El impacto oculto de los incendios en la biodiversidad de León: así se arrasó el hábitat del oso, el urogallo y la lagartija leonesa
Ya no hay llamas. Tras un otoño y un invierno lluviosos, el monte empieza a reverdecer y la imagen superficial es la de una recuperación en marcha. Pero los daños siguen ahí. Los incendios del pasado verano, los más devastadores que ha sufrido la provincia de León, han dejado una huella profunda en la biodiversidad, especialmente en algunas de las especies más amenazadas que habitan la geografía leonesa.
La Junta de Castilla y León nunca ofreció una cifra oficial consolidada de la superficie arrasada. Solo ahora, a través del Boletín Oficial, se ha sabido que los 14 grandes incendios registrados únicamente en agosto calcinaron 135.481 hectáreas en la provincia. El dato no se difundió para hacer balance ambiental, sino para justificar una medida inédita: permitir la caza y el pasto en terrenos quemados, rompiendo la práctica habitual de acotamiento para favorecer la regeneración.
Mientras tanto, varios investigadores han comenzado a cuantificar el impacto real sobre la fauna y los ecosistemas. Y los resultados son preocupantes.
El oso: golpe a la zona de expansión
El biólogo Javier Naves, doctor por la Universidad de Oviedo e investigador en la Estación Biológica de Doñana (CSIC), subraya que el mayor impacto no se ha producido en el núcleo histórico del oso pardo, sino en la zona que la especie había recolonizado en los últimos 10 o 15 años: el suroeste de León, el norte de Zamora y áreas limítrofes con Ourense.
Según el informe técnico ‘Afecciones a la biodiversidad por los grandes incendios de la cordillera Cantábrica (2025)’ que ha publicado junto a otros investigadores, el 25% de las zonas con presencia de oso resultaron afectadas por el fuego, pero en la zona de expansión suroccidental la afección se eleva hasta el 58%.
“Es un impacto importante”, resume Naves. La quema masiva implica pérdida de alimento y de refugio, y también puede haber causado afecciones directas que nunca se conocerán. El caso del osezno de Barniedo, que sufrió quemaduras en las patas y pudo ser rehabilitado, fue solo un ejemplo. “Cuántos animales han podido sufrir daños y no hemos tenido noticia”, se pregunta.
Además, los incendios pueden haber forzado desplazamientos hacia zonas no afectadas. Pero los datos de radiomarcaje que permitirían evaluar esos movimientos están en manos de la Junta. “Como investigador, a veces es difícil acceder a la información básica para evaluar lo que está pasando”, critica Naves, que denuncia la falta de acceso a datos públicos para analizar el impacto real.
El urogallo: más fragmentación para una población al límite
El urogallo cantábrico apenas suma unos 200 ejemplares. La población se mantenía estable en los últimos censos, pero en niveles extremadamente bajos. Rolando Rodríguez, investigador de la Universidad de Exeter, advierte de que los incendios han afectado a buena parte de su ya reducido territorio. El centro de cría en cautividad ha liberado ejemplares, pero no existe evidencia científica sólida de que esté contribuyendo a la recuperación real de la población silvestre.
Un informe técnico publicado recientemente cifra en torno al 8% la superficie total ocupada por el urogallo que se quemó en 2025, porcentaje que se eleva si se tienen en cuenta las áreas funcionales de movimiento y reproducción de la especie. En términos acumulados en la última década, la afección es aún mayor.
Las zonas más castigadas coinciden con los últimos enclaves donde la especie resiste en León: Valle de Fasgar, Alto Sil y el territorio leonés que linda con Asturias, como Degaña. “Una mayor dispersión de los urogallos es un factor negativo para la especie, porque reduce la probabilidad de reproducción”, advierte Rodríguez.
El urogallo depende del sotobosque y del matorral que rodea los bosques maduros para protegerse y criar. Si ese matorral desaparece, o bien por incendios forestales o como medida para evitar incendios en el futuro tal y como se viene proponiendo desde el verano, desaparece su refugio.
Por eso ambos investigadores, tanto Rolando como Naves, coinciden en que propuestas como “limpiar el monte” o eliminar sotobosque como medida preventiva pueden afectar aún más al urogallo cantábrico y al oso pardo. “Si quitamos el matorral, les quitamos el hábitat”, insisten.
La lagartija leonesa: una joya acantonada en las alturas, arrasadas
La lagartija leonesa es un endemismo restringido a León, Zamora y Ourense. Vive en las cumbres de la Cabrera, y en otras como Peña Trevinca o el Teleno, en hábitats de alta montaña que funcionan como “islas” aisladas entre sí.
Zaida Ortega, profesora titular de Zoología en la Universidad de León, calcula que entre el 60% y el 80% de su área en los Montes de León pudo verse afectada por los incendios del pasado verano. No existen aún datos oficiales de superficie concreta dañada para esta especie, pero la destrucción de vegetación implica menos sombra y menos insectos, su principal alimento.
En septiembre todavía ardían turberas en La Baña, y los juveniles acababan de eclosionar en julio y agosto. Con temperaturas críticas por encima de los 40 grados, que fácilmente se pudieron alcanzar por las llamas, la mortalidad pudo ser elevada. A diferencia del oso o el urogallo, la lagartija leonesa tiene una capacidad de dispersión muy limitada: no puede desplazarse fácilmente a otros enclaves porque evolucionó cuando el clima era más frío y a menor altitud ocupan el terreno especies adaptadas a temperaturas más elevadas..
El cambio climático estrecha cada vez más su hábitat óptimo. Y los incendios añaden una presión extra sobre una especie que podría contar con más de 2.000 individuos, pero en tendencia decreciente.
Caza y pasto en zonas quemadas: una gestión controvertida
Más allá del impacto ecológico, los investigadores cuestionan la gestión posterior a los incendios. Tradicionalmente, las zonas quemadas se acotaban tanto para la caza como para el pasto, favoreciendo la regeneración natural. Esta vez, la Junta ha permitido ambas actividades.
“No nos preguntan a los biólogos”, lamenta Naves. El acotamiento del pasto es, recuerda, una medida clásica para facilitar la recuperación. En paralelo, se reabre el debate sobre la retirada de madera quemada o la intervención intensiva en los montes. Desde la ecología, advierten de que la madera muerta puede servir de refugio y base para la regeneración de insectos y otras especies de la cadena trófica.
Los investigadores reclaman, entre otras medidas, que las especies raras y amenazadas sean objetivos explícitos de protección en los planes de prevención y extinción, que se mantenga el acotamiento tras los incendios y que se eviten cambios de uso del suelo en las áreas afectadas.
Un daño que no se ve
El verde que vuelve a cubrir las laderas no borra lo ocurrido. La pérdida de fuentes de alimento, la fragmentación de hábitats, la posible mortalidad directa de animales y el bloqueo de áreas de expansión son efectos que pueden tardar años o quizá décadas en revertirse.
En plena campaña electoral en Castilla y León, el debate sobre los incendios ha girado en torno a medios y responsabilidades políticas. Pero en el monte, lejos de los focos, las consecuencias sobre especies ya al límite apenas han comenzado a medirse. Y, como coinciden los investigadores, sin datos completos por parte de la administración autonómica y sin seguimiento a medio y largo plazo, el verdadero alcance del verano negro de 2025 seguirá siendo, en parte, invisible.