La obra completa de Borges en tres tomos

¡No puedo expresar a cabalidad la envidia que le tengo a quien puede leer a Borges por primera vez!

La reciente reedición en Alfaguara de la obra completa de Jorge Luis Borges –articulada en tres tomos que reúnen Poesía completa, junto a Ensayos completos y Cuentos completos– no es solo una operación editorial de envergadura: es, en el sentido más estricto, un acontecimiento. Hay libros que regresan; hay otros que, al volver, reorganizan el mapa de la lectura. Este pertenece sin duda a los segundos.

El volumen de la poesía permite advertir, con claridad renovada, que Borges nunca dejó de ser, en el fondo, un poeta. Incluso cuando narraba o ensayaba, lo hacía con una respiración lírica que ahora se percibe en su plenitud. Especial atención merecen los prólogos a sus propios libros de poemas: textos breves, fascinantes, donde el autor se interroga con una mezcla de pudor, ironía y lucidez. En ellos hay una poética implícita, una forma de entender la literatura como destino y como conjetura.

En cuanto a los poemas, sorprende la perfección de su adjetivación, esa capacidad de nombrar con exactitud sin caer nunca en la ornamentación superflua. Borges elige cada palabra como si fuera definitiva. A ello se suma una combinación sabia de ritmo, precisión, erudición e imaginación que da lugar a una música inconfundible, contenida y, sin embargo, profundamente emotiva. Basta recordar un texto como 'El remordimiento':

“He cometido el peor de los pecados

que un hombre puede cometer.

No he sido feliz“.

En esos tres versos –que parecen no buscar efecto alguno– se condensa una experiencia moral con una desnudez casi clásica. Esa sobriedad, esa renuncia a todo exceso, es la que permite situar a Borges, sin exageración, como el último de los clásicos.

Los ensayos

El tomo de los ensayos revela, por su parte, al lector insaciable que Borges fue siempre. Pero no se trata de un erudito en el sentido académico, sino de un explorador de ideas que convierte cada lectura en una aventura intelectual. Entre sus páginas más memorables destacan las dedicadas a Dante, donde la Divina Comedia es leída no como un monumento intocable, sino como una obra viva, susceptible de nuevas interpretaciones. Borges escribe desde la intuición, desde el asombro, y logra que Dante deje de ser un clásico distante para convertirse en una presencia inmediata.

Igualmente revelador es su ensayo sobre Evaristo Casariego, ejemplo de esa capacidad borgiana para rescatar lo aparentemente marginal. En ese texto, como en tantos otros, Borges no se limita a juzgar: crea un espacio de lectura. Su estilo, siempre insinuante, se resume bien en una de sus afirmaciones más citadas: “La duda es uno de los nombres de la inteligencia”. Esa frase, que podría parecer aforística, encierra toda una ética del pensamiento: la negativa a clausurar el sentido.

Los cuentos

El volumen de cuentos nos sitúa, finalmente, ante el Borges más conocido y, quizá por ello, más exigente. Sus relatos, de una brevedad engañosa, funcionan como artefactos de precisión donde cada elemento cumple una función rigurosa. Entre ellos, El Aleph y El libro de arena destacan como dos cimas complementarias.

En El Aleph, Borges imagina un punto del espacio que contiene todos los puntos, una totalidad imposible que, sin embargo, se ofrece a la mirada. La enumeración de lo visto –minuciosa, casi obsesiva– desemboca en una de las frases más reveladoras de su obra: “Vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph”. La paradoja no es aquí un juego, sino una forma de pensar lo infinito.

Por su parte, El libro de arena propone un objeto igualmente perturbador: un libro sin principio ni fin, cuyas páginas se multiplican sin cesar. En un momento del relato, el narrador afirma: “El número de páginas de este libro es exactamente infinito”. La precisión de la frase, su tono casi burocrático, intensifica el efecto inquietante: lo imposible se presenta como si fuera una simple constatación.

Reunidos en esta edición, estos tres ámbitos –poesía, ensayo y cuento– permiten acceder a Borges en su totalidad, sin las jerarquías que a menudo han reducido su figura a la del narrador de ficciones ingeniosas. Aquí aparece el escritor completo: el poeta de la emoción contenida, el ensayista de la inteligencia abierta, el narrador de lo infinito.

Por eso esta reedición no es solo oportuna: es necesaria. Porque devuelve a Borges a su lugar natural, que no es el de la cita ocasional ni el del homenaje distante, sino el de la lectura viva, siempre renovada, siempre inquietante. 

¡En efecto no puedo expresar por completo la envidia que le tengo a quien puede leer a Borges por primera vez, pero releerlo no está nada mal, y en ello se dura la vida toda!