Estoy hasta el coño de lo heroico por sucesión más o menos vicaria. De los hijos de la cómica, de los hijos de la maestra, de los hijos del carpintero y de los hijos del minero. De todos los –inserte aquí el oficio– de Auschwitz. Si algo tenía el Maus de Spiegelman de novedoso –las atrocidades de los nazis y de los campos se habían contado y se deben seguir contando– era el personaje del padre: racista, bocazas y tacaño. Pero se subía al pedestal de superviviente y se le perdonaba todo. Se le debía. Ignoro –disculpen la batología– si es justa la justicia de ser justo siendo injusto a favor de personas que hayan sufrido injusticias. Supongo, que, paradójicamente, restablece un cierto equilibrio. Si algo es seguro es que el sufrimiento individual –y, me temo, colectivo– no nos enseña nada: véase el ejemplo de Israel: construyendo guetos, masacrando familias, matando de hambre y sed, ¡levantando muros!… Han aprobado en el Parlamento un texto para eliminar de textos oficiales términos bélicos como lucha contra el cáncer. Me parece muy bien. En el habla normal o literaria o necrológica utiliza lo que te plazca, pero no se puede escribir en un informe que la enfermedad derrotó al paciente o que este se mostró timorato o cobarde ante el tumor. Siempre me sacó de quicio. La valentía con la que Saturnino Jalapeño o doña Cayetana Pasolmomio se enfrentaron a su mal. Como si los que se hubieran muerto antes no hubieran hecho bastante o no se lo hubieran tomado en serio. Igual ocurre con lo de la dignidad. La mayor parte de las definiciones de dignidad son una mierda. Las buenas, como honradez, respetabilidad, nobleza, honestidad, integridad, probidad, rectitud, decencia, seriedad, decoro, pundonor, autoestima, orgullo, vergüenza, honra y honor definen el concepto –hasta que llegan la honra y el honor, términos igual de resbaladizos– y se refieren a una idea más o menos existente, pero ¿de qué hablan políticos o sindicatos cuando hablan de dignidad? De dos cosas: si es con muertos se trata sin duda de rehabilitación normal: verdad, historia, recuperación de restos… pero si se trata de vivos la dignidad se confunde muy a menudo con dinero o nóminas. Una vivienda digna. Un trabajo digno. Los cojones míos. La dignidad al desahuciado por un fondo buitre le sobra. No necesita ser restablecida. Lo que le hace falta es la pasta. Y la casa, claro, digna o no. Tenga, dos kilos y medio de dignidad. Esté orgulloso. Es usted la víctima. El bueno. ¿No le llega para comprar más que arroz y jamón york en el súper? Hinche el pecho y aspire dignidad de la buena: es gratis y nos rodea como el nitrógeno. ¿Se nota más confortado? ¿No? Ya. Mmmm… Quizá quiera dignidad de la otra, de la acepción noble: cargo o empleo honorífico y de autoridad. Ah, sí. Mucho mejor. En las catedrales y colegiatas, prebenda que corresponde a un oficio preeminente como un deanato o un arcedianato. En las órdenes militares de caballería, maestre, trece, comendado, mayor… Coño. Eso. Deme de eso. Comendado mismo suena bien. A marca blanca, que siempre son buenas. Y un canonicato o una chantría. Lo que tenga en oferta, oiga. Sí. Es una noción un tanto abstracta o polimorfa la de la dignidad. Yo creo que Kirk Van Houten la dibujó bien: sencillamente resulta difícil de comprender.