El hermano pobre del Emperador: El 'maldito' Cine Abella, comprado a precio de oro y que sólo proyecta abandono

Todo el mundo en León parece añorar el lujoso Teatro Emperador, en el corazón de la ciudad, cerrado a cal y canto desde hace ahora justo veinte años. Este caso al menos sigue ocupando titulares, aunque tantos como compromisos políticos incumplidos y dinero que nunca termina de llegar al objetivo, unánime, de que vuelva a reabrir sus puertas y llenar la capital de vida cultural.

Pero la memoria cinematográfica y de artes escénicas en general conserva una nutrida nómina de establecimientos, especialmente de cines, que van más allá de la nostalgia de los recuerdos personales. Y hay otro caso muy sangrante, e incluso más dilatado en el tiempo, que no tiene visos de solución ni a corto, ni a medio ni a largo plazo. Es el caso del Cine Abella. Sin embargo, no pocos habitantes del barrio en el que se asentaba aquel bullicioso local, entonces calle 18 de Julio y hoy el número 118 de la avenida Padre Isla, permanecen indignados con el abandono y el mal estado que presenta desde hace demasiados años.

Al equipo de Gobierno, preguntado sobre ello, no le constan quejas formales ni de vecinos ni de la Comunidad de Propietarios del edificio que acoge en sus bajos el viejo cine, que fue inaugurado en el año 1968 y bajó su telón el 30 de agosto del año 2000. Hace ya más de 26. Sin embargo, en los últimos meses era visible la acumulación de suciedad y hasta todo tipo de basura sin recoger tras la verja que hace años que no parece abrirse.

Cundía la indignación de algunos vecinos más próximos, sumada a las dobles obras a las que ha tenido que ser sometida la calle para un llamado proyecto de 'calmado del tráfico' que ha consumido una inmensa inversión, ya elevada a los 1,4 millones, y con abundantes polémicas por los malos materiales empleados o la falta de vegetación y arbolado. Llama la atención que tras la consulta de ILEÓN sobre este mal estado del inmueble se produjo una rápida limpieza, aunque superficial.

Pero las mismas fuentes admiten que no hay proyecto ni intención alguna de aprovechar este amplio espacio de uso tradicionalmente cultural de la ciudad. Y eso que fue elevado el coste de su adquisición por parte del Ayuntamiento de León cuando en 2003 se lo compró a la empresa dueña del Abella y también del cine Pasaje: Fernández Arango. El dueño nunca quiso revelar públicamente la cifra que se embolsó de las arcas municipales pero en el expediente municipal consta una alta cuantía: 727.683,75 euros de la época.

De escenario del Purple Weekend a bailes de mayores o bingo

En ese mismo expediente del Ayuntamiento no parece constar desde aquel 2003 actividad alguna que se haya aprovechado a realizar en tan caro establecimiento. Sin embargo, la memoria de veteranos vecinos y la hemeroteca evidencian que hubo varios intentos puntuales de sacarle provecho. Por ejemplo, en el año 2002, dos después de cerrar y uno antes de venderse, el ya clausurado Cine Abella albergó la VI edición del festival mod Purple Weekend. En aquel mítico actuaron en León los entonces muy jóvenes miembros de Sidonie, que este año 2026 regresan como estrellas consagradas. Aquella edición compartió escenario con otra recordada añorada de entonces: la Tropicana, en el barrio de El Ejido.

Cuando se produjo la venta y el Abella pasó a la nómina de propiedades municipales, nadie cayó todavía en la cuenta de un detalle que resultó crucial en cuanto se produjo un cambio de normativa: el viejo cine, y cualquier uso cultural que se pensara para reflotarlo, incumplía las más básicas normas de seguridad al carecer de salida de emergencia. Y es que contaba con un acceso único, de amplias puertas junto a la taquilla, pero insuficientes.

Aun así, para justificar el abultado amplio gasto realizado, el equipo de Gobierno de Mario Amilivia como alcalde en 2003 anunció allí algo que llamó Centro Cultural y de Ocio Abella. Se planteó un uso en cierto modo cultural, con pequeños recitales locales, pero sobre todo social, centrado en la tercera edad. Consta que hasta se celebraron bingos en su interior. 2.500 dípticos y mupies, con su consiguiente coste, fueron aireados entonces por la concejala de Bienestar Social popular, Ana Guada.

Intento de 're-venta' fallido

El uso fue realmente escaso y tres años después el mismo equipo de Amilivia asumía un claro deterioro del viejo cine, ya con las butacas desmanteladas y abundantes desperfectos. Tantos que se presupuestaron en 2026 un total de 420.000 euros más para una reforma integral. Se habló de multiplicar el uso social para la tercera edad, celebrar allí los bailes bajo cubierto y un sistema de butacas móviles que dieran versatilidad al recinto. No se sabe a ciencia cierta si aquella nueva gran cantidad de dinero, o parte de él, se llegó a invertir, pero tampoco fraguó el intento de dar actividad al Abella.

Por eso, recién elegido alcalde Emilio Gutiérrez (PP) en 2011, tras derrotar al socialista Francisco Fernández, el regidor anunció en pocas semanas la intención de volver a vender el viejo cine al mejor postor. No se habló públicamente de ningún precio. Y tampoco fue una solución. Consta bajo su mandato el último uso que se le dio al Abella, que no fue otro que taller de reparación de las bicicletas del primer sistema de préstamo impulsado en la ciudad.

Mal final para una lista entrañable

Allí entraban las bicis defectuosas y operarios municipales intentaban ponerlas al día. Gutiérrez llegó a fotografiarse allí en lo que a la postre fue la visita pública al viejo templo de la cinematografía que vio estrenarse películas clásicas de Walt Disney, como Peter Pan, u otros títulos igual de inolvidables como ET el Extraterrestre, la saga original de la Guerra de las Galaxias, El exorcista, La naranja mecánica, La lista de Schindler o la leonesa El filandón, entre otras miles. Cada cual conserva ls suya en la memoria.

Ahora se cumplen quince años de total abandono del local municipal, que ocupa la práctica totalidad del bajo de un edificio diseñado en 1964 por Ramón Cañas del Río y su hijo Ramón Cañas Represa. Un reciente y millonario contrato privatizado de limpieza de inmuebles del Ayuntamiento lo incluye para que se mantenga al menos con aspecto decente.

¿Y si hay salida?

Mientras, a su lado, la única parte del bajo del solar que no ocupa el cine es un establecimiento hostelero que fue el único que mantuvo actividad tras heredar su nombre, llamándose bar Abella. Sin embargo, y a pesar de la esperada pujanza comercial del barrio tras la millonaria reforma semipeatonal, el bar acaba de cerrar este mismo año sus puertas, aumentando la sensación de desolación que ya proviene del cine.

Sin embargo, paradógicamente su cierre podría ser el último aliento de esperanza para que el Abella no se convierta en otro Cinema Paradiso leonés, como el eterno Emperador, y resurja de sus cenizas. El local del bar, que está a la venta, podría permitir habilitar la obligatoria salida de emergencia de la que siempre careció y que le ha condenado. Sin embargo, fuentes municipales no arrojan mucha esperanza: “No se valora esa opción actualmente”, resumen.