TRIBUNA DE OPINIÓN
A-76: aberración total

El río Sil a su paso por la Sierra de la Encina de la Lastra.

La historia ambiental del noroeste es un rosario de despropósitos grandes y pequeños, muchos de ellos gestados desde la Administración. El último fue Altri, impulsado desde la trastienda de la Xunta de Galicia y, conviene recordarlo, contó con el beneplácito de PP, PSOE y BNG en el parlamento gallego y en la Diputación de Lugo. Rectificar es algo meritorio. Tenemos ahora delante una nueva cuenta en el rosario que rectificar, pero no sé si se llegará a tiempo. La catástrofe parece ya inevitable.

La autovía A-76, Ponferrada-Orense, fue aprobada en el parlamento español hace más de dos décadas al amparo de otro despropósito 'marco', el Plan Galicia, fruto de otra brutalidad, el Prestige, que ya apenas recuerda nadie. Lo advertimos entonces: tras la marea negra llegaría la marea gris. El caso es que, de nuevo, todos los grupos políticos gallegos con representación en Madrid aprobaron la barbaridad que se iniciará, aparentemente, en breve.

¿Por qué es una brutalidad y un despropósito?

  1. No es necesaria: La Unión Europea recomienda desdoblar carreteras con una intensidad de tráfico de 10.000 a 15.000 vehículos diarios. Esta cifra no se alcanza nunca, ni de lejos, en ningún tramo de la N-120, por lo que la lógica técnica invalida la necesidad de una autovía. Los únicos tramos con flujo levemente superior a 5.000 vehículos/día son el entorno del Barco de Valdeorras y el de Villafranca del Bierzo. Para estos tramos la UE recomienda modificaciones del trazado actual. Modificaciones que no se han realizado en las últimas dos décadas, en consonancia con el abandono y consiguiente deterioro de la N-120. En veinte años no hubo recursos para una carretera, pero los habrá para la autovía en un episodio más de desvío de dinero público hacia las constructoras.
  2. El impacto ambiental es inasumible por mucho que el estudio de impacto ambiental y la Declaración de Impacto Ambiental (DIA) resulten positivos. Es un ejemplo de orientación clara del resultado de un proceso técnico que cuestiona la rigurosidad del procedimiento ambiental. El tramo inicial atraviesa nada menos que la sierra de Enciña da Lastra, Parque Natural en el lado gallego y en Red Natura el Berciano. Se trata de uno de los mejores espacios naturales del interior de Galicia y por ende del noroeste ibérico. Alberga ecosistemas mediterráneos sobre medios calcáreos, el lugar con mayor número de aves nidificantes de Galicia y refugio de quirópteros amenazados y plantas endémicas. Un Parque ninguneado para que a nadie le importe que se destruya. El entorno es además Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) y constituye un corredor natural entre diferentes sistemas montañosos. Tras la sierra de la Lastra vendrá la Ribeira Sacra.
  3. El trazado, un monumento a la estulticia. La entrada a Galicia desde El Bierzo por el Sil es un corredor natural que ya contaba con vías romanas y caminos medievales. Es lógico: apenas hay desniveles que salvar, simplemente acompañar el trazado del Sil. El tramo que atraviesa la sierra de Enciña da Lastra 'crea' un puerto donde no lo había, multiplica la distancia a recorrer y los grandes desniveles tienen que ser salvados con brutales viaductos y túneles. Eso dispara el tiempo de ejecución y los costes, que pueden alcanzar más de 12 millones de euros por kilómetro. ¿Para qué? Para nada: la mayor distancia y las limitaciones de velocidad en túneles, viaductos y pendientes impedirán ahorrar tiempo. Por cierto, los desniveles supondrán mayores costes en combustible para los transportistas.
  4. Esta autovía fue pensada (es un decir) hace más de dos décadas en un contexto económico, social y energético diferente. La expansión de las carreteras para el uso del automóvil y el camión era sinónimo de desarrollo. Hoy, sin embargo, la realidad es otra: crisis climática y necesaria reducción de emisiones, agotamiento de los combustibles fósiles (a la espera de la famosa electrificación) y la necesidad de implementar un transporte público eficiente, accesible, de calidad y democrático que no engorde con dinero público a las constructoras y a las empresas automovilísticas. Con suerte, este proyecto de principios de siglo podría estar finalizado hacia 2050. Para entonces, la mayor parte de quienes apostaron por él estarán muertos y olvidados, pues los tiempos les habrán pasado por encima. Confiar un éxito incierto a un cuarto de siglo vista, en un contexto que ya ha cambiado, tiene más de fe atávica que de política de futuro.

El apoyo unánime de los grupos políticos a este proyecto revela hasta qué punto determinadas inercias políticas son compartidas entre fuerzas que dicen defender modelos diferentes de país. Frente a un modelo que prioriza a las grandes constructoras y a las subvencionadas industrias automovilísticas y petroleras, es necesario apostar por alternativas eficientes, sostenibles y justas, basadas en el transporte público, en la optimización de lo ya existente y en la inversión en el territorio. Es importante no tomar más el pelo a los vecinos.

La A-76 no es una solución: es un problema, una aberración, un atentado ecológico y territorial. No sé si estamos a tiempo de detenerla. Rectificar es, siempre, de sabios.

Este artículo se publicó originalmente en gallego en Nòs Diario

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