Las formas del amor

Escuela SAVIA de Violeta Serrano.

Aquí nunca pasa nada, y sin embargo. En una casa en un valle de la Maragatería un sábado por la tarde se organiza una fiesta: porque cambia la estación, porque el verano asoma, porque tenemos miedo al fuego pero también amor por la comunidad que supimos crear. Y cantamos a Chicho Sánchez Ferlosio, a Aute, y descubrimos los versos de Héctor Castrillejo en la música de su grupo palentino El Naan, que acaba de publicar su último trabajo, Versos del Páramo negro, y leemos libros que hablan de heridas pero también de sutura. Y brindamos con vino, cerveza y agua con limón y menta, porque muchos de los que estábamos allí también estuvimos fuera y aprendimos de otras costumbres que nos trajimos aquí de vuelta. Para hacer de este valle que un día fue oscuro y lúgubre otro espacio igual pero diferente, en el que las cigüeñas nos demuestran que el abandono es sólo una decisión de los humanos y que la inteligencia de los animales corre, a veces, mucho más rápido que nuestra determinación.

Hay mujeres en estas tierras que tocan el piano, que pintan cuadros imposibles, que ilustran la vida con un ingenio y una seguridad que atrapan: Patricia Gutiérrez, una artista que cuida con sus manos el cuerpo de quienes se expresan en el dolor, pero también las almas de quienes hemos sabido permanecer a su lado. María José Cordero, que desde Lagunas de Somoza custodia un piano de cola tan hermoso que sabe sacar desde él composiciones y lágrimas, y risas, muchas, porque el invierno es largo pero también sabemos que siempre termina. Y luego están mis padres, que ponen su piel y su cocina para que todo suceda, que ponen las rosas de mi hermano en un jarrón, que ponen su verdad y su cansancio a los pies de mis desafíos imposibles con toda su fe. Y están también los amigos que aparecen cuando menos te lo esperas y te dicen sí, claro que vamos, estaremos ahí brindando contigo, leeremos tus libros aunque no leamos demasiado, te escucharemos cantar y, si no podemos venir, preguntaremos, porque sabemos que poco a poco, como se cuece el alimento que más nutre, la sangre siempre vuelve a circular por el cuerpo como debe, sin sobresalto y sin estrépitos.

El sábado 27 de junio celebramos un Ágora en escuelasavia.com para recordar la llegada del verano y la tarde se cubrió de amores inesperados y de reencuentros entre colosos: los más mayores que decidieron quedarse y nosotras, algunas temerarias, que decidimos, también, hacer de este abandono nuestro hogar perfecto. Y otros seres improbables, tocados por la sensibilidad de la palabra, que miran y se acercan y valoran y escuchan y entonces conducen desde lejos para unirse a esta revolución de lo cercano que, en realidad, tal vez sea la única que valga la pena porque solo desde los granitos de arena que se van juntando con rigor y respeto a fuego lento, se logran erigir montañas que mueven mundos completos. Estamos en eso, retomando el testigo de otras que antes lo hicieron y que también, porque lo saben, porque saben que para que las cosas sucedan hay que estar presentes, vinieron desde otros pueblos que han visto tanto y tantas veces sollozar a la tierra con el agua al cuello, con sus molinos, con sus campos de tiro, con sus fuegos. Tabuyo del Monte se ha convertido en primo hermano de mi refugio en esta coordenada exacta y lo es, quizás, porque en ese punto del mapa he conocido gente que te mira a los ojos y te sostiene, que te tiende la mano, que no te engaña, que en su honestidad, te salva. Y ahí está la clave, como escribió Héctor Castrillejo: salvaje es el que se salva. Y las formas del amor son salvajes y hermosas en su improbabilidad.

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