Nardi busca traspaso al despedirse del Bar El Olvido: “Lo mejor es el trato con la gente y ser tu propio jefe”
“Lo primero es que te guste. No lo hagas por el dinero”. Bernardino Robles Nardi posa para la foto junto a la pizarra que ya anuncia el próximo cierre de su Café Bar El Olvido en León: “Se traspasa por jubilación”. Y recuerda que tenía 500 pesetas en la cuenta del banco cuando pidió un crédito de cinco millones para abrir este establecimiento en 1988. Nacido en San Cipriano del Condado (Vegas del Condado), donde de niño se encaramaba a los nidos de los pájaros, estuvo como camarero en el epicentro de la Movida madrileña antes de radicarse en la capital leonesa, preferir la hostelería al derecho y elegir la periferia para regentar una taberna en un barrio de expansión. El Polígono X fue tomando forma y los obreros de la construcción eran entonces de los primeros clientes de un local que estuvo 13 meses seguidos abriendo las 24 horas del día para lanzar una actividad que se detendrá el próximo 1 de abril, todavía a la espera de que saber si habrá relevo para darle una segunda vida.
El menor de una familia de 11 hermanos, Nardi nació en San Cipriano del Condado, donde su padre ejercía como barbero. Todavía era un niño cuando llegó a León, primero para estudiar como interno en el seminario. El bachillerato lo cursó en la Palomera. Y empezó Derecho en Oviedo, donde le picó ya para siempre el gusanillo de la hostelería en aquellos ratos libres en los que ayudaba a uno de sus hermanos en la marisquería y sidrería Marchica. Cuando llegó la hora de hacer el servicio militar, se matriculó en la Universidad Autónoma de Madrid. Superado ya el susto del golpe de Estado del 23F, el país asentaba la democracia a principios de los ochenta, cuando su capital lo fue también de la Movida. “Fue una revolución más cultural que política”, cuenta el leonés, entonces pluriempleado al compatibilizar la barra del mítico Rock-Ola con la de la Casa de León en Madrid hasta servir, según el momento y el lugar, a Alaska, Joaquín Sabina, Antonio Pereira, Luis Mateo Díez o Julio Llamazares.
Con José Luis Rodríguez Zapatero, José Antonio Alonso y Juan Carlos Suárez-Quiñones compartió aulas cuando volvió a León a mediados de los ochenta para terminar Derecho. Antes de concluir los estudios ya tenía claro que lo suyo era la hostelería. Convencido también de huir del “mogollón” del centro, bautizó como El Olvido al bar que abrió en la calle Moisés de León en marzo de 1988. La actividad creció al compás del desarrollo del Polígono X. Fueron buenos tiempos para el negocio. La Movida tenía sus réplicas a pequeña escala en otros puntos del país. “Y aquí en la hostelería se hacían cosas muy interesantes”, subraya. La cara b estaba en las calles, en aquellos años de epidemia de la heroína. El impacto emocional era mayor en León, donde el afectado tenía nombre y apellidos: podía ser un familiar, un vecino o un conocido.
El Olvido creció también en la medida en que se convirtió en uno más en el barrio. Los clientes (algunos de ellos lo son desde el primer día) pasaron a ser amigos. “Y yo ya sé cuando entran no sólo lo que van a pedir, sino cuándo se casaron o dónde tienen ahora a sus hijos”, dice al frente de un establecimiento que abre de lunes a domingo y mantiene sus tapas de tortilla, empanada y callos. “No sé hacer otra cosa”, se ríe Nardi, que en verano pasa de dos a tres empleados para aprovechar su amplia terraza, uno de los puntos fuertes en una zona en la que los vecinos también se han hecho mayores: “Mi hijo, que tiene ahora 34 años, creció cuando esto estaba lleno de niños; y mi hija, que va a cumplir 25, ya se aburría porque no había niños”.
A punto ya de cumplir 38 años abierto, El Olvido mantuvo siempre una línea estable de volumen de negocio. El Polígono X vio abrir negocios y cerrar otros, como La Crónica de León, cuyos periodistas estaban entre sus parroquianos: “Y sigo llevándome bien con casi todos”. Las crisis fueron pasando hasta llegar a la pandemia del coronavirus, que lo obligó a hacer un paréntesis y quedarse en casa. “Hubo entonces mucha psicosis”, reconoce al evocar la incertidumbre de aquellos días sobre cómo recuperar la confraternización en torno a una barra cuando se prescribía distancia social. La terraza resultó providencial cuando las restricciones dejaron el espacio al aire libre como única alternativa.
De la “incertidumbre” de la pandemia se ha pasado al “pesimismo” en la actualidad. “Corren tiempos pesimistas… Pero yo no lo soy”, matiza Nardi, que descuenta las hojas del calendario para llegar a la jubilación y poner el 1 de abril punto final a su trayectoria laboral. Será el momento de profundizar en los estudios de chino ya iniciados o de afrontar otras asignaturas pendientes como un viaje a la India “de dos meses y con la mochila”. “Voy a echar esto de menos…, pero yo creo que sólo los 15 primeros días”, vuelve a precisar todavía a la espera de que aparezca gente interesada en formalizar el traspaso, siempre con esa premisa de que lo cojan por gusto y no por el rendimiento económico. Él cita otros intangibles cuando, para cerrar este repaso a casi cuatro décadas de negocio, se le pide hacer un balance: “Lo mejor es el trato con la gente y ser tu propio jefe, tener tú la capacidad de decisión”.