Samhain: la noche 'celta' de los difuntos y sus ecos en el Reino de León
Cada 31 de octubre, calabazas iluminadas y niños disfrazados llenan las calles de medio mundo. Parece una moda importada de Estados Unidos, difundida por el cine y la televisión. Pero bajo ese envoltorio de colores late algo mucho más antiguo: la vieja creencia de que, al cerrarse el ciclo de la cosecha y empezar las noches largas, la frontera entre los vivos y los muertos se vuelve fina.
Esa creencia tiene un nombre irlandés, Samhain, y unos parientes muy cercanos en Galicia, Asturias, León, el norte de Portugal. El Pão-por-Deus portugués, los migallos gallegos, incluso los Santitos canarios cuentan la misma historia: comida compartida con quienes ya no están…
Qué era Samhain
Samhain marcaba, para el pueblo celta, el paso de la mitad luminosa del año a la mitad oscura. Se celebraba en torno al 1 de noviembre, a medio camino entre el equinoccio de otoño (noche del 22 al 23 de septiembre) y el solsticio de invierno (21-22 de diciembre).
Era el momento de recoger el ganado de los pastos, guardar la cosecha y prepararse para el invierno. Los textos medievales irlandeses lo presentan como una noche de asambleas, banquetes y hogueras, en la que el mundo de los muertos y el de los espíritus se abría a los vivos. Y tiene paralelos en otras lenguas célticas: el calendario galo de Coligny (Francia, siglo II D.C.) recoge un mes llamado Samon-. En Galicia se usa desde finales del siglo XX la forma Samaín.
Antes de la llegada de los romanos, buena parte del oeste peninsular estaba habitada por pueblos de cultura céltica o emparentada con ella: galaicos, astures, célticos del suroeste, vettones y lusitanos. En esas sociedades agrarias y ganaderas, el final de la cosecha y la llegada de las noches largas tenían un peso enorme. Se festejaba lo recogido y se recordaba a los antepasados, cuyas almas, según la tradición, regresaban del otro mundo para reunirse con su familia.
Un conjunto de costumbres de otoño, perduran a ambos lados de la frontera hispano-portuguesa: las ofrendas a las ánimas, el magosto con castañas asadas, y la petición ritual de comida por las casas.
El 'Pão-por-Deus'
En muchos pueblos de Portugal, la mañana del 1 de noviembre los niños recorren las casas pidiendo el Pão-por-Deus. Reciben pan dulce, bolinhos, que acompañan con frutos secos o castañas, que en origen se compartían simbólicamente con las almas de los difuntos. Los niños salen en pequeños grupos y piden el pan, o un pastel, de puerta en puerta. Antiguamente era también el día en que se compartía el pan recién horneado con los pobres. En Trás-os-Montes lo que se pide es el pan de almas. A cambio, los niños recitan versos tradicionales. En sus bolsas, sábanas o paños recogen pan, bollos de broa, tortas, granadas, nueces, altramuces, almendras o castañas. En algunos pueblos de Extremadura la fecha se conoce como el 'Día de las galletas'. En algunas regiones son los padrinos quienes regalan a sus ahijados el santoro, un pan bendecido en forma de torta larga que recuerda a una tibia.
La costumbre está documentada desde hace siglos. En textos legales del siglo XV, el 1 de noviembre aparece ya como el 'Día del Pan para Dios', y era la fecha fijada para pagar ciertos foros, las rentas de la tierra.
Un ciclo de peticiones todo el año
El Pão-por-Deus no es una costumbre aislada. Forma parte de un ciclo de mendicidad ritual que recorre el calendario del noroeste peninsular, en el que grupos de jóvenes o niños piden de casa en casa a cambio de cantos, bendiciones o sustos:
- Enero: los caretos enmascarados de Trás-os-Montes y las janeiras o janeirinhas, cantos de Año Nuevo y Reyes.
- Cuaresma: se cantan las almas santas y se pide limosna por ellas.
- Mayo: las mayas, niñas engalanadas que piden “para la maya”.
- Todo el año: el antiguo 'pedidor de las almas', que recogía limosnas para misas por los difuntos.
El hilo común es el intercambio: quien da algo a la puerta recibe a cambio protección, buena suerte o el favor de los muertos.
De España e Irlanda a América, y de vuelta
Durante siglos se dejaron tortas, pan y botellas de vino sobre una tela extendida en la tumba, junto a una vela encendida; a veces se ponía pan, vino y dinero en el ataúd para el viaje. La Iglesia intentó frenarlo: el canon 69 del II Concilio de Braga, en el año 572, prohibía llevar comida a las sepulturas. Quizá esa prohibición hizo que esa tradición se refugiase en la petición infantil por las casas. Una tradición que llegaría a Hispanoamérica de la mano de la colonización, pues el Día de los Muertos de Mexico parece ser un sincretismo entre las celebraciones católicas del Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos y las tradiciones de los indígenas de la América precolombina.
Los emigrantes irlandeses y escoceses llevaron esas costumbres a Estados Unidos en el siglo XIX, sobre todo tras la Gran Hambruna de 1845. Allí el nabo tallado se cambió por la calabaza y la petición se convirtió en el trick-or-treat. En el siglo XX el cine y la televisión la exportaron al mundo entero, con más color, más música y más comercio.
Así, lo que vuelve hoy a la Península es en parte un eco de lo que ya había aquí: niños que piden dulces por las casas en la noche de los muertos.
Tampoco las calabazas con cara son un invento americano. Ahuecar un fruto de la huerta, abrirle ojos, nariz y boca y meterle una vela dentro es costumbre antigua en las tierras de tradición celta. En Irlanda se usaban nabos; en muchos pueblos del norte peninsular, remolachas.
En Villamor de Órbigo, en León, los mayores lo recordamos bien. De niños ahuecaban remolachas, les ponían una vela dentro y salían a asustar a los vecinos por unas calles casi a oscuras, alumbradas solo por alguna bombilla amarillenta en las esquinas. Y no faltaban las trastadas: dejar la remolacha con la vela encendida en la torre de la iglesia o en el cementerio, o descolgarla con una cuerda desde un árbol del 'Prao de Jacintón' cuando las mujeres volvían del rosario.
El origen de la palabra halloween
El tiempo o triduo de Todos los Santos abarca las celebraciones cristianas occidentales de la Víspera de Todos los Santos, el Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos, los días 31 de octubre y 1 y 2 de noviembre. En inglés este triduo se denomina Hallowmas season [“Epoca de Todos los Santos], también conocida como Allhallowtide, Hallowtide o Allsaintstide. Es una época para recordar a los fallecidos, incluyendo mártires, santos y a todos los difuntos. La fecha actual de Todos los Santos y su víspera fue establecida para Roma tal vez por Gregorio III. A principios del siglo XI, la fecha moderna de los Fieles Difuntos se popularizó desde los monasterios asociados de Cluny de rezar por los difuntos. Recordamos como la Orden de Cluny y su poder se extendió en el Reino de León de la mano de Alfonso VI (1040-1109).
Cuando el cristianismo fijó el Día de Todos los Santos el 1 de noviembre y el de Difuntos el 2, la vieja noche de Samhain se convirtió en su víspera: All Hallows' Eve, abreviado Halloween. En Irlanda y Escocia sobrevivieron las hogueras, los disfraces y la petición de comida por las casas. Y en alginas provincias del viejo reino de León también.
Una misma memoria
Samhain, el Pão-por-Deus, el magosto y Halloween son ramas de un mismo tronco: la necesidad de despedir la cosecha, afrontar la oscuridad del invierno y mantener vivo el vínculo con los antepasados. Cuando un niño llama hoy a una puerta pidiendo dulces, repite sin saberlo un gesto con más de dos mil años de historia.
El Carnaval: la vida vence a la muerte
Si Samhain abre la mitad oscura del año, el Carnaval celebra su final: el triunfo de la luz sobre la noche, la llegada de los días largos y el renacer de la naturaleza. En el calendario celta, la llegada de la primavera se festejaba a principios de febrero, con Imbolc, y culminaba el 1 de mayo con Beltane, la fiesta opuesta a Samhain.
El Carnaval cristiano conserva ese pulso lunar. Su fecha depende de la Pascua, fijada por la primera luna llena tras el equinoccio de primavera. Muchos estudiosos ven en las mascaradas de invierno restos de ritos precristianos de fertilidad, ligados al despertar del campo y al celo de los animales.
Estas fiestas se conservan sobre todo a ambos lados de la frontera del noroeste entre España y Portugal. Las mascaradas que se comienzan a celebrar en enero en Zamora, León y Ourense, se repiten al otro lado de la Raya, en Tras-os-Montes. Y culminan con los mayos, en ese mes.
Sus personajes enfrentan dos mundos: máscaras de madera de aspecto diabólico y pieles de animales, que encarnan el invierno y la parte oscura de la vida, frente a trajes de telas blancas o de colores y cencerros, que anuncian la primavera y la alegría.
En estas provincias del antiguo Reino de León, los disfraces hechos con elementos de naturaleza muerta, como sacos, pieles, musgo o madera, se enfrentan a los trajes blancos y los abanicos de colores. Estos últimos representan la vida y el color que trae la primavera.
Uno de los ritos más llamativos es 'pasar a las mozas por el toro', un antiguo ritual de fecundidad. El toro es una armazón de madera cubierta con una tela blanca, con un rabo de saco y astas de vaca o de buey en la parte delantera. Villamor de Órbigo es el pueblo más al sur de la ribera del Órbigo donde se conserva la costumbre de torear a las mozas. Aquí los niños piden comida el martes de carnaval en lugar de en la fiesta de los difuntos
En Velilla de la Reina esta tradición se representa cada domingo de Carnaval. Y el martes de Carnaval, el desfile de carnavales tradicionales de la provincia recorre el centro de León con muestras de estas mascaradas.
La Academia Ibérica de la Máscara es una asociación cultural sin ánimo de lucro, de ámbito ibérico, formada por asociaciones de España y Portugal. Su objetivo es preservar, difundir y valorizar la mascarada como seña de identidad de los pueblos que la mantienen, y su web recoge las celebraciones de ambos países. En Braganza puede visitarse el Museo Ibérico de la Máscara y el Traje.
En la provincia de León pueden verse estas máscaras en los museos de Velilla de la Reina y de Llamas de la Ribera, y en el Museo de los Pueblos Leoneses de Mansilla de las Mulas.
José Manuel Martínez Fernandez es presidente de la asociación León Propone