Cuando los estudios universitarios de León dependían de Asturias

El Albéitar de León y Gustavo Bueno.

El tiempo es ese golfo que se sube a las farolas para ver pasar la Historia, pero hay ciudades que conservan mejor la memoria que los archivos. León es una de ellas. No porque recuerde más, sino porque olvida más despacio. En sus facultades, en sus pasillos con olor a tiza antigua y café de máquina, todavía resuena una genealogía intelectual que hoy parece improbable: cuando la Universidad de León era todavía una prolongación académica de la de Oviedo, y los grandes catedráticos asturianos proyectaban su sombra sobre las aulas leonesas.

Uno estudió aquí con inolvidables profesores que habían estudiado con inmarchitables profesores de allí. Parece una obviedad, pero no lo es. La cultura, cuando es verdadera, no se transmite por decretos ministeriales ni por plataformas digitales, sino por filiación. Salvador Gutiérrez Ordóñez y José Enrique Martínez pertenecen a esa estirpe de catedráticos para quienes la universidad era algo más que una oficina de acreditaciones y sexenios. Y, detrás de ellos, aparecían dos nombres que hoy conservan el brillo de las monedas antiguas: Emilio Alarcos y Gustavo Bueno.

Alarcos representaba la inteligencia lingüística llevada a una precisión casi matemática. Bueno era otra cosa. Bueno era un sistema filosófico caminando por los pasillos. Una máquina de pensar. Un polemista con aspecto de patriarca castellano extraviado en Asturias. Un hombre que discutía las ideas con la misma energía con la que otros discuten los resultados del fútbol.

Recuerdo conversaciones con aquellos profesores en las que Gustavo Bueno aparecía rodeado de una especie de respeto irreverente. Como esos viejos maestros que provocan admiración y discusión a partes iguales. Nadie salía indemne de una clase suya. Ni intelectualmente ni sentimentalmente. Bueno tenía esa rara virtud de obligar a pensar incluso a quienes estaban convencidos de que ya habían pensado suficiente.

'El mito de la izquierda'

Por eso vuelvo de vez en cuando a su libro El mito de la izquierda, uno de esos libros que parecen escritos para irritar a media biblioteca nacional. Bueno sostenía ahí que la izquierda no era una esencia moral ni una especie de superioridad ética automática, sino una categoría histórica compleja, contradictoria y muchas veces utilizada como simple coartada sentimental. La izquierda, decía en el fondo, no era buena por ser izquierda ni la derecha mala por ser derecha. Había que analizar los hechos, las instituciones, el poder real.

Y ahora me surge inevitable la pregunta. ¿Qué habría escrito Gustavo Bueno si hubiera publicado El mito de la izquierda en la España de 2026? No lo sé. Nadie puede hablar por los muertos, y menos por los filósofos. Pero sospecho que habría encontrado un material inagotable para sus disecciones conceptuales. Porque la España actual tiene algo de laboratorio filosófico y algo de sainete nacional. Una izquierda oficial que se presenta como depositaria exclusiva de la virtud pública mientras convive con episodios que han llenado periódicos y juzgados: Koldo, Ábalos, Leire Díez, Tito Berni y toda esa galería de personajes que parecen salidos de una novela picaresca escrita por un guionista de Netflix a las tres de la mañana.

Lo llamativo no son siquiera los escándalos. España siempre ha producido escándalos con la misma facilidad con la que produce aceitunas o funcionarios. Lo verdaderamente interesante habría sido observar la reacción moral. O más exactamente, la ausencia de reacción moral.

Hubo una época en la que la izquierda exigía dimisiones con una rapidez casi higiénica. Hoy parece haber descubierto las ventajas filosóficas de la permanencia. Nadie dimite. Nadie se mueve. Nadie sabía nada. Nadie recuerda nada. La responsabilidad política ha pasado a ser una antigualla, como las máquinas de escribir o los discos de vinilo. Y quizá ahí Gustavo Bueno habría afilado el bisturí. Porque su crítica nunca se dirigía tanto contra las personas como contra los mitos. Contra las palabras convertidas en fetiches. Contra los conceptos transformados en religión civil.

Una definición ideológica no concede bula ética

El mito contemporáneo consiste en creer que la autodefinición ideológica concede automáticamente una especie de bula ética. Como si bastara proclamarse progresista para quedar exento de las miserias ordinarias del poder. Pero el poder sigue siendo el poder. Y el ser humano sigue siendo el ser humano. Da igual el color del cartel electoral. Al final, uno observa ciertos comportamientos de la política española y termina recordando aquella vieja intuición de Bueno: las etiquetas explican mucho menos de lo que creen quienes viven de ellas. Por eso el socialismo enjoyado contemporáneo se parece a aquella novelita de Truman Capote adaptada al cine Desayuno con diamantes... mucho brillo, mucha elegancia verbal, mucha escenografía moral y, detrás de los escaparates, las mismas ambiciones, las mismas luchas internas y las mismas debilidades que han acompañado siempre al poder… La distancia entre cierta izquierda institucional y cierta derecha institucional empieza a parecerse a la que existe entre la Coca-Cola y la Pepsi...

Quizá por eso vuelvo mentalmente a aquellas conversaciones universitarias sobre Gustavo Bueno. No por nostalgia. La nostalgia es una forma elegante de pereza. Vuelvo porque aquellos profesores pertenecían a una época en la que las ideas importaban más que las consignas, y los conceptos pesaban más que los eslóganes. Una época en la que un filósofo podía incomodar a los suyos sin pedir perdón, y un catedrático podía defender una tesis sin calcular primero su impacto en las redes sociales.

Desde los viejos pasillos leoneses que conducían intelectualmente hasta Oviedo, desde las clases heredadas de Alarcos y de Bueno a través de discípulos brillantes como Salvador Gutiérrez y José Enrique Martínez, la pregunta sigue flotando en el aire. ¿Qué diría hoy Gustavo Bueno? Seguramente algo incómodo. Y precisamente por eso merecería la pena escucharlo…

Gracias por existir, Audrey Hepburn.

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