Sabotear la Hispanidad

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, acaba de sabotear un concepto cualitativo de España, cimentado en la huella civilizatoria, aún con sus claroscuros, de un continente. Se trata de la Hispanidad que, saliendo de su boca y aderezándola con su última demostración, ha quedado en el supremo ridículo de una palabra hueca, cuando es un término que, en prefijo y sufijo, comunica calidad de mensaje en la Historia. La dama de la Puerta del Sol ha pisoteado el valor más visible de la huella española en el correr de los tiempos con un indecente vasallaje.

Madrid, por iniciativa de su estricta gobernanta, ha concedido este año el reconocimiento de esa Hispanidad a los Estados Unidos como faro de la libertad. Confusa luz orientadora la de un país, primera potencia económica, tecnológica y militar, que ha pasado sucesivamente por el 'América para los americanos' (sin dejar claro qué América y qué americanos), seña de identidad de un presidente de las primeras horas como nación: James Monroe; que elevó el belicismo a la llamada política de las cañoneras, que bien conocieron los españoles de finales del siglo XIX en Cuba; que ha impuesto su divisa monetaria en toda operación comercial desde el final de la Segunda Guerra Mundial; que se ha inmiscuido en la gobernabilidad hacia sus propios intereses en el patio trasero del centro y sur del continente; y que en la modernidad arrastra nombres como Vietnam, Afganistán, Irak que, con su sola cita, sobran más comentarios. Donde penetraron complicaron bastante más que resolvieron.

Estados Unidos es un país de libertades formales. Los padres de la nación configuraron un sistema de poder y contrapoder que ha funcionado con el mérito de su exportación a muchas democracias. Envidiable ha sido el protagonismo de la prensa como palanca de la expresión popular y freno a los abusos de los poderosos. Watergate es una denominación de origen todavía sin parangón. El medio que destapó el escándalo es ahora propiedad de un megamillonario de la corte de Donald Trump. 

Ese faro de la libertad ha arrastrado, y aún colean hoy, demostraciones penosas de racismo. Lleva con orgullo la hipocresía del símbolo de rifle, el que permite a cualquiera comprar un fusil repetidor en cualquier tienda de armas, para descargarlo a discreción en escuela o universidad, pero le prohíbe con amenaza de contundente represión, degustar una cerveza. Y para concluir, es el padrino que proahija las últimas políticas de una nación señalada en todo el mundo como genocidas, por ser la nítida visión de su más poderoso lobby financiero. Israel, al decir de muchos expertos, es hoy en Estados Unidos una cuestión más interna que de política exterior.

Hasta aquí el fondo del argumento de la señora Ayuso. Las formas no van a la zaga en cuanto a asimilación por parte de una opinión pública que no traga con las ruedas de molino que con frecuencia quiere hacer comunión la bocachancla, máxime cuando el anuncio del reconocimiento se hace bajo la presidencia de un matón como Donald Trump, dispuesto a reeditar todas las lacras del pasado de Estados Unidos hacia el núcleo de la Hispanidad. Muestra de ello es la agresión a Venezuela, dulcificada en la personalidad de otro execrable dictador, o el asedio de modo medieval hacia Cuba.

El patriotismo del dinero 

Peculiar la españolidad de esta degustadora de frutas. Patada en toda la entrepierna, la de este reconocimiento, a la idea superior de la Hispanidad, la verdaderamente ultrajada con acciones y amenazas proclamadas a los cuatro vientos por el sátrapa de la Casa Blanca. Hispanidad en toda regla es la población emigrante en Estados Unidos, vapuleada, con estilo y maneras de la Alemania nazi. Hacer coincidir un reconocimiento de lo hispano, en plena administración de la distopía de Trump y sus acólitos, es un sarcasmo que solo puede ser digerido por personas sin alma.

Ayuso, la muy católica, apostólica y romano-madrileña, tan dada al casticismo de reclinatorio de catedral y procesión de mantilla, es, con esta acción, una representación de la hipocresía denunciada en el Evangelio, el manual de uso, ética y coherencia de ese cristianismo del que se jacta.

La presidenta madrileña no puede escapar ni ocultar el culto de latría que siente por el dinero y sus megamillonarios en el nuevo edén que para ellos es Estados Unidos. La Hispanidad se ha vendido al lucro más odioso, cuando hasta ahora siempre fue un valor de orgullo nacional. Este es el nuevo patriotismo, el que vende la conciencia de un país y su presencia en la historia por el fulgor del dinero y la comunión de militancias sin más patria que el vil metal y el pensamiento único. Parece una escenificación de épica bíblica en película de serie B, que la revelación de este disparate de Ayuso tuviera lugar tras el deslumbramiento presencial de Mar-a-Lago, la guarida de los nuevos mercaderes frente al templo. El santoral de Ayuso es la guía de millonarios de Forbes.

La Hispanidad tiene su día, el 12 de octubre, fecha que las crónicas sitúan como la primera visión de un nuevo mundo, que terminó llamándose América, groseramente monopolizado por el Tío Sam. La dictadura la signó como Día de la Raza, a todas luces impropio. Después de esta patada a la historia de la inquilina de la antigua Dirección General de Seguridad, ¿en qué se queda la Hispanidad? Se ha traicionado a su base.