Adiós, verano adiós

Estampa de otoño en pleno agosto en Eras de Renueva en León con las hojas caídas por el calor.

Dicen los lugareños que pasada la fiesta de la Virgen de Agosto, el verano empieza a agitar el pañuelo de las despedidas. Partiendo de quien parte, gente estoica ante los caprichos de la meteorología, hay bastante certeza. El estío de este año se ha revestido de otra de nuestras características leonesas, la tozudez, a la que nosotros damos carácter local de cazurría. Porque... ¡¡Vaya verano!! Si el anterior fue el de los fuegos por doquier, en éste, las llamas no han cejado en el estrangulamiento contra la foresta y las personas. Nunca he padecido aquí una ola de calor tan contumaz. Tacañería enojosa con la fresca hasta en el alivio pasajero de la tormenta.

La Asunción hizo paso y nos hemos puesto en clave otoñal. Solo un par de días, y las temperaturas se han acompasado al paso de la fecha. León es tierra escasa en gamas meteorológicas. El invierno reina buena parte del año. Primavera, verano y otoño conforman un séquito cortesano.

Por eso, estando todavía aquí, el paso del ecuador de agosto facilita los microclimas corporal y mental del tránsito estacional, una hermosa paleta de coloridos en la naturaleza, que pincela lienzos melancólicos y oscuros en una luz decadente.

En el retorno a la cotidianidad, dejada atrás la acracia veraniega, al otoño se le adjudica el tópico de caliente, quien sabe si como asidero a ese estío que alivia con el regusto de enterrar las estresantes agendas laborales, pero achicharra con las obligaciones sociales de la forzosa convivencia familiar que, como una revelación del más allá, se descubre desestructurada. Septiembre es el mes récord de separaciones matrimoniales. Palabra de estadística.

Esta edición de verano extremadamente caluroso abre inquietudes para que la calentura ambiental penetre hasta lo más profundo del otoño, con continuidad asegurada en el circuito completo de las estaciones. Una asfixia que no se ha verificado solo en los mercurios; para desgracia general, no abandona, al contrario, persiste, en la pésima sintomatología de las rutinas.

Los veranos de mis lejanos recuerdos se tomaban como un proceso vitamínico de recuperación de fuerzas para el duro quehacer de los retornos con punto de partida en los otoños. Los meses estivales que me tocaba actividad laboral se desarrollaban en una especie de tedio constante, latigazo de aquello que se llamaba sequía informativa, genial descubrimiento para poner a trabajar, a escape libre de seseras, cuestiones informativas que, para eludir tópicos y reiteraciones temáticas, llamábamos refrescantes.

El complicado esquema actual ya no permite ese desierto de noticias. Multitud de canales comunicativos obligan a la alimentación de sucesos precocinados de tal manera que el menú veraniego dispara a discreción sucesos sin distinguirse de la verdad, la mentira o sus medias partes, más corrosivas que en su estado bruto.

No es la noticia. Es la amplificación del qué, el quién, el dónde, el cuándo y el cómo, por medio del morbo, el exabrupto, el escándalo y el humo de personajillos creados para berrear naderías con ínfulas de tratado filosófico o descubrimiento científico. Así tenemos conformado el debate social de hoy. Ha llegado a tal extremo de inmundicia que se echa de menos el posado en bikini de una conocida actriz, a la par que bióloga. Fue el emblema simpático del corte de cinta inaugural de aquellos veranos, calurosos también, pero refrescantes gracias a frivolidades como esta. Y sobre este estiércol salta la cínica pregunta de ¿qué le pasa al periodismo?

Mundial y eclipse

Hemos ganado un campeonato del mundo de fútbol en el espacio temporal del solomillo del verano. No pasaron veinticuatro horas de alzar la copa, cuando se perdió el culo para descifrar las gesticulaciones de los políticos en la entrega del trofeo, en cómo se habían mirado unos a otros y en buscar escarnios en el mal perder del derrotado. El gol de Ferrán y el ejemplo deportivo de un grupo de futbolistas, casi reducido al campo de la anécdota.

El cielo ha ofrecido el espectáculo de un eclipse solar. Una experiencia visual solo repetible de décadas en décadas. Se ha percibido en la gente la ilusión por el regalo sorpresa de una naturaleza que se ha recreado antes, y con insistencia, en castigos de fenómenos meteorológicos que han puesto el alma en un puño. Una naturaleza que tiene motivos sobrados para estar cabreada, pero que nos ha deleitado con una de sus atracciones más impactantes.

Sería deseable leer en este eclipse la mano tendida de una naturaleza castigada por la estupidez humana, como una solicitud generosa y amable, a cuidarla con el mimo que merece. Pero tengo que reconocer que me sale la vena pesimista, o quizá conspiranoica, de nuestra estulticia demostrada, cuando me da por pensar si el efecto llamada durante más de un año a la movilización masiva de esta observación única, no es ensayo programado de pastoreos de muchedumbres con el objetivo puesto en la manipulación ideológica global o el vaciado cerebral del individuo, más plausible cada día con el concurso controlado –pido permiso a Yanis Varoufakis– del nuevo y tenebroso tecnofeudalismo.

El otoño ya es presencia sentida tras un verano más que caliente, tórrido. La calentura otoñal ha perdido el tópico. Es la prolongación de estíos que no dejan descansar las lenguas bífidas ni los oídos unidireccionales.

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