Dolores Fernández Geijo y el relato de toda una vida proyectando el folclore maragato al pie de un telar

Hay personas que dieron la batalla de toda una vida al pie de un telar. Hilando y tejiendo, Dolores Fernández Geijo (Val de San Lorenzo, 1921-2003) capitaneó a su familia al tiempo que conservó y difundió un legado centenario. Viuda con apenas 27 años de edad, estiró las horas de trabajo para dar de comer a sus dos hijos. Heredera de un torrente de oralidad por parte de madre y de tía, proyectó el folclore maragato hasta llevarlo fuera de sus fronteras e incluso a los platós de televisión. “Era muy duro. Pero, sin embargo, había humor”, decía, ya al final de su vida, Fernández Geijo. “Había que salir adelante y mantener la tradición a toda costa”, señala su nieto Alfonso Turienzo Martínez ante la publicación del libro que cada año por el Día Internacional de la Mujer coordina la investigadora Mercedes G. Rojo, ahora ya enmarcado en el proyecto editorial Rescatar la Memoria.

La batalla de la vida de Dolores Fernández Geijo habría sido distinta de no haber mediado una guerra. Nacida en Val de San Lorenzo el 22 de febrero de 1921, se marchó en 1935 a servir a León. Había accedido a una beca para completar los estudios básicos de la que no pudo beneficiarse al comenzar la Guerra Civil, circunstancia que hizo que regresara al pueblo. Pero apenas terminado el conflicto, ya salta al escaparate: el 21 de mayo de 1939, con motivo del desfile regional de la Victoria en la capital leonesa, se pasea con el traje de maya; y el 11 de junio comparte el primer premio de grupos entregado en la Plaza Mayor de Astorga con sus compañeros de Val de San Lorenzo. Todavía hubo en aquellos años de posguerra otro momento de relumbrón: cuando la mítica Cifesa rueda en 1940 en el pueblo la representación de una boda maragata. Ella hizo el papel de novia con una pareja distinta a la suya. “Casi me cuesta el matrimonio”, decía con gracia sobre aquel documental del que no se conservan imágenes.

La realidad en el día a día estaba muy lejos de los desfiles, los premios y los rodajes. Fernández Geijo recordaba sin ambages, pero con adversativas, aquellas noches infinitas trabajando la lana. En esas veladas invernales se ponía al mal tiempo buena cara. La tarea se interrumpía a las 20.00 horas para cenar “unas sopicas” hechas por su madre, Carolina Geijo, y a las 22.00 horas se paraba para “echar un baile”. El fuelle podía hacer de pandereta si no había ninguna a mano. La jornada se prolongaba habitualmente hasta primera hora de la madrugada. “Tiesos de frío”, esperaban a ver “cuándo sonaba el ajo” que volvía a machacar su madre para comer otras sopas. “Nos las echaba en la tartera, y a escote como decía el otro: a comer a cucharadas, y el que más aguantara, mejor para él”. Y los sábados podía haber incluso un extra hilando para un tercero: “Te pagaban a perrina la libra. Hilabas toda la noche. Y sacabas alguna cosica para comprar nada, poca cosa. Era muy duro. Pero, sin embargo, había humor. Y toda la velada estabas cantando”.

Criada en una familia de tejedores que disponía del telar más grande de Val de San Lorenzo, desde niña ya se había tenido que acostumbrar al trabajo. Sus deberes era entonces la tasa, el número de canillos que debía completar cada día en el proceso para hacer la urdimbre. Casada en 1942, al año siguiente nació María Luisa y en 1946 José Luis. Su marido murió en 1948 de una tuberculosis no superada, por lo que tuvo que echarse la familia a sus hombros. Con los niños pequeños en el bricio (la cuna), los pies se multiplicaban para atender al telar y al bebé. “Y cantabas, y arrollabas al niño, y había tiempo para todo”, dice en un vídeo antes de hacer una mueca y remachar: “Se vivía muy en la miseria”.

El telar era el epicentro de la vida. Se cantaba y se contaba. Ella bebe directamente de la tradición oral rescatada por su madre, Carolina, y su tía Toñica, mujeres sin estudios que cantaban de memoria composiciones con varios siglos de antigüedad. Alfonso Turienzo Martínez (nieto de Dolores, hijo de su hija María Luisa) comprendió la dimensión de aquel legado el día en que, estudiando Filología Hispánica, el profesor Jesús Antonio Cid habló en clase de las “romancistas” a las que se deben recuperaciones como la del romance de El traidor Marquillos. El hito se había dado en su pueblo. Y él no tenía más que escarbar en su propio árbol genealógico para recrearlo.

A Mercedes G. Rojo le sugirieron abordar la figura de Dolores Fernández Geijo cuando fue a presentar en Val de San Lorenzo su libro Eva González Fernández. Garante de la tradición y de la lengua asturleonesa, en torno a la autora de Palacios del Sil pionera en darle al patsuezu una proyección literaria. Con el tiempo descubrió que el paralelismo entre ambas mujeres iba más allá de la conservación y transmisión de la oralidad. “Las dos habían tenido mucho interés en ser maestras”, compara Rojo. “Tenía cualidades para ello”, corrobora su nieto al recordar las lecciones y orientaciones que daba a los componentes del grupo folclórico de Val de San Lorenzo.

Fernández Geijo, que ya en 1941 había contribuido con sus conocimientos de la tradición oral al Cancionero leonés, de Mariano Domínguez Berrueta, y luego sería informante en proyectos vinculados al folclore y la musicología como los de Manuel García Martos, Alan Lomax, Concha Casado o la Fundación Joaquín Díaz, multiplicó la proyección de la Maragatería cuando apareció en el programa de TVE (Televisión Española) La banda del Mirlitón con su nieto Alfonso (“yo con las castañuelas y ella con la pandereta”) en 1976, dos años antes de compartir protagonismo con su madre y su tía en un programa de la serie Raíces. Volvía a estar en el escaparate, ahora uno de millones de espectadores, en torno a cámaras y micrófonos que sí cohibían a Carolina, para quien aquellos aparatos “eran cosa del demonio”. Pero Dolores “vivió aquello con mucha naturalidad y sin alardes”, cuenta su nieto.

A medida que se hacía mayor, fue siendo consciente de la importancia de su labor. Cada vez que voy a León descubro un libro nuevo en el que sale ella

Más allá de rescatar e interpretar (pone voz al tema 'La peregrina' en discos como Teleno y Folklore maragato), Fernández Geijo también tuvo una faceta creativa, la que termina de emparentarla con esas autoras leonesas de ayer protagonistas de Rescatar la Memoria. La maragata hizo composiciones para los Ramos en torno a la celebración de la Virgen de la Carballeda, el 8 de septiembre. “La gente del pueblo que la conoce y sabe de sus dotes le empieza a hacen encargos”, relata Mercedes G. Rojo. La memoria familiar regresa entonces a aquellas veladas en el telar. “Ella estaba tejiendo. Le venía de repente una idea, se paraba y escribía los versos”, cuenta Turienzo Martínez.

A la hora de hacer balance, Dolores Fernández Geijo tenía sensaciones contrapuestas ante el telar. “Le tengo cariño a todo esto. No me ha dado dinero, no; trabajo, mucho; satisfacciones también me las ha dado”, decía al constatar cómo el trasiego de curiosos se había ido incrementando con el paso del tiempo. “Te encargan cosas. Y si no te compran nada, la ayuda moral también vale mucho”, señalaba, siendo consciente de la falta de rentabilidad y de que la tradición tenía los días contados. “Y la falta de continuidad ella la vivía con cierta pena”, reconoce su nieto, que le pone a su abuela calificativos como “asertiva”, “acogedora”, “abierta”, “astuta” e “inteligente”.

La maragata fue cogiendo galones hasta ganarse un apartado propio en materia de folclore. “A medida que se hacía mayor, fue siendo consciente de la importancia de su labor”, apunta Alfonso Turienzo Martínez, que acredita su “trascendencia” con una secuencia ilustrativa: “Cada vez que voy a León descubro un libro nuevo en el que sale ella”. Ahora el salto es mayor al protagonizar por primera vez un volumen monográfico, titulado Dolores Fernández Geijo. Tejedora de urdimbres, vientos y palabras, el noveno de esta colección de Rescatar la Memoria editada por el sello leonés Ediciones del Lobo Sapiens. La obra, que identifica los epígrafes como 'hilaturas', enlaza todos esos hitos, al tiempo que resalta cómo su figura ha trascendido hasta inspirar versiones de canciones de entonces realizadas en los últimos años por La Braña, María José Cordero, Rodrigo Martínez e, incluso, la música electrónica de Delameseta. Son nuevas maneras de trenzar aquellos hilos del telar.