Rebuscando en la memodia de Celadilla del Páramo: 200 topónimos y 500 fotografías recuperados por una joven universitaria
Hay nombres que todavía sobreviven en la memoria de los mayores, aunque ya apenas aparezcan en los mapas. Nombres de tierras, caminos, fuentes o parajes que durante generaciones sirvieron para orientarse y contar la vida cotidiana de un pueblo.
También hay fotografías guardadas en casas particulares, álbumes familiares que conservan una parte de la historia que no aparece en ningún archivo oficial. Durante este verano, Celadilla del Páramo ha empezado a reunir una parte de todo ese patrimonio disperso.
El resultado supera ya los 200 topónimos locales recuperados y más de 500 fotografías, históricas y actuales, recopiladas gracias al trabajo desarrollado durante los últimos dos meses por Laura Pérez Domínguez, estudiante del Grado en Educación Primaria de la Universidad de León. Su proyecto, denominado 'Territorios que recuerdan', ha convertido a este pequeño pueblo del municipio de Villadangos del Páramo en un espacio de encuentro entre generaciones y de recuperación de la memoria colectiva.
La iniciativa se ha desarrollado dentro de las becas Ralbar impulsadas por la Universidad de León y la Fundación Banco Sabadell, pero ha ido bastante más allá de un trabajo académico convencional. La propuesta partía de una idea: utilizar la propia vida comunitaria, los recuerdos y la experiencia de los vecinos como una herramienta para trabajar la estimulación cognitiva y el contacto entre niños y mayores.
Para ello se organizaron filandones temáticos, actividades infantiles, encuentros entre vecinos y la recuperación de juegos tradicionales. En torno a esas actividades fueron apareciendo recuerdos, historias y experiencias personales, pero también fotografías antiguas y los nombres con los que tradicionalmente se han conocido diferentes rincones del pueblo.
El trabajo ha permitido así reunir un fondo documental que supera los 200 topónimos y las 500 imágenes. Detrás de esas cifras hay mucho más que un inventario. Están los nombres tradicionales de parajes que pueden desaparecer cuando dejan de utilizarse y una colección de imágenes que documenta cómo era la vida cotidiana en Celadilla y, en buena medida, en el Páramo leonés.
El proyecto terminó plasmándose en una exposición que reunió parte de la investigación y de las fotografías recogidas durante el verano. Una manera de devolver al propio pueblo el resultado de un trabajo construido, precisamente, con la participación de sus vecinos.
Para Laura Pérez Domínguez, la experiencia ha servido también para comprobar hasta qué punto la formación universitaria puede salir del aula y trasladarse directamente a la vida social. “Al principio cuesta un poco hacerse paso o te encuentras con gente más precavida, pero con el tiempo te das cuenta de que los vecinos tienen ganas de involucrarse. El entorno rural es la verdadera base de nuestra identidad”, explica.
La estudiante reconoce que los dos meses de trabajo han exigido una adaptación constante a lo que iba ocurriendo sobre el terreno. “Mi experiencia con la beca Ralbar ha sido un reto exigente pero muy valioso. Han sido dos meses de constantes cambios y adaptaciones sobre el terreno”, señala.
Su formación como futura maestra también marcó el planteamiento del proyecto. La neurociencia y la estimulación cognitiva estuvieron presentes como base de las actividades, pero el objetivo práctico era utilizar los recuerdos, las historias y el aprendizaje vinculado al propio entorno para generar beneficios tanto en los niños como en las personas mayores.
La implicación vecinal terminó siendo una de las claves de la iniciativa. Laura Pérez Domínguez agradece al Ayuntamiento de Villadangos del Páramo la oportunidad de desarrollar el proyecto, pero destaca especialmente la participación de los habitantes de Celadilla. “Doy las gracias sobre todo a la gente de Celadilla, que han participado en las actividades y han compartido sus historias con gran generosidad; sin su apoyo y su conocimiento, esto no habría salido adelante”, afirma.
Ahora queda un fondo documental que reúne nombres, imágenes y recuerdos que hasta hace poco estaban repartidos entre la memoria de los vecinos y los álbumes familiares. Y también nuevas ideas surgidas durante el propio desarrollo del proyecto.
La estudiante defiende que este tipo de iniciativas necesitan continuidad y reclama una atención al mundo rural que no se limite a los periodos vacacionales. “Vivimos en una sociedad que solo parece acordarse del pueblo en vacaciones, pero el entorno rural existe los doce meses del año”, advierte.
En Celadilla del Páramo, al menos durante este verano, recordar ha servido también para dejar constancia. Para poner nombre de nuevo a lugares que podían ir perdiéndolo, rescatar imágenes que permanecían guardadas y hacer que distintas generaciones compartieran un mismo espacio. Un pequeño archivo colectivo construido desde el pueblo para conservar una parte de lo que el pueblo recuerda.