Los incendios en la era del Cambio Climático
Agosto de 2025 ya está escrito con fuego en la historia. No como una metáfora, sino literalmente: seis de los diez peores incendios de este siglo en España ocurrieron en apenas unas semanas. Y, para colmo, la ciencia nos advierte de que lo que antes pasaba cada quinientos años ahora puede repetirse cada quince… o menos. Cambio climático, lo llaman. Algunos siguen sin querer creérselo.
De todos modos, no nos debería coger de sorpresa, tal y como nos recuerdan los científicos y los técnicos en la materia, el cambio climático es una realidad desde hace tiempo. Ya hemos tenido avisos de su llegada a esta zona. Se habla de precedentes en 2012, hace 13 años, en el incendio llamado de Castrocontrigo o en el de la sierra de la Culebra (Zamora) en 2022.
En León lo hemos visto con crudeza: hasta veinte incendios simultáneos, 100.000 hectáreas calcinadas, el 7% de la provincia borrado del mapa verde. Nombres como Las Médulas (Patrimonio Humanidad), Llamas de Cabrera, La Baña iniciado en Porto (Zamora), Anllares, Garaño, Barniedo de la Reina (Picos de Europa), Fasgar (un caso de estudio por los técnicos debido a su comportamiento), o Molezuelas de la Carballeda (Zamora)-Castrocalbón (León), han supuesto una catástrofe en términos humanos, económicos y medioambientales.
Se cumple justo ahora un mes de este último. Una tarde tranquila del domingo 10, se ve humo en Molezuelas. El lunes 11 llega a la Valdería y por la noche el frente kilométrico de las llamas anuncia la tragedia. La noche y los bomberos lo frenan, pero el martes 12 a media tarde sus características y el viento lo hacen llegar al valle del Jamuz y a media noche a la Valduerna, arrasando todo lo que encontraba a su paso, montes públicos y privados, secano, regadío, huertos, pastos, viñedos, cosechas, ganados, fauna salvaje, naves agroganaderas, maquinaria y lo más triste, dejando dos muertos, varios heridos por quemaduras y muchas viviendas calcinadas. Muy triste.
Una nefasta gestión autonómica del PP
Y mientras tanto, la gestión autonómica se demostraba nefasta. El desalojo (vivido en directo) fue caótico, descoordinado, unos recibían la orden de salir, otros no, y algunos se quedaron atrapados en la confusión. El humo cegador que eclipsó el sol, con el viento trasladando las llamas a una velocidad de cuatro mil hectáreas por hora. Una imagen apocalíptica de esas que solo se ven en películas de ese género.
La prevención, según los discursos oficiales, fue “de 74 millones invertidos”, una cifra que en los pueblos nadie ha visto ni en caminos, ni en desbroce, ni en cortafuegos, ni en vigilancia. Será que el dinero ardió también.
La extinción, con muchos fallos, mucha improvisación, pérdida del control, sensación de caos y sobrepasada por la entidad del incendio. Hubo causas externas que nadie discute, pero fue la propia gestión basada en métodos obsoletos, más propios del siglo pasado, con bomberos con contratos temporales, mal alimentados, muy mal pagados, con escasa formación y abundante precariedad. La Junta prefirió un servicio público privatizado, tuvo medios infrautilizados en varios momentos y consideró que “la inversión en prevención es un despilfarro”. Señor consejero, invertir en vida, salud y patrimonio nunca es un despilfarro.
El Gobierno central reforzó eloperativo con la UME, las BRIF y declaró zona de emergencia. La Junta, en cambio, se refugió en su guion preferido: pirómanos con pulseras, terrorismo incendiario, ecologistas radicales… Todo, menos asumir responsabilidades. Lo que no se escucha es lo que realmente duele: la posibilidad de que algunas muertes, algunas casas, algunos campos quizá sí se podían haber salvado con prevención y reacción rápida. Esa duda va a pesar mucho tiempo.
Suárez-Quiñones debe irse
Aquí entra la parte política. El consejero Suárez-Quiñones lleva diez años en el cargo, tiempo suficiente para haber actualizado el sistema de prevención y extinción. No lo hizo. Y el presidente Mañueco lo apoya. Pues bien, cuando la confianza entre gobernantes y ciudadanos se rompe, el Pacto Social de Hobbes salta por los aires con consecuencias trágicas e irreversibles. Lo procedente ahora, no por castigo, sino por dignidad, es DIMITIR.
Ahora queda lo más humano: apoyar a los vecinos que lo han perdido todo, acompañar a las familias de las víctimas, ayudar a los heridos a rehacer su vida. Y, sobre todo, aprender. Porque España necesita un Pacto de Estado frente a la emergencia climática, sin excusas ni polarización, con todos los partidos dentro, sin trampas ni propaganda. Porque la ciudadanía lo exige y la política está obligada a darlo.
Nos une el dolor y la rabia, pero también la solidaridad. Esa que vimos en los voluntarios, en los vecinos y en los profesionales que dieron la cara sin mirar la bandera que llevaban en el uniforme. Ellos sí estuvieron a la altura. Ojalá sus gobernantes aprendan algo de ellos.