'El día de la revelación': hablemos de Spielberg
El cine de Steven Spielberg ha perdurado a través del tiempo como paradigma de eso que llamamos sentido del espectáculo. Todas las obras que completan su exitosa filmografía tienen un punto en común: el entretenimiento como fundamental e innegociable aspiración. Este realizador con imaginación de niño, talento desbordante y cierta obsesión por las familias disfuncionales ha rodado siempre sus películas pensando primero en el espectador, sin mirarse el ombligo y sabiendo que el cine está hecho de ese material que nos permite soñar despiertos. Y a pesar de que unos cuantos snobs o cinéfilos de salón crean que ese afán por divertir al público y llenar las salas de cine le convierte en un cineasta menor, estamos sin duda ante uno de los más grandes realizadores que ha dado la historia del cine, posiblemente el mejor cuando se trata de expresarse con la cámara. Spielberg tiene un don único para escribir con el lenguaje del cine, es el poseedor de una caligrafía tan exquisita y precisa cómo invisible, es capaz de llevarte a profundos territorios emocionales con las herramientas que le permite la cinematografía, una forma de expresión artística que domina con esa insultante solvencia que adorna a los genios. En fin, sobran las palabras, echen la vista atrás y revisen una filmografía que habla por sí sola.
Ahora regresa a uno de sus territorios preferidos, al cine fantástico y de aventuras, a esa fascinación por la vida extraterrestre que está tan presente en su obra. El propio director aseguraba en una reciente entrevista que con esta nueva película se ha propuesto cerrar una de sus obsesiones más recurrentes: la posibilidad de que exista inteligencia más allá de la Tierra. El día de la revelación pondría así el punto final a una trilogía que arrancaba con Encuentros en la tercera fase (1977) y seguía con E.T. El extraterrestre (1982), la definitiva celebración de ese arquetipo de alienígena bondadoso y moralmente superior al ser humano que siempre ha defendido.
Una mirada humanista sobre los visitantes que el director sigue explorando en este tercer acto, aunque de una manera más errática y embarullada, con una narración trepidante pero arrítmica que en muchas ocasiones expulsa al espectador de esa suspensión de la incredulidad que es tan necesaria para poder sumergirnos en historias fascinantes e imposibles. Porque lo cierto es que, a pesar de la que la cinta contenga muchas de las cábalas narrativas que tanto preocupan al director y momentos de brillante efervescencia, en otros muchos este espectador se descubrió a sí mismo pensando en asuntos tan prosaicos y poco cinematográficos como la lista de la compra o los planes del sábado.
Y eso es algo imperdonable cuando hablamos del rey del entretenimiento