Concha Cardeñoso, la leonesa que tradujo ‘Hamnet’ y lleva toda una vida defendiendo un oficio 'invisible'

Concha Cardeñoso Sáenz de Miera, la leonesa traductora de 'Hamnet'.

Elisabet Alba

Más de 200.000 personas en España han leído ya ‘Hamnet’ en castellano, la mayoría sin reparar que en realidad no estaban leyendo a Maggie O’Farrell sino a Concha Cardeñoso Sáenz de Miera. La traductora leonesa que nació en León capital hace casi siete décadas, creció entre libros y viajó a Londres con apenas 17 años para aprender inglés y vivir una sensación de libertad que nunca antes había experimentado. A su vuelta, estudió Magisterio para enseñar lo que sabía a otros, se mudó a Barcelona por amor y tuvo dos hijas y, allí, empezó a dedicarse primero al teatro y a la danza y después a la traducción, un poco por la poesía y un poco por una amiga, pero su raíz leonesa sigue intacta.

El suyo es un oficio esencial casi siempre invisible. Este 23 de abril, Día del Libro, es un buen momento para mirar las estanterías de bibliotecas y librerías de otra manera. Para entender que entre el autor y el lector hay muchas veces alguien más. Que la ley reconoce a los traductores como autores de obra derivada desde 1983, pero que el reconocimiento social todavía no llega. Y que sin ellos, buena parte de lo que leemos simplemente no existiría en nuestra lengua.

Su historia empieza en una casa donde el lenguaje era casi uno más de la familia. Su madre, maestra, tenía como libro de cabecera el diccionario de la Real Academia Española y crió a sus hijas y un hijo entre correcciones para que hablasen bien. Su padre era un lector voraz, que llenó la casa de libros y cada noche les contaba cuentos antes de acostarse. Y en ese ambiente se crió una niña que empezó muy pronto a fijarse en cómo suenan las palabras, en cómo se escriben y en lo que significan.

Décadas después, esa niña es la traductora que ha puesto voz en castellano a algunas de las obras más leídas de los últimos años. El éxito de ‘Hamnet’ la ha hecho más visible. Pero su trayectoria, larga, exigente y sostenida en el tiempo, pertenece a ese territorio silencioso en el que se construye la literatura que leemos. Desde ahí, aprovecha ahora el foco para reivindicar su oficio, denunciar la precariedad del sector y advertir del impacto que ya está teniendo la inteligencia artificial generativa.

Una infancia en León entre palabras, correcciones y libros

Concha nació en León en 1956 y vivió en la ciudad leonesa hasta los 17 años, que se fue de au pair a la capital del Reino Unido para mejorar su inglés. Aprendió a hablar correctamente gracias a una madre maestra preocupada que “nos corregía constantemente cuando decíamos cosas que no estaban bien o que eran demasiado, no sé, vulgares o chabacanas”. “A mí me entró en vena”, cuenta a ILEÓN, recordando orgullosa que su libro de cabecera era “el diccionario de la Real Academia Española, ¡imagínate!”

Su padre, “un lector consumado, abonado al Círculo de Lectores”, creó en casa su propia biblioteca, “con sus libros, ordenaditos”, y convirtió la lectura en un hábito cotidiano. Por las noches, les contaba cuentos como ‘El libro de la selva’ o ‘Colmillo Blanco’, de memoria, un capítulo cada noche.

La escuela fue el espacio donde empezó a fijarse en los detalles del lenguaje. Recuerda con nitidez y mucho cariño a varias de sus maestras que inculcaron en ella otra forma de mirar las palabras. Como “doña Teresina, ¡cuánto la quise!”, que les ponía ejercicios en la pizarra en los que tenían que descubrir qué tenían en común una serie de palabras. “Yo lo veía enseguida”, explica, con una intuición casi innata para detectar patrones, letras y sonidos, para entender la lógica interna del idioma.

“Una anécdota graciosa, antes de ir con doña Teresina, fui a una escuela que había en el parque de San Francisco, donde la Escuela de Comercio, y un día volví a casa diciendo: 'Mami, tengo una maestra que habla muy raro. Dice valle y lluvia, con la ll'”. Ese día aprendió una pronunciación del leonés y que la lengua no es única ni uniforme, que cambia según el lugar, que tiene matices, acentos y formas distintas de nombrar lo mismo.

León, Londres, Barcelona: irse, volver y volver a irse

Al terminar COU, en el instituto Juan del Enzina, tocaba decidir qué estudiar, con algunos condicionantes. Una de sus hermanas ya se estaba formando fuera de la ciudad y la economía familiar no podía permitirse que otra lo hiciera al mismo tiempo. Por eso, su padre le pidió que eligiese alguna titulación que se impartía en la capital leonesa. “En aquella época había Filosofía, Minas, Veterinaria y poco más”, así que eligió Magisterio, “porque estaba claro que yo era de letras”. Pero antes de empezar, decidió irse.

Tenía otra hermana en Londres y ganas de cambiar de aires. “No fue una huida”, aclara, pero sí una necesidad de probar cosas nuevas. Y allí encontró algo que no esperaba del todo: una sensación de libertad difícil de describir. “Podía salir a la calle, no me conocía nadie ni yo conocía a nadie. Podía ir donde quisiera”.

Londres era entonces “la gran ciudad”. “Era asombroso ver la cantidad de gentes diferentes que había. De culturas, de estilos de vestir, y tenía un glamur especial. Llamaba mucho la atención”. Su vida era tranquila, casi rutinaria, entre la casa donde trabajaba como au pair, la escuela “y algunos otros trabajos que hice”, pero el impacto fue profundo. No solo estaba perfeccionando un idioma, estaba ampliando su forma de mirar.

Después, volvió a León y retomó el plan previsto: estudió Magisterio y se preparó para enseñar. Pero la vida le tenía preparada otra vez la maleta, esta vez por amor. Se mudó a Barcelona y allí ha construido su vida y continúa. Siguió formándose, tuvo a sus dos hijas y lo que empezó como un entretenimiento terminó por convertirse en su profesión, la traducción.

Ese irse, volver y volver a irse no ha supuesto, como pasa muchas veces, una ruptura con León. La raíz sigue aquí, intacta: “No se rompe ni se seca”, y la trae de vuelta al menos un par de veces al año.

Una jovencísima Concha, en una foto suya cedida a ILEÓN.

De un juego entre amigos a toda una vida traduciendo

Antes de que se diera cuenta, Concha ya estaba traduciendo. En Londres cayó en sus manos un libro que le llamó especialmente la atención. “Era de R. D. Laing, 'Knots', que quiere decir nudos. Estaba vinculado a aquel movimiento que se llamaba la antipsiquiatría, y eran como poemitas con un estilo que me hizo mucha gracia. Eran juegos de palabras”, de esos que obligan a pensar cómo trasladar un idioma a otro sin perder significado por el camino.

Le gustó tanto que empezó a traducirlo, “a máquina o incluso a mano”. Lo encuadernaba ella misma para regalárselo a algunos de sus amigos. Una de ellas, que trabajaba como correctora de textos, le dio un consejo que lo cambió todo: presentarse a las editoriales directamente como traductora. Aquel inicio, casi doméstico, fue el comienzo de una carrera que ya suma décadas.

Los primeros encargos fueron llegando poco a poco. Traducciones pequeñas, trabajos diversos, textos que iban abriendo camino. Hasta que llegó el primer libro publicado. “Recuerdo estar traduciéndolo en un camping de Asturias”, mientras su familia se bañaba y ella alternaba ratos de descanso con horas de trabajo, “a la sombra o al sol, según quisiera”, recuerda divertida.

Empezó a trabajar con editoriales como Timun Mas, en una etapa en la que encadenó cuentos, literatura juvenil y novelas, algunas de ellas extensas sagas de ciencia ficción. Con el tiempo llegaron otros sellos como Alba, Libros del Asteroide o Destino, y autores de mayor proyección. Entre ellos, nombres como Robertson Davies, Irene Solà, Jaume Cabré o Daphne du Maurier.

Su carrera no ha sido lineal, pero sí constante. Ha traducido de todo: novela, ensayo, clásicos, literatura contemporánea, autores vivos con los que puede dialogar y otros ya desaparecidos. Y siempre igual de “puntillosa”, porque sabe que la exigencia del trabajo que hace “es grande y la responsabilidad también”.

“Me esfuerzo al máximo con todos los textos que traduzco, sean buenos o malos”, explica. Para ella, cada uno merece la misma dedicación. Porque traducir no es solo trasladar palabras de un idioma a otro. Es entender lo que hay detrás: el tono, la intención, el contexto cultural, los matices que no siempre son evidentes. “Tienes que captar la idea. Si no la captas, estás perdida”.

Es un trabajo exigente, muy técnico y profundamente creativo. Pero también, en muchos casos, invisible. El lector rara vez repara en quién ha hecho posible que ese libro exista en su idioma para que pueda leerlo y entenderlo. Y, sin embargo, detrás de cada página hay alguien que ha tenido que reconstruirla.

Concha con la autora de 'Hamnet', Maggie O’Farrell.

Un best seller tras décadas de oficio 'invisible'

La ley reconoce a los traductores como autores de obra derivada desde 1983, con la aprobación de la Ley de Propiedad Intelectual. En la práctica, sin embargo, la sociedad parece ir todavía más lenta. Durante décadas, el nombre de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera estuvo relegado al lugar en el que suelen estar los traductores: en la letra pequeña, en la página de créditos, muy lejos de la conversación sobre este o aquel libro.

El reconocimiento le llegó después de muchos años de trabajo, y de manera inesperada. ‘Hamnet’, de Maggie O’Farrell, la puso en la portada de un best seller. “Ha sido sorprendente”, admite: “Me han escrito personas que no conozco de nada, lectoras del otro lado del charco, y me hace muy feliz, me llena de alegría”. Pero, además, la novela le permitió algo poco habitual en su profesión: percibir derechos de autor “dignos” durante varios años y una cierta holgura económica. “He podido vivir más tranquila en la vida diaria y ayudar un poco a mis hijas también”, resume.

No obstante, la realidad de fondo sigue siendo la misma. “La fama, entre comillas, va a durar un día”, subraya, porque la traducción literaria sigue siendo, en sus palabras, “la hermana pobre” del sector. “No se puede vivir de esto si tienes una familia”, explica. “Las tarifas son bajas y ni siquiera se actualizan al IPC”, y el trabajo llega como llega: no se elige, se acepta todo lo que encaja en los plazos y las condiciones de las editoriales. Un continuo juego de malabares entre vocación y supervivencia.

Aun así, su trayectoria está llena de grandes nombres y obras relevantes, desde clásicos hasta autores contemporáneos, “cada vez más mujeres”, en inglés y, sobre todo, en catalán, que reconoce, “cuesta más que entre en castellano”. Un trabajo amplio, exigente y sostenido en el tiempo que cuesta que trascienda al lector.

La invisibilidad de los traductores sigue siendo el talón de Aquiles del oficio, porque, entre otras cosas, conlleva una falta de reconocimiento que redunda en las tarifas directa y negativamente. “La gente no es consciente de que muchas veces lo que está leyendo ha pasado por un filtro”, señala. Entre los autores que escriben en cualquier otra lengua que no sea el castellano y el lector hay, necesariamente, alguien que ha reconstruido ese texto para su comprensión. Y, sin embargo, su nombre sigue sin tener la repercusión que merece.

De ahí su insistencia en cambiar la mirada. En fijarse en quién traduce, en entender que el lenguaje que nos llega no siempre es el del autor original. “Si no te gusta un libro, igual no es el autor quien no te gusta, quizá sea la traducción”, apunta. Y sugiere algo poco habitual: buscar otras versiones, otros traductores, y hacer el ejercicio de leer comparando y siendo más exigente.

En ese contexto, la irrupción de la inteligencia artificial generativa añade una nueva preocupación. Cardeñoso habla abiertamente de la “hecatombe” que está suponiendo ya en el sector editorial. “Algunas editoriales ya están sustituyendo la traducción humana por sistemas automáticos y relegando a los profesionales a las tareas de corrección de la IAG”.

Lejos de facilitar el trabajo, lo aumenta. “Es el doble”, explica. Revisar lo que hace una máquina, volver al original y rehacer el texto. Más horas, más esfuerzo y menos reconocimiento y dinero. Para ella, el riesgo no es solo laboral, “porque las tarifas se caen al suelo”, sino también cultural, perder matices, precisión y calidad en algo tan delicado como trasladar una obra de una lengua a otra. Por eso insiste en ir asumiendo algo en realidad muy sencillo: reconocer a los autores y también a los traductores, y eso pasa por empezar a mirar los libros de otra manera.

Concha Cardeñoso en su despacho.

“Mil páginas” para traducir antes de final de año y una jubilación para estudiar leonés

Después del éxito, y de la visibilidad inesperada de los últimos años, Concha no ha bajado el ritmo. Sigue trabajando como siempre: con plazos ajustados y con la misma autoexigencia de toda la vida. Sobre su mesa tiene más de 1.000 páginas pendientes de traducción antes de que termine el año: “Sin vacaciones, sin derecho al paro”. Queda mucho suyo por leer.

Si piensa en la jubilación, se imagina estudiando leonés, para acercarse a su historia y a su riqueza. A esa manera distinta de nombrar el mundo que ya intuyó de niña. Y para recuperar, “un poco, el gran reino que fue el Reino de León en su día”. También quiere recuperar textos de autoras olvidadas, mujeres desde la Edad Media hasta la actualidad. Rescatarlas del silencio y devolverlas a la literatura. Seguir trabajando con las palabras, pero también con la memoria.

Porque, en el fondo, todo responde a una misma lógica. Durante décadas, ha hecho posible que miles de lectores lean obras escritas en otras lenguas. Ha puesto palabras donde antes había distancia. Ha traducido no solo textos, sino mundos. Y, quizá por eso, no ceja en el empeño y, aprovechando la visibilidad que ha ganado en los últimos tiempos, exige algo sencillo: que quien lea recuerde que entre el autor y el lector hay alguien más. Alguien como ella, que comprende, reinterpreta y hace posible que las historias lleguen.

Este 23 de abril, Día del Libro, es también una invitación a eso. A mirar los libros de otra manera. A fijarse no solo en las portadas bonitas y los títulos grandes, sino también en los nombres que aparecen en pequeño. Y a entender que, sin ellos, muchas de las historias que leemos simplemente no existirían.

Concha con su hija mayor, en imagen de archivo.
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