Bernardino de Rebolledo: el gran militar, diplomático y literato leonés que logró la conversión al catolicismo de la Reina Cristina de Suecia
León es cuna de enormes personajes históricos, pero muy desconocidos para la mayoría de la gente, ya no de España –a la que se la venido ocultando la importancia de lo leonés en su historia hasta el punto de que la mayoría de los ciudadanos del país desconocen incluso la existencia del Reino Cristiano más importante de la Europa Occidental Cristiana entre los siglos XI y XIII– sino del propio León.
Y en este caso –aún con calle hacia el Barrio Húmedo desde La Rúa–, se ha olvidado la figura de otro gran militar, literato, poeta, científico diplomático y espía altamente reconocido por los reyes de España y hasta el Emperador del Sacro Imperio Germánico: el Conde de Rebolledo que consiguió, nada menos, que la gran defensora del protestantismo en el Norte de Europa –la reina Cristina de Suecia–, huyera de su país y se pasara al catolicismo en uno de los mayores escándalos de la época.
Hablamos de Bernardino de Rebolledo y Villamizar, nacido en León en 1597 y bautizado en la iglesia del Mercado. Que con 12 años se fue a Italia y con 14 ya combatía, y del que este 21 de marzo se cumplieron 350 años de su muerte (en 1676), como recordó convenientemente el profesor de Historia del Arte de la Universidad de León César García Álvarez en Onda Cero León hace dos semanas.
El Conde de Rebolledo representa el ideal del caballero del Siglo de Oro español: un hombre capaz de manejar con igual destreza la espada, la diplomacia y la pluma. Y no es el único leonés de la época que también lo hace: ya que otro personaje de alcurnia leonesa, Diego de Prado y Tovar –que vivió 96 años a caballo entre el siglo XVI y el XVII con lo que fue coetáneo de Rebolledo, y además tuvo una conexión muy curiosa con él–, fue un explorador que estuvo a punto de pisar las tierrras australianas, avezado militar que escribió nada menos que dos tratados de artillería, escritor de obras de teatro y espía en la Italia de mediados del siglo XVI. De él, otro representante de los bizarros españoles (lo que los ingleses dirían un badass, un súpersoldado), hablamos largo y tendido en ILEÓN en este amplio y destacado reportaje.
Rebolledo, exitoso militar de muy rancio abolengo
Lo de Bernardino de Rebolledo fue un ascenso meteórico a partir de la segunda década del siglo XVII (cuando ya era famoso Diego de Prado). Hijo de los señores de Irián, provenía de una familia de rancísimo abolengo ya que eran nobles de alta alcurnia desde tiempos del rey de los astures Ramiro I en el siglo IX (y según este monarca descendientes nada menos que del supuesto último rey visigodo Rodrigo), lo que le hacía heredero de una familia inmensamente rica y de reconocida nobleza.
El joven Rebolledo inició su carrera militar a la temprana edad de 14 años en Italia batallando en el Mediterráneo contra piratas berberiscos y turcos. Pese a lo que se cree, la maqueta del galeón como exvoto en la Iglesia del Mercado supuestamente por la batalla de Lepanto, no es de este conde Rebolledo, sino de su padre Jerónimo, ya que la batalla naval se produjo en 1571 (y por la clase del navío todavía quedaría por ver si más bien se refería a la Empresa de Inglaterra, mal llamada Armada Invencible). La carrera militar de su hijo comenzó a los 14 años. En 1611 inició su periplo bélico con el grado de alférez embarcando en Denia rumbo a las galeras de Sicilia y Nápoles, destinadas a combatir a los piratas berberiscos y a las fuerzas del Imperio otomano.
En 1615 participó en la toma de Asti y diez años más tarde, en 1625, alcanzó el grado de capitán. Bajo las órdenes de Pedro de Toledo y Leyva y del príncipe Filiberto de Saboya, actuó en operaciones en la isla de San Pedro, Cabo Martín, la defensa de Génova, Arbenga, el asalto de Onella, y en la conquista de Porto Mauricio y del castillo de Ventimiglia.
Ya como capitán, se incorporó en 1626 a los tercios de Italia, tomando parte en la guerra de Sucesión de Mantua, dentro del escenario bélico de Lombardía. Su valor fue recompensado en febrero de 1628 con el hábito de caballero de Santiago.
Bajo el mando y el auspicio de nada menos que Ambrosio de Spínola participó en los asedios de Mantua y Casale de Monferrato, donde resultó gravemente herido en el brazo derecho por un pelotazo de arcabuz. Aun así, tuvo el honor de entregar personalmente las llaves del castillo al monarca español, quien lo distinguió en 1630 con la dignidad de gentilhombre del cardenal infante don Fernando de Austria. Durante los años siguientes lo acompañó por Europa, con el rango de teniente y maestre de campo general.
Ese mismo año se incorporó a las tropas de los tercios de Flandes, participando en combates en Maastricht, el Mosa, Wertal y Gueldres, y en la célebre batalla de Nördlingen (1634). En 1635 pasó a formar parte del cuartel general del duque de Lerma, destacando no sólo por su capacidad militar, sino por su creciente implicación en tareas diplomáticas al servicio de la Corona.
Como delegado del cardenal infante, asistió a la Dieta de Ratisbona y a varias negociaciones encaminadas a poner fin a la Guerra de los Treinta Años. Su éxito diplomático le valió, en 1638, el título de conde del Sacro Imperio, con la denominación de conde de Rebolledo, concesión otorgada por el emperador Fernando III y ratificada por Felipe IV.
Ascendido a maestre de campo del Tercio de Infantería en diciembre de 1640, fue nombrado gobernador de la plaza de Frackenthal en septiembre de 1641. Poco después asumió la superintendencia de la gente de guerra del Palatinado, y en 1643 fue designado capitán general y gobernador del Palatinado Inferior. La carrera militar de Benardino de Rebolledo fue meteórica, en tan sólo 32 años pasó de un simple alférez a uno de los más importantes genios logísticos de su tiempo.
Diplomático de alto nivel honrado por el Sacro Imperio Germánico
Tras la muerte de su madre, Ana de Villamizar, regresó a España por orden real para intervenir en la rebelión catalana de 1640. Sin embargo, el rey decidió aprovechar su talento diplomático en las negociaciones que desembocaron en el Tratado de Westfalia, firmado el 24 de octubre de 1648 en la Sala de la Paz del Ayuntamiento de Münster, que puso fin a la Guerra de los Treinta Años.
Ese mismo año, Felipe IV lo envió como embajador a la corte de Dinamarca, donde se ganó fama de hombre ilustrado, sagaz y experimentado militar. Durante su misión, contribuyó de forma decisiva a la defensa de Copenhague frente al asedio sueco y apoyó las operaciones danesas en la isla de Selandia, consolidando su prestigio tanto en el campo de batalla como en el terreno diplomático.
Su valentía y presencia diplomática le valió el título de Conde del Sacro Imperio Romano, otorgado por el emperador Fernando III, que, muestra de su tacto e inteligencia, no asumió directamente porque primero que pidió permiso al rey español Felipe IV.
César García Álvarez, doctor en Historia del Arte y profesor de la Universidad de León, destacó en el programa 'Arte y Mucho más' de Onda Cero, con motivo del aniversario de su fallecimiento, que Rebolledo fue “un superhombre de su época por sobrevivir a incontables conflictos y llegar a los 79 años”. Según García Álvarez, Rebolledo poseía una “gallardía, competencia e inteligencia que le permitieron cosechar victorias no solo para España, sino también para sus aliados, ganándose el prestigio de daneses y flamencos”.
El Conde de Rebolledo, un superhombre del Siglo de Oro español
Bernardino de Rebolledo y Villamizar no es simplemente un nombre en el callejero leonés, de esos que muchos no saben quién es,sino que es alguien más que sobresaliente en la historia de España y del mundo. “Representa la culminación del ideal del Siglo de Oro español, donde la pluma y la espada se entrelazaban en una vida de una intensidad casi cinematográfica”, explica García Álvarez.
Al conmemorarse el 350 aniversario de su fallecimiento, la figura de este aristócrata, militar y diplomático cobra una relevancia renovada, especialmente a través del análisis como este experto, quien en su programa de Onda Cero León reivindicó su enorme estatura histórica. Para este profesor de la ULE –y uno de sus mejores divulgadores–, Rebolledo fue “un auténtico superhombre de su tiempo, alguien que sobrevivió a incontables batallas y naufragios en una época de altísima mortalidad, logrando alcanzar los 79 años con una lucidez y determinación admirables”. Se puede escuchar el programa justo aquí debajo.
La nobleza de Bernardino de Rebolledo, como ya se indicó al principio del artículo no era un título reciente, sino que hundía sus raíces en la historia más arcaica de la Hispania medieval. Según relata García Álvarez, su linaje se remonta al siglo IX, vinculado a la figura de Ramiro I, quien habría otorgado los terrenos de Irián a su antepasado Rodrigo tras la batalla de los Lodos. Nacido en 1597 y bautizado en la Iglesia del Mercado de León el 31 de mayo de ese año, Bernardino creció en un ambiente donde el servicio a la Corona y la fe eran los pilares fundamentales.
Su entrada en la madurez fue, por necesidad de la época, extremadamente prematura. El profesor subraya que, “frente a la adolescencia eternizada” de la actualidad“, Rebolledo ya era un soldado a los 14 años, partiendo hacia Italia en 1611 para servir como alférez en las galeras de Nápoles y Sicilia. Durante dieciocho años, su vida transcurrió en el Mediterráneo, enfrentándose a piratas berberiscos y turcos en una lucha constante por el control de las rutas marítimas. Esta etapa forjó en él una ”gallardía, competencia e inteligencia“ que le permitirían destacar no solo como combatiente, sino como un estratega capaz de manejar máquinas de guerra y tácticas poliorcéticas complejas.
La carrera militar de Rebolledo es una sucesión de hitos en los teatros de guerra más calientes de Europa. En 1626, bajo las órdenes de Ambrosio Spínola, combatió en Lombardía y recibió una grave herida de arcabuz en el brazo durante el sitio de Casale Monferrato. Este episodio, lejos de retirarlo, acrecentó su prestigio; él mismo llevó las llaves del castillo conquistado a Felipe IV, quien lo nombró gentilhombre.
Su periplo continuó en Flandes y el Palatinado, donde desempeñó cargos de altísima responsabilidad, como el de gobernador y capitán general.
García Álvarez destaca que Rebolledo “no solo luchaba por España, sino que su genio militar era tan evidente que obtenía victorias para los aliados del Imperio, ganándose el respeto de daneses y flamencos. Su labor diplomática en la Dieta de Ratisbona y sus negociaciones entre el emperador y los electores le valieron el título de Conde del Sacro Imperio Romano en 1636, una distinción que él, con la prudencia que le caracterizaba, no aceptó hasta recibir el visto bueno de su propio rey, Felipe IV”.
Su capacidad de resistencia quedó demostrada en el asedio de Frankenthal, donde aguantó dieciocho meses contra las fuerzas franco-suecas, obligándolas finalmente a retirarse.
Misión diplomática en el Norte: la conversión de la Reina Cristina
El capítulo más fascinante y políticamente trascendental de su vida comenzó en 1647, cuando fue destinado como embajador plenipotenciario a Copenhague. En este entorno luterano y hostil, Rebolledo no solo actuó como representante de la corona española, sino que, en palabras de César García Álvarez, operó como un auténtico 'agente encubierto' del Papa. Su misión iba mucho más allá de los tratados comerciales o territoriales; se trataba de una lucha ideológica en el corazón del protestantismo.
Fue en este contexto donde se forjó su relación con la reina Cristina de Suecia. A pesar de que es probable que nunca se encontraran físicamente en suelo sueco, mantuvieron una correspondencia epistolar en latín de una profundidad teológica y filosófica abrumadora. César García Álvarez enfatiza que esta “amistad epistolar” fue el motor que aceleró y condicionó la conversión de la reina al catolicismo, lo que supuso un “escándalo mayúsculo” y una de las victorias ideológicas esenciales del catolicismo contra el protestantismo en el siglo XVII.
Rebolledo no se limitó a la persuasión intelectual. Cuando Cristina decidió abdicar y abandonar su reino, él fue el artífice de su huida clandestina, esperándola en Hamburgo y facilitando su trayecto hacia Roma, donde sería recibida y bautizada por el Papa. Esta operación de ‘fichaje’ religioso tuvo consecuencias geopolíticas inmensas, elevando el prestigio de la monarquía española de Felipe IV, quien veía en la conversión de la soberana sueca un triunfo personal.
Como muestra de gratitud y admiración, la reina Cristina le concedió la banda de la Orden del Amaranto, un honor que Rebolledo portó con orgullo y que aparece representado en su iconografía funeraria.
Y en esta historia también hay que recordar que en un principio de este reportaje se dijo que había una conexión más o menos directa con el otro militar, literato, diplomático y espía Diego de Prado y Tovar. Y tanto, el encargado de recoger y ayudar en la fuga a la reina Cristina de Suecia fue nada menos que sobrino-nieto de ambos prohombres de la época: Antonio Pimentel de Prado, apellido de los condes de Benavente y su madre, familia directa del militar artillero Prado y Tovar. Fue un diplomático y militar al servicio de la Monarquía Hispánica en el siglo XVII. Nació en Palermo, creció en un entorno ligado a la nobleza hispana de Sicilia y desarrolló una carrera que lo llevó a gobernar Nieuwpoort, representar a España en Estocolmo y París, ejercer como gobernador de Cádiz y terminar su vida en Amberes con cargos de responsabilidad militar y política.
Su perfil combinó, como sus tio abuelos, guerra y diplomacia: primero sirvió en campañas militares en Italia y después ganó prestigio como negociador, especialmente durante su embajada en Suecia, donde trató con la reina Cristina y participó en la red diplomática española de la segunda mitad del siglo XVII. La propia Historia Hispánica lo presenta como miembro de una rama menor de la familia leonesa de los Prado, lo que encaja con su vínculo con la nobleza del reino de León.
Y fue, como protegido de Rebolledo enviado como embajador a Suecia, el que consiguió que escapara la reina Cristina de Suecia y se convirtiera al catolicismo en 1654, y como tal sale en la película de 1933 La Reina Cristina protagonizada por Greta Garbo. Aunque es una versión muy libre de lo que ocurrió en verdad –muy hollywoodiense– se le identifica como el personaje ‘Antonio, el enviado español’.
La antigua monarca mantuvo, ya tranquila en territorio católico, su amistad con Pimentel. Entre otras razones, porque quería servir de mediadora entre Francia y España. Ambos volvieron a encontrarse en Bruselas en 1655, y él estuvo presente cuando la reina se convirtió al catolicismo en la víspera de Navidad de ese año. Después la acompañó a Innsbruck y Roma, aunque se separaron en 1656, cuando Cristina hizo nuevas propuestas a Francia. Más tarde, Pimentel continuó su labor diplomática en París y, en nombre de España, participó en las gestiones que desembocaron en la Paz de los Pirineos, en el equipo diplomático de su tio abuelo el Conde de Rebolledo, firmada en octubre de 1659.
Representante Papal que consiguió reabrir iglesias católicas en la protestante Dinamarca
Tras trece años de penurias en el norte, donde llegó a endeudarse personalmente para mantener la dignidad de la embajada ante el olvido de la corte de Madrid, volvió a España. Sin olvidar que consiguió una de sus hazañas más importantes para él en lo personal ya que conseguió que la monarquía danesa diera permiso para reabrir una iglesia católica tras la reforma protestante que prohibió fulminantemente las misas con el rito romano y persiguió a los católicos de forma terrible, dejando a la Inquisición Española como si fueran hermanitos de la caridad, robándoles las iglesias y sus bienes; y señalando a los que seguían las órdenes de Roma como “seguidores del Anticristo”.
Cómo sería la ‘mano izquierda’ diplomática de Rebolledo que un país que detestaba tantísimo al Papa de Roma terminó permitiendo que los católicos –que celebraban completamente a escondidas su rito cristiano–, tuvieran un templo permitido para hacerlo. Inicialmente, Rebolledo obtuvo la venia para que se pudiera celebrar misa en la embajada española, que en aquel entonces se encontraba situada en Kungetorget, el centro viejo de Copenhague. De hecho, la primera capilla católica de la capital danesa tras la Reforma fue creada por el propio Rebolledo en su casa, donde se oficiaba misa y se administraban los sacramentos a los fieles de la ciudad.
En realidad esto fue uno de sus enormes logros como diplomático y a la vez espía. Además de su papel como embajador de España, Rebolledo actuaba como representante personal del Papa ante las iglesias católicas clandestinas tanto de Suecia como de Dinamarca.
Tan importante fue que en la actualidad, como legado en reconocimiento de su labor, la catedral católica de San Óscar en Copenhague cuenta hoy en día con un pequeño museo en honor al conde leonés, y en una de sus residencias de descanso cerca de Nyhavn todavía se conserva su escudo nobiliario esculpido en piedra.
Regreso a España y entierro en León, para ser lamentablemente olvidado
Bernardino de Rebolledo y Villamizar regresó a España en 1661. Pasó sus últimos años como ministro del Consejo de Guerra, retirado pero respetado, dedicándose al estudio de la cosmografía y la literatura. Enfermo y cansado de tantas responsabilidades residirá hasta su muerte en su patria recibiendo notables honores, remarcando su crucial importancia en los hechos de aquel siglo. El mismo año de su regreso fue nombrado ministro del Consejo Supremo de Guerra y miembro del Consejo de Estado; en 1670 se incorporó también a las Juntas de Competencias y de Galeras, y más tarde añadió a su hoja de servicios los cargos de consejero de Indias y presidente del Consejo de Castilla.
En la última etapa de su vida se volcó en obras piadosas, creando dotaciones para huérfanas, reservadas a quienes llevasen los apellidos Rebolledo, Quiñones, Lorenzana o Villamizar. Estas fundaciones se completaron con las dispuestas en su testamento, destinadas a muchachas nacidas entre León y Astorga, con la excepción de las naturales de esta última ciudad.
Falleció en Madrid el 27 de marzo de 1676, pero su última voluntad fue clara: su corazón y sus restos debían descansar en su tierra natal, León. “Un lugar que jamás olvidó y siempre tuvo presente”, afirma César García Álvarez.
Sin embargo, muy propio de esta tierra que tantos grandes hombres dio, pero que se ha olvidado a sí misma tras tantos años de una historiografía castellanista en la que les ha inculcado durante los últimos siglos a los leoneses que no eran nadie ni merecían la pena, pese a pagarse una tumba de renombre y de postín –de tipo orante en la que, de rodillas, reza el conde Rebolledo a Dios, en una de las capillas del claustro de la Catedral de León, nada menos–nadie se acuerda de ella y ni siquiera se puede visitar, habiendo sido usada, para colmo, durante años y años como almacén de limpieza por parte del Cabildo.
César García Álvarez lamenta profundamente el estado actual de la capilla funeraria de Rebolledo en el claustro de la Catedral de León. A pesar de ser uno de los espacios artísticos más interesantes de la catedral, con un sepulcro en alabastro donde el conde aparece arrodillado en oración perpetua luciendo la banda de la reina Cristina, García Álvarez denuncia que “el lugar ha sido históricamente maltratado, llegando a ser utilizado como trastero para cubos de fregar”.
“Tiene una capilla propia con un maravilloso sepulcro funerario encargado por él... que ha estado cerrado mucho tiempo, se abrió y ahora está vuelto a cerrar y que es uno de los espacios claustrales de nuestra catedral más interesantes y más maltratados, que a ver si ya de una vez se puede incorporar de un modo definitivo a todo el itinerario”, apunta el especialista.
Según García Álvarez el monumento funerario es uno de los más interesantes de todo su periodo“, y posiblemente el más notorio de la Catedral Leonesa por su disposición, ”aunque bastante arcaizante en muchos aspectos, pero aparece él allí arrodillado“ en posición orante. ”Y allí mandó a hacer un sepulcro que cualquiera puede ver... obedece a unas fórmulas bastante tradicionales que siguen los modelos incluso casi tardo medievales, renacentistas y del primer barroco de monumento funerario, pero ahí está él arrodillado con sus armas, reclinado en oración permanente y con un gran arcosolio, una gran hornacina que acompaña esa especie de oración permanente o eterna y la banda de la orden de Amaranto concedida por la propia reina Cristina de Suecia“.
Lo que ocurre, de forma muy desgraciada, es que la capilla pasa “absolutamente desapercibida porque ha estado cerrada y se ha tratado muy mal, ya queha sido un trastero. Yo lo he visto lleno de cubos de fregar y de todo. Se abrió temporalmente, pero ahora parece que está otra vez cerrada”.
Una injusticia histórica, muy a la leonesa, una figura de importancia crucial en el siglo XVII europeo, militar, literato, diplomático que consiguió el mayor éxito de la Iglesia y la Monarquía Católica, que se pagó una espectacular tumba… y que sus conciudadanos, tanto leoneses como españoles, no puedan visitar. “Mi deseo es que se incorpore definitivamente al recorrido de un espacio... que es el claustro de la propia catedral en sí mismo, que es uno de los espacios más ricos artísticamente de la Catedral”, demanda el afamado profesor de Historia del Arte“.
La más que necesaria reapertura de su capilla
El profesor hace un llamamiento para que este espacio, que representa la memoria de un leonés que siempre llevó a su ciudad en el corazón, sea restaurado e incorporado definitivamente al itinerario cultural de la ciudad: “Ojalá se pueda acercar al claustro de la catedral, pille abierto o que realmente se le haga justicia a alguien que no solamente fue un leonés de pro, por así decirlo, sino que siempre llevó a León en su corazón y de hecho lo acabó enriqueciendo de modo permanente con su capilla y con su sepulcro”.
Desde luego, un personaje de tal calibre, reconocido por el Emperador del Sacro Imperio Germánico, loado por el propio rey de España, adorado por la reina Cristina de Suecia, valorado por sus compañeros militares como gran estratega y maestro de la logística, elevado por el Papa como el mejor de sus soldados en tierras enemigas protestantes y que hasta los herejes loan actualmente en la capital de Dinamarca… debería recibir el trato y la propaganda que merece su figura.
Que, además, es uno de los grandes literatos del siglo de Oro, que comenzó a vislumbrar la ilustración, al ser también un gran astrónomo y científico.
Es hora de que León despierte, y haga de su paisano una gran figura con la que brillar de nuevo en la historia de España. Mejor estrella que la de Bernardino de Rebolledo y Villamizar para volverlo a hacer, pocas.