'Salvador': la vida sin las partes aburridas
La vida de Salvador, un padre que surca los días intentando sobrevivir a sus adiciones y errores del pasado, da un nuevo vuelco cuando descubre que su hija está involucrada en las violentas y racistas actividades de un grupo neonazi. En principio y en estos tiempos que corren estamos ante un argumento muy jugoso para escarbar en los procesos de radicalización ideológica, en las razones que explicarían el auge de la extrema derecha, o en esas élites económicas que manejan los hilos y se aprovechan del caos para inundar redes y medios de comunicación de mensajes que desinforman y alimentan el odio. Además, la producción cuenta con un creador de solvente prestigio, un Aitor Gabilondo que es responsable de series como Vivir sin permiso (2018), Yo, adicto (2024) o esa incontestable obra maestra que es Patria (2020). Si a esto sumamos a Daniel Calparsoro tras las cámaras y a un estupendo elenco de actores liderado por el siempre imbatible Luis Tosar, la fórmula parecía contar con todos los ingredientes necesarios para alcanzar cierta excelencia.
Decía Alfred Hitchcock que una buena película es como la vida, pero sin las partes aburridas. Y hasta hace bien poco esto era así, concretamente hasta que empezó esta moda de hacer películas de siete horas, miniseries que estiran tediosamente una trama que se podría y debería haber contado en noventa minutos, en esa hora y media que es como la vida pero sin las partes aburridas. Y es aquí donde encontramos el primer gran problema de esta serie, en sus capítulos inflados con subtramas que acaban desvaneciéndose, en ese afán por querer abarcar demasiados puntos de vista que aleja al espectador del drama íntimo y doloroso del padre protagonista. Es un retrato del ecosistema del fanatismo demasiado ambicioso que finalmente lastra nuestra atención y desdibuja el posible impacto del mensaje.
En la era de la saturación audiovisual es cada vez más complicado separar la paja del grano, saber cuales son esas producciones que nos enriquecen y cuales son esas otras que simplemente sirven para llenar las horas vacías. La historia que nos ocupa navegaría entre los dos ámbitos, en un mar de grises, ni tan buena ni tan intrascendente, alternando momentos de una fuerza visual y narrativa muy potentes con otros disfrazados de una complejidad que no lo es tanto. Salvador (2026) es una de esas series que se ven con cierto interés y son entretenidas, pero que están condenadas a no perdurar en el tiempo, que definitivamente no son como la vida sin las partes aburridas.