'Comenzar el olvido', de Pepo Paz Saz
Hay novelas que aspiran a reconstruir una época y otras que, con mayor ambición, pretenden interrogarla. Comenzar el olvido, de Pepo Paz Saz, pertenece sin duda a esta segunda categoría. Bajo la apariencia de un thriller de doble investigación –una pesquisa soterrada en el tardofranquismo y otra inscrita en los años turbulentos de la Transición– la obra levanta un fresco moral y político sobre las grietas de la democracia española y sobre el persistente silencio que, durante décadas, ha rodeado ciertas formas de violencia. En ese sentido, la novela se inserta con naturalidad en la tradición del historic-noir español contemporáneo: no utiliza el crimen como mero artificio argumental, sino como síntoma de una enfermedad colectiva.
La primera trama arranca en 1969, en una Hortaleza todavía semirrural, cuando el hallazgo del cadáver de una mujer altera la aparente quietud de un país fatigado por la costumbre del miedo. Paz Saz describe ese escenario con notable precisión ambiental: las calles polvorientas de la periferia madrileña, los bares donde el rumor sustituye a la información, la presencia intimidatoria de la autoridad y, sobre todo, el espeso conformismo de una sociedad educada para mirar hacia otro lado. El núcleo de esta línea narrativa lo forman los investigadores improvisados del caso –figuras modestas, ambiguas, sin la épica habitual del detective clásico– y un conjunto de personajes secundarios que representan las distintas capas de la España franquista: el policía endurecido por la obediencia, el vecino que calla por supervivencia, la familia rota por el estigma y las mujeres condenadas a una invisibilidad casi institucional.
La segunda trama, situada ocho años más tarde, se inicia con la muerte de una joven manifestante durante una carga de la Policía Armada. El país ya ha comenzado a cambiar, pero la violencia conserva demasiados rasgos intactos. Aquí la novela adquiere un ritmo más nervioso y urbano. Las asambleas clandestinas, los barrios obreros, los estudiantes politizados y los funcionarios que intentan adaptarse al nuevo clima político componen un paisaje donde la ilusión democrática convive con inercias autoritarias difíciles de erradicar. Paz Saz evita el simplismo ideológico: no hay héroes absolutos ni verdugos unidimensionales. Incluso los personajes vinculados al aparato represivo aparecen atravesados por contradicciones, lealtades antiguas y una vaga conciencia de derrumbe.
A nuestro juicio lo más interesante del libro reside, sin embargo, en la manera en que ambas historias avanzan hacia una convergencia gradual. El autor administra con inteligencia la información, dosificando conexiones, reapareciendo personajes y dejando que ciertos detalles aparentemente menores cobren relevancia retrospectiva. El lector comprende poco a poco que los dos crímenes no son episodios aislados, sino manifestaciones distintas de una misma continuidad histórica. La Transición, presentada tantas veces desde un relato conciliador y casi ceremonial, aparece aquí como un territorio atravesado por zonas de sombra, pactos tácitos y heridas mal cerradas.
Una prosa sobria y eficaz, alejada del barroquismo
Desde el punto de vista estilístico, la novela destaca por una prosa sobria y eficaz, alejada del barroquismo tan frecuente en cierta narrativa histórica contemporánea. Paz Saz escribe con una claridad funcional que recuerda a la mejor tradición de la novela negra española: frases limpias, diálogos tensos y una descripción ambiental que nunca se vuelve ornamental. Hay además una virtud poco común: el autor sabe narrar la violencia sin estetizarla. Las víctimas –especialmente las mujeres– no son simples detonantes argumentales, sino presencias que impregnan moralmente todo el relato.
En esa atención al contexto social y político se advierten ecos de Manuel Vázquez Montalbán, especialmente del ciclo de Pepe Carvalho, aunque sin el componente gastronómico ni el sarcasmo cultural del escritor barcelonés. También resulta inevitable pensar en Juan Madrid por la representación descarnada de Madrid como espacio de corrupción y desamparo moral. Y en algunos momentos, sobre todo cuando la investigación criminal sirve para revelar las costuras políticas de una época, la novela dialoga con la tradición de Andreu Martín y con determinadas ficciones de la Transición firmadas por Rafael Chirbes.
Pero Comenzar el olvido no se limita a reproducir esas influencias. Hay en ella una voluntad específica de reinterpretar la memoria reciente española desde la periferia urbana y desde las víctimas anónimas, evitando tanto la nostalgia como la retórica memorialística. Esa mirada convierte la novela en algo más que un artefacto policial bien construido: la transforma en una indagación incómoda sobre aquello que un país decide recordar y, sobre todo, sobre aquello que necesita olvidar para seguir adelante.