Los incendios forestales no solo destruyen árboles. También destruyen animales y afectan gravemente a la biosfera, causando a corto plazo uno de los peores problemas para la recuperación de la zona arrasada por el fuego: la recuperación del suelo, el agua y la biodiversidad. Una vez extinguido el fuego, comienza una etapa clave: la recuperación del ecosistema. Para que esta sea efectiva existen pautas técnicas que marcan qué hacer, qué evitar y en qué lugares conviene actuar primero.
La Reserva de la Biosfera de Omaña y Luna, en la montaña leonesa, que en la oleada de incendios de agosto sufrió algunos de los peores fuegos registrados en España -especialmente el devastador incendio de Fasgar, en la comarca de Omaña- ha publicado en sus redes sociales una guía práctica con consejos básicos para proteger el suelo y ayudar a regenerar el paisaje tras un siniestro de este tipo.
Las actuaciones tienen como objetivos frenar la erosión y la pérdida de nutrientes, recuperar las áreas quemadas, reducir la contaminación de los cursos de agua y conservar las zonas no afectadas como refugios de biodiversidad. No obstante, el mensaje principal es claro: nunca se debe actuar por iniciativa propia. En espacios protegidos como lo es cualquier Reserva de la Biosfera, es necesaria una autorización ambiental, en montes privados se requiere permiso del propietario y en terrenos consorciados debe intervenir la administración competente.
La prioridad debe ponerse en las zonas más vulnerables: laderas con fuerte pendiente, áreas calcinadas sin restos de hojarasca y terrenos situados junto a ríos o captaciones de agua. En cambio, en superficies llanas o con baja severidad de incendio es preferible dejar que actúe la regeneración natural.
En el corto plazo, la prioridad es proteger el suelo. Para ello se recomienda sembrar herbáceas o cereales locales, como centeno o trigo, evitando especies exóticas. También resulta eficaz acolchar con paja local, en una proporción aproximada de 200 gramos por metro cuadrado, para frenar la erosión y mantener los nutrientes. Otra medida útil consiste en aprovechar restos de cortas para crear fajas en curvas de nivel que refuercen la estabilidad del terreno.
Por el contrario, hay prácticas que resultan contraproducentes y deben evitarse: plantar árboles de forma inmediata, arar o usar maquinaria pesada, permitir el pisoteo excesivo en zonas degradadas, aplicar fertilizantes o cal -ya que las cenizas aportan nutrientes al suelo- o cortar árboles que podrían rebrotar por sí mismos.
El manejo del arbolado también depende del tipo de masa forestal. En bosques silvestres conviene favorecer la regeneración natural mediante rebrotes y bancos de semillas, evitando talas innecesarias. Si es necesario repoblar, debe hacerse con especies locales y solo cuando el suelo esté estabilizado.
En repoblaciones de pino, en cambio, se recomienda retrasar la tala de ejemplares quemados entre tres y cuatro meses para reducir la erosión, realizar talas en fajas alternas siguiendo curvas de nivel y dejar ramas y restos en el terreno para protegerlo. Se trata de información que la Reserva ha extraído de la ‘Guía de actuaciones en una zona quemada’, elaborada por González-Prieto, S., Martín, Á., Carballas, T. y Díaz-Raviña, M. (2018), publicada en Santiago de Compostela por Andavira Editora.
La recuperación de un bosque es un proceso que requiere tiempo y paciencia. A corto plazo se apuesta por la regeneración natural, la siembra de refuerzo y el control de la erosión. A medio y largo plazo, el objetivo es lograr una reforestación con especies autóctonas y la restauración del sistema suelo-planta, de manera que el ecosistema recupere su equilibrio.