He llenado la casa de deseos. Los he peinado con púas de alambre y les he dado diversas formas hasta convencerme de que alguna de ellas me cautivaba o, mejor, que todas lograrán fascinarme en algún momento del año que empieza.
He resucitado un piano que no tocaba desde hace más de veinte años: he decidido volver a acariciar las teclas, y cantar, aprender a elevar la voz con quien sabe cómo encaramarse a las partituras y entregárselas al viento. He recuperado un póster antiguo que pertenecía a mi madre: lo he llevado a enmarcar y lo he colgado en la pared sobre el piano. En él hay una mujer, una madre, supongo, que con una niña en brazos y un niño amarrado a su cintura, levanta el puño. Hay hombres detrás, pero están desdibujados.
Este año empezó como quiso el señor de los mundos y tras él aguantamos el aire como un suspiro de angustia: empezó por Venezuela donde todo es tan complejo que no hay una respuesta evidente, seguirá por donde quiera porque la ambigüedad puede ser, también, la ley que nos devore.
Hay en estos deseos que peiné un libro clásico que había perdido de mi biblioteca: La lluvia amarilla de Julio Llamazares. Tenía que estar en la estantería de este pueblo que parece pelear entre la ruina y la belleza: el abandono es un lugar seguro, o una trampa.
Otro libro más llenó la mesa que construí con mi padre para el salón: una publicación inmensa con ilustraciones acordes para reconstruir la civilización en caso de debacle. Algo que, tal y como empezamos, no parece tan descabellado. Aunque aquí, de pantanos anegando vidas, hace tiempo que sabemos lo indecible. En estos deseos se coló también un anillo que parece tener un quiebre en su punto medio, un vertedor de agua hacia dos laderas, una línea en su centro como una decisión que marca el rumbo.
Esto hacemos, en realidad, cada inicio de año: tratamos de enderezar la nave hacia un lugar que nos parezca atractivo. Ahí queremos llegar, o deberíamos. Lo más difícil no es tratar de alcanzar un objetivo, sino dejar de tenerlo, no saber a qué aferrarse para tomar impulso. El vacío, sin embargo, es el único comienzo posible, el único honesto, al menos. Desde ese lugar inhóspito al que no nos gustaría entrar es donde nos sabemos suficientes y con la fortaleza necesaria para perseguir nuevos deseos, genuinos, como una montaña que no podremos derribar jamás porque nos crece dentro.
Por eso tal vez también he decidido que el Teleno sea parte de mi propia piel y que, cuando mire mi brazo, cada cual interprete qué ve: algunos verán sin duda su cumbre, otros el mismísimo mar, otros, tal vez, una ballena acostada. Les digo a mis alumnas de escuelasavia.com que eso debe tener, de hecho, la buena literatura: capacidad para generar diversas interpretaciones, a distintos niveles, cada una a la altura de quien se atreva a navegar por nuestras páginas. Así la vida, así el cuerpo: cada cual leerá dentro de nosotros mismos el mapa que sepa interpretar, pero nuestro cuerpo será, sin embargo, siempre el mismo, solo transmutado por el tiempo y sus aprendizajes íntimos.
El último deseo que peiné fue tirar las púas al suelo y mirar por los ventanales: sentir serenidad, recuperar la paz, ser, sencillamente, alguien que se parezca a mí. Encendí velas, cayó la noche, el pelo se me derramaba en cascada por los hombros y las piernas estaban cruzadas sobre un cojín, los brazos reposando sobre las rodillas: respiré y cerré los ojos. La perra no ladró, pero yo sabía que estaba allí.