'Johatsu y otros cuentos', de Manuel Ángel Morales Escudero

El escritor Manuel Ángel Morales Escudero

Luis Artigue

Hay escritores que conciben el cuento como una reducción de la novela: una narración a la que se le ha quitado extensión. No es, desde luego, el procedimiento que sigue Manuel Ángel Morales Escudero en Johatsu y otros cuentos (Editorial Nazarí). Aquí el relato breve no aparece como una novela disminuida, sino como una forma narrativa con sus propias exigencias: concentración, precisión, economía y, sobre todo, capacidad para sugerir más de lo que explícitamente se cuenta.

El volumen reúne casi cincuenta textos y ofrece una considerable variedad de asuntos, escenarios y procedimientos narrativos. Como se nos dice en el prólogo del autor, hay relatos vinculados a la experiencia personal y a la memoria, otros que se internan en episodios históricos, y no faltan la fantasía, el terror o la ciencia ficción. Los escenarios cambian con notable libertad: las montañas del Rif, las estepas nevadas de Finlandia, Nueva York, espacios bercianos o lugares imaginarios. Sin embargo, esa diversidad no acaba convirtiéndose en dispersión, porque existe una preocupación que recorre buena parte del conjunto: el individuo aislado, enfrentado a una circunstancia que lo obliga a tomar distancia de aquello que hasta entonces consideraba su realidad. El paisaje, además, no funciona como mero decorado. En estos cuentos el lugar condiciona a menudo la acción y contribuye a definir psicológicamente a los personajes.

Conviene detenerse en los argumentos, porque es en ellos donde se comprueba mejor la amplitud del libro. El relato que da título al volumen, Johatsu, presenta a un hombre que pretende “evaporarse”, desaparecer de su existencia anterior. El término japonés designa precisamente a quienes deciden romper con su vida y desaparecer, y Morales Escudero convierte esa idea en el punto de partida de un relato en el que los desplazamientos, los lugares y los pequeños gestos del protagonista adquieren una importancia decisiva. El cuento comienza con una acción aparentemente sencilla, pero desde muy pronto queda claro que estamos ante alguien que prepara cuidadosamente su desaparición. La narración evita explicarlo todo y obliga al lector a reconstruir las razones y el alcance de esa huida. Que sea el primer cuento resulta significativo: introduce una de las obsesiones que reaparecerán después, la posibilidad de abandonar una identidad y empezar, si eso fuera posible, desde otro lugar.

La variedad aparece enseguida en otros relatos. No hay enemigo pequeño conduce al lector hasta el norte de África y a la experiencia de un soldado en un escenario de guerra. Las montañas del Rif no son un simple telón de fondo: la sequedad del paisaje, la presencia del desierto y la sensación de aislamiento forman parte de la tensión narrativa. El soldado contempla un mundo en el que la muerte está siempre presente, pero el relato no necesita recurrir a una acumulación de escenas bélicas para transmitir esa amenaza. La guerra se introduce también a través de la mirada del personaje y de su relación con el paisaje.

La historia vuelve a ocupar un lugar destacado en otros cuentos. Uno de ellos se sitúa en el entorno del Graf Spee y adopta como punto de partida los últimos momentos de un hombre condenado a muerte. La narración se construye desde la memoria y desde la proximidad del final: quien sabe que va a morir reconstruye sus últimos días y, al hacerlo, convierte la experiencia individual en una forma de testimonio. El procedimiento resulta eficaz porque Morales Escudero no utiliza el episodio histórico como simple materia documental, sino como marco para una situación esencialmente humana: la necesidad de ordenar los recuerdos cuando el tiempo se acaba.

Algo diferente sucede en Palabras al viento, que nos sitúa en un territorio contemporáneo marcado por la guerra y la vigilancia de los drones. Desde las primeras líneas, la amenaza se incorpora a la vida cotidiana: los personajes viven bajo una mirada tecnológica que convierte el espacio urbano en un territorio inseguro. La guerra ya no aparece solamente en el frente; penetra en las calles, en las casas y en los movimientos más elementales. Es uno de los cuentos en los que se aprecia con mayor claridad la capacidad del autor para partir de una situación concreta y convertirla en una reflexión más amplia sobre la indefensión del individuo.

Junto a estos relatos de raíz histórica o realista aparecen otros que modifican radicalmente el registro. Una nave espacial que vaga sin rumbo con un único capitán, soldados soviéticos perdidos entre la nieve o un siniestro hotel neoyorquino pertenecen a universos narrativos muy diferentes, pero todos ellos responden a una misma lógica: colocar al personaje en un espacio del que no controla completamente las reglas. El aislamiento cambia de forma, pero no desaparece. Puede ser la soledad de quien ha decidido evaporarse, la del soldado separado de su mundo, la del hombre condenado que recuerda o la del individuo perdido en un espacio que parece no ofrecer salida.

Esta reiteración temática es precisamente lo que proporciona unidad al libro. Morales Escudero puede cambiar de época, de continente e incluso de género literario, pero sus personajes suelen encontrarse en alguna forma de frontera. Están entre un pasado y un futuro, entre la permanencia y la desaparición, entre la realidad y la imaginación. Incluso cuando aparentemente viajan, en realidad están buscando una salida de sí mismos.

La segunda piel de la realidad

El título proporciona, por tanto, una clave de lectura más profunda de lo que podría parecer. Johatsu no alude únicamente al primer relato. La idea de 'evaporarse' funciona como metáfora de una actitud ante el mundo que reaparece bajo distintas formas a lo largo del volumen. Hay personajes que huyen físicamente, otros que se repliegan, otros que son arrastrados por circunstancias históricas y otros que terminan refugiándose en mundos que tienen algo de pesadilla o de sueño. El propio autor ha señalado su interés por esa «segunda piel» de la realidad, aquello que permanece oculto bajo la superficie visible de las cosas.

De ahí procede también la importancia de las descripciones. Morales Escudero no describe por pura ornamentación. Cuando presenta un pasillo, una calle, una montaña o un paisaje nevado, esos elementos suelen cumplir una función dentro del relato. El espacio condiciona la conducta de los personajes y crea una atmósfera que no podría obtenerse mediante una simple explicación psicológica. En Johatsu, por ejemplo, los movimientos aparentemente insignificantes del protagonista –esperar, entrar, evitar determinados ruidos, desplazarse de un lugar a otro– contribuyen a construir la tensión del relato. En No hay enemigo pequeño, por su parte, el paisaje norteafricano participa directamente en la percepción de la guerra.

Hay que destacar asimismo la confianza del autor en el lector. Muchos relatos no clausuran por completo su significado. Morales Escudero deja espacios vacíos, omite explicaciones y permite que sea quien lee quien establezca determinadas relaciones. Es un procedimiento particularmente apropiado para el cuento, género en el que lo no dicho puede tener tanta importancia como lo narrado. La historia termina, pero no necesariamente termina la interpretación.

Borges, Cortázar, Kafka, Poe y otras referencias

No resulta difícil encontrar, bajo la diversidad de registros de Johatsu y otros cuentos, algunas tradiciones literarias que sirven de referencia: Borges, Cortázar, Kafka, Poe, la tradición del cuento fantástico y de ciencia ficción, la literatura de la guerra y la memoria, y la cultura japonesa contemporánea... Hay especialmente algo de Kafka en esos personajes que se encuentran súbitamente ante una realidad cuyas reglas han dejado de ser transparentes; del mismo modo que existe una afinidad con Borges en la tendencia a convertir una situación narrativa en una interrogación sobre la identidad, la memoria o los límites de lo real. En otros relatos se percibe la huella de la tradición fantástica que va de Poe a Cortázar: lo inquietante no siempre procede de la aparición de un elemento sobrenatural, sino de la transformación casi imperceptible de una situación cotidiana en otra que el lector ya no puede interpretar con las mismas certezas. A ello se suma la tradición de la literatura de guerra y de la ciencia ficción, géneros que Morales Escudero utiliza con libertad para colocar a sus personajes ante situaciones límite. No se trata, sin embargo, de imitaciones reconocibles, sino de afinidades: el autor toma procedimientos y motivos de esas tradiciones para incorporarlos a una preocupación que parece mucho más personal y persistente, la del individuo aislado, el hombre que quiere escapar de su identidad o que descubre que la realidad visible posee siempre un reverso. En ese sentido, el concepto japonés de johatsu resulta especialmente revelador: la desaparición voluntaria se convierte en una imagen extrema de una inquietud que recorre buena parte del libro y que ya estaba presente en obras anteriores del autor.

Naturalmente, un conjunto de casi cincuenta relatos no puede mantener idéntica intensidad en todas sus piezas. La libertad de registros produce diferencias de extensión, de tono y de alcance. Algunos cuentos alcanzan una condensación especialmente lograda; otros parecen contener una materia narrativa que podría haber admitido un desarrollo mayor. Pero incluso esa desigualdad forma parte, hasta cierto punto, de la naturaleza del volumen: Morales Escudero no parece interesado en someter todos sus relatos a una única fórmula.

Y esa libertad constituye uno de los rasgos más reconocibles del libro. Hay aquí un escritor que se mueve con comodidad entre géneros y épocas y que no parece necesitar justificar el desplazamiento de un territorio narrativo a otro. La guerra, la memoria, la ciencia ficción, la fantasía o el misterio son instrumentos distintos para acercarse a una misma materia: la condición de unos personajes que no terminan de encontrar acomodo en el mundo.

En este sentido, Johatsu y otros cuentos continúa algunas de las preocupaciones presentes en la trayectoria narrativa anterior de Morales Escudero. No es casual que su bibliografía incluya títulos como Hikikomori, además de El toque de las ánimas y otros relatos o Mi vida en el búnker. La soledad, el aislamiento y las distintas formas de apartamiento aparecen como preocupaciones persistentes, aunque en el nuevo libro sean sometidas a procedimientos narrativos muy diversos.

Imágenes al servicio de la narración

La escritura, por otra parte, evita en general el exhibicionismo. Las imágenes están al servicio de la narración y las descripciones cumplen una función estructural. Es una prosa que busca antes la eficacia que el lucimiento, algo particularmente apropiado para unos relatos cuyo interés depende en buena medida de la atmósfera y de la capacidad para conducir al lector hasta un desenlace que no siempre coincide con lo que esperaba.

Al final, lo que permanece de Johatsu y otros cuentos no es tanto la diversidad de sus argumentos como la mirada que los reúne. Un hombre que quiere desaparecer, un soldado enfrentado a la guerra, un condenado que recuerda sus últimos días, habitantes sometidos a la vigilancia de los drones o un viajero perdido en un espacio sin salida pertenecen a historias muy distintas. Pero todos ellos parecen vivir, de una manera u otra, al otro lado de una frontera.

Morales Escudero escribe precisamente desde ese límite. Le interesa lo que ocurre cuando una persona deja de reconocerse en el lugar que ocupa, cuando la realidad se vuelve extraña o cuando la única manera de comprenderla consiste en imaginar otra. Por eso el cuento se convierte aquí en una forma especialmente adecuada: basta un episodio, un paisaje, un recuerdo o una anomalía para revelar esa zona que normalmente permanece oculta.

Johatsu y otros cuentos es, en definitiva, un libro sobre desapariciones, pero también sobre permanencias. Sobre aquello que el individuo pretende dejar atrás y sobre aquello que, pese a todo, lo acompaña. El autor cambia continuamente de escenario para volver siempre a una misma pregunta: qué queda de nosotros cuando intentamos escapar de nosotros mismos.

Y quizá ahí reside la verdadera unidad del volumen. No en los argumentos, tan distintos entre sí, sino en esa segunda realidad que los cuentos se empeñan en descubrir bajo la primera.

Manuel Ángel Morales Escudero presenta el próximo miércoles 7 de octubre, a las 19.30 horas, su recopilación de relatos en La Casona de San Feliz de Torío. El autor estará acompañado por el escritor Luis Artigue.

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