Otra vez la misma historia, no
No me cansaré de repetir que la palabra ‘patria’ nunca me supo levantar. Con el mismo sentido, con la misma profundidad, utilizo la palabra ‘tierra’ con mayores y mejores prestaciones cuando se usa en el sentido del lugar donde vives y convives con tus semejantes, sí, esos semejantes con los que conversas, ríes, discutes, discrepas o incluso nunca has llegado a cruzar una palabra con ellos porque no pertenecen a tu círculo íntimo.
Yo me siento tan leonés como español, puestos a escoger prelación, primero me siento leonés, después me siento español y eso sin perder de vista aquella lapidaria frase de Antonio Cánovas del Castillo que decía: “Son españoles los que no pueden ser otra cosa”. Y la pregunta se hace inevitable. ¿Qué es León sin leoneses? ¿Qué es España sin españoles? Sencillamente nada, un territorio al que se le puede atribuir lo que se quiera pero que, sin su gente, no es absolutamente nada, por más que muchos compatriotas se empeñen en hacernos creer lo contrario.
Un país, una nación, una patria, llámesele como se quiera, sólo es un terreno baldío sin personas que lo pueblen. Un territorio de conquista, ocupado por personas, sin vínculos afectivos al mismo, no puede considerarse una patria por más que haya quien se esfuerce en convencernos de otra cosa. La patria, la tierra, es el conjunto de personas que viven en ella, que establecen unos vínculos que se van heredando a través de generaciones sucesivas y van creando un entramado social propio de primates. Nadie piense que somos seres especiales sobre la faz de la tierra. Somos una especie más con sus particularidades, sus virtudes y sus defectos.
Si aceptamos estas premisas, fácilmente admitiremos que a nivel de nuestra sociedad particular, de nuestro constructo, de nuestra querencia a formar un conglomerado, lo que Rousseau definía como ‘el contrato social’, todos somos iguales para ese proyecto de vida. Unos más útiles y provechosos, otros más inútiles y dañinos. Nadie, salvo que cie o reme en dirección contraria, es más necesario que otro. Es más, un país se sostiene principalmente con la gente que consideramos ‘corriente’ o ‘sencilla’ lo cual no es sinónimo de vulgar, porque gracias a esa gente sencilla, una tierra, una patria, funciona y prospera en mayor o menor medida. Ortega y Gasset dejó dicho hace un siglo que la historia, como la agricultura, se nutre de los valles y no de las cimas, de la altitud media social y no de las eminencias.
Todo este largo introito viene al caso por la creciente crispación en la política española, tan evidente que hasta el Papa así lo has hecho saber delante de los parlamentarios del Congreso en la alocución que ha pronunciado ante sus señorías y que cada cual ha interpretado como mejor le parece para arrimar el ascua a su sardina. La política española es, para todo aquel que sea capaz a diseccionarla con espíritu crítico, una gran charca de ranas donde los anfibios de distinta ideología interpretan su monótono croar, siempre con sus respectivos coros que amplifican la voz de la partitura por la que se inclinan.
Odios cainitas dejan heridas sin restañar
Cualquier persona medianamente versada en nuestra historia más o menos reciente o con un mínimo de curiosidad por su pasado, truculento pasado, a poco que quiera verlo con ecuanimidad, podrá comprobar lo siguiente con nuestra última contienda civil: los odios cainitas que se desplegaron hace cerca de un siglo han dejado cicatrices difíciles de restañar. Entrar en la estéril dialéctica de quien lo hizo mejor o peor, es ya un anacronismo sobre el que cada cual tiene su particular opinión, según le hayan contado o se incline, con razón o sin ella, hacia una de las dos facciones enfrentadas. Malamente va a cambiar nadie de su opinión al respecto, adquirida por variopintos caminos, opiniones, testimonios o creencias.
La Guerra civil española fue un episodio lamentable que si los españoles fuéramos tan inteligentes como algunos aduladores pretenden que creamos que somos, jamás, repito, jamás, deberíamos volver a transitar. Y sin embargo, a poco que se lea sobre los prolegómenos de aquel conflicto, se están volviendo a establecer unas mismas condiciones que causan inquietud a quien conoce tan luctuoso pasaje de nuestra historia. Las diferencias irreconciliables que se están sustanciando entre los partidos mayoritarios de este país evocan una reedición de un pasaje miserable, de un pasado que resiste a desaparecer para siempre.
Las trifulcas entre los partidos, arropados por medios de comunicación de gran penetración entre la opinión pública, están creando un caldo de cultivo que tiende a la confrontación social entre la ciudadanía, despertando demonios del pasado que creíamos superados. La gran tragedia que el pueblo español acredita desde hace siglos es la facilidad con que nos empujan a enfrentarnos los unos con los otros sin grandes esfuerzos. Es indudable que las decisiones políticas tomadas en los centros de poder del país nos afectan a todos, pero de ahí a hacer seguidismo ciego de consignas importadas, media un abismo.
No es de recibo enfrentarse con el amigo de siempre, con el familiar, con el vecino, porque se discrepe ideológicamente con él. La inmensa mayoría de las disposiciones que se toman en las más altas instancias son irrelevantes en la vida cotidiana de las personas corrientes. La mayoría de esas disposiciones, que nos vienen dadas, no van a variar la esencia de nuestra forma de vida porque en poco en nada nos va a llegar la onda expansiva de lo que dictaminen diestros o siniestros. Vamos a seguir igual de bien o igual de mal que gobierne el PSOE o gobierne el PP, ambos tienen muy malos antecedentes.
La farándula de la política sólo beneficia a aquellos que viven de ella, por eso es interiorizar lo que la clase política discute por afinidad ideológica es ridículo. Seamos serios, las discrepancias entre políticos no deben interferir en la convivencia entre las personas normales. Asumir como propios los pretendidos desacuerdos que se escenifican en sede parlamentaria, cuando no pasan de ser meras representaciones teatrales con diferencias de matiz, demuestra en sus acérrimos seguidores una gran necedad. A muchos de nuestros políticos les importa un bledo la confrontación a nivel de calle y sólo están preocupados por su interés personal.
Soy consciente de que en nuestra España torera, clamar por este punto de vista es sementar sobre el asfalto, pero al menos que no quede por decirlo. Apuntarse a ser el brazo ejecutor de terceros es escasamente honorable y en política aún lo es menos.
Tomás Juan Mata pertenece a Urbicum Flumen, la Asociación Iniciativa Vía de la Plata