin criba, volver a tener en nuestras manos aquel juguete olvidado en el armario de la niñez, encontrar de nuevo a los amigos de la adolescencia (esos que nos ayudaban a urdir ‘programas malditos’ contra todo lo que nos era impuesto), caminar por las calles del viejo barrio (y verlas tal y como eran), deleitarnos con el olor de la albahaca en el patio de la abuela, escuchar (sin ayuda de Youtube) viejas canciones, ponernos de nuevo el mejor traje que tuvimos para asistir a la mejor fiesta, dar el primer beso de amor y sentir en la piel el toque de una caricia prohibida y en el sexo el primer orgasmo… Y también –¿Por qué no?– contagiar de nuevo el sarampión y las paperas y padecer las fiebres altas que mamá nos quitaba con baños de alcohol, quedarnos en vela la noche anterior al examen que nos llevó a repetir el curso, enjugar los lagrimones derramados por un amor imposible… y ver a nuestros seres queridos diciéndonos adiós mientras el laurel del jardín se pudre bajo el musgo…

Y así, viajar en el pasado hasta regresar a ‘nuestra habitación con vistas’ en la que olvidamos –porque el olvido es tan perspicaz como la memoria– que el presente es el ayer que somos y el hoy que fuimos.

Es posible que Blake y Huxley estén de acuerdo con esta práctica de experimentar con la memoria.

Es posible que, desde el universo de los intangibles, la patenten para su uso en la Tierra.

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