Así es una mañana de tormenta sobre Laciana

El mismo paisaje desde Villablino con apenas diez minutos de diferencia, del sol a la tormenta.

Luis Álvarez

Es el sexto día del mes de setiembre, domingo. En Villablino el día ha amanecido con el cielo visible, que delimitan las montañas, cubierto de nubes en su totalidad. La luz del amanecer se va abriendo paso con dificultad, suave y tenue permite ya ver con claridad los perfiles del valle que se despereza.

Son las nueve de la mañana y la luz se comienza a apagar, como si algo muy tupido se interpusiese entre el sol y nuestro espacio. Me asomo a la ventana y veo que unas nubes, como de lana fosca, que suben por el escobio de Villarino y el valle de Salientes, avanzan hacia el norte extendiendo la penumbra. Una ligera llovizna humedece el suelo de las calles.

Una bruma como de niebla densa, creada por las cortinas de agua, asciende por detrás de las nubes precursoras. Se ven destellos de relámpagos y se escuchan los primeros truenos lejanos.

Trato de calcular la distancia de la tormenta, contando mentalmente los segundos transcurridos entre el destello y el tronido posterior. Nueve segundos, multiplicado por la velocidad del sonido en el aire (345 km/sg), casi tres kilómetros.

En apenas diez minutos los relámpagos intensos y el culebreo de sus destellos, que iluminan como un gigantesco flash el espacio visible, van desde las laderas del este a las del oeste en la parte sur del valle. De inmediato el chasquido del trueno retumba seco entre las montañas para despertar a algunos vecinos, menos madrugadores.

La llovizna de hace unos minutos se convierte en un fuerte aguacero cuya cortina difumina los perfiles visuales. Escurre el agua sobre los tejados de los edificios y recarga la capacidad de los canalones hasta desbordarlos. El sonido del agua es alegre y el olor que se desprende, agradable.

En apenas otros diez minutos aparecen en el cielo los primeros claros por donde hace poco entró la tormenta, en el valle sobre el padruño de Las Rozas. Las nubes espesas que siguen el camino que le marca la cuenca del río Sil van camino de Vilaseca y Carrascote. Quizá también, ya llegando, a La Cueta y el puerto de Somiedo.

Esta media hora turbulenta deja sobre Villablino un aire renovado y limpio, el olor fuerte de la tierra mojada. Y un aspecto reverdecido de los bosques de las laderas por las que, como niñas juguetonas, sobrevuelan pequeños jirones de niebla, revoloteando entre las copas de los árboles y compartiendo con ellos la satisfacción de esta ducha natural de la mañana. Minutos más tarde el cielo vuelve a ser azul.

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