ANÁLISIS

Un paisaje entre embalses, memoria y ceniza: lo que cuenta de nosotros el territorio que se resiste a desaparecer

Dicen que cada libro tiene su momento para ser leído, que no se debe forzar la lectura del mismo hasta que veas que las piezas encajan. Casualidad o no, los días previos de mi viaje a Fermoselle (Zamora) con motivo de una carrera en bicicleta de montaña, en pleno Parque natural Arribes del Duero, le llegó el turno a 'Un dueño para un paisaje', escrito por Alberto Flecha y editado por Marciano Sonoro.

Flecha, nacido y criado en la ribera del río Órbigo, estructura el libro en pequeños artículos escoltados por un breve prólogo y un extenso epílogo. Alberto fija su mirada sobre un paisaje que vive, otro que se niega a morir, otro que ya murió definitivamente y otro que está mutando a no sabemos muy bien qué, y en realidad, todos son el mismo, la Gallaecia, el noroeste ibérico. Galicia, Asturias, País Leonés y norte de Portugal en líneas generales, sufren los mismos problemas.

“Desde el teatro del Siglo de Oro, que utilizaba el dialecto sayagués para vestir la simpleza del bufón, hasta la parodia sistemática del asturiano, el gallego o el portugués como sinónimos de analfabetismo y tosquedad. El escarnio era el arma de asimilación”. En estas líneas el autor concentra un sentir de décadas por parte de las personas que habitamos este rincón del mundo. El verdadero valor de los concejos, la política ejercida a diario encarnada en la señora María de Foncebadón defendiendo las campanas de su pueblo, el honor de pujar los pendones concejiles, el significado de los propios concejos, la forma de tratar el entorno y de ver el paisaje son un ejemplo de lo que puede leerse en las líneas escritas por Alberto Flecha. Un apartado especial del libro es la parte referida a los lazos que nos unen por el oeste, mientras algunos se empeñan en intentar que no sean tales frente a la constante insistencia de que miremos obsesivamente al este, a esa Castilla que nunca fuimos. Bien harían las diputaciones de León y Zamora en estar más pendientes la una de la otra.

Entrando en Fermoselle, el viajero observa algo muy similar a lo que pudo ver el año pasado en comarcas como Maragatos, la Valduerna, o El Bierzo. Un total de 130.000 hectáreas ardieron en la más septentrional de las tres provincias leonesas. Este verano, en los cañones del Tormes, a escasa distancia de su desembocadura en el Duero y de la conocida como capital de las Arribes, un total de 10.751 hectáreas ardieron por un fuego que según las últimas investigaciones fue provocado por tres excursionistas.

Lo paradójico de este incendio es que, entre las provincias de Zamora y Salamanca, a menos de tres kilómetros de su origen, se encuentra el embalse de la Almendra (2.649 hm3), el tercero más grande de España, detrás de Serena en Badajoz (3.220 hm3) y el de Alcántara en Cáceres (3.162 hm3). Por comparar, el de Riaño puede llegar a embalsar 664 hm3. No es casual que los tres embalses con mayor capacidad estén en el oeste, zona extractiva de recursos naturales.

El embalse de Almendra está gestionado por Iberdrola, igual que el otro gran embalse de Zamora, Ricobayo, que fue vaciado en el verano de 2021 por interés de la compañía. Choca que cuando los embalses dan beneficios se le dé la concesión a una empresa privada y que cuando empiezan a ser deficitarios la gestión pasa a ser pública, como es el caso de Villameca, pero impacta más que los ingenieros técnicos industriales de Zamora premien a Iberdrola, sí, precisamente en Zamora. Volviendo al libro de Alberto Flecha, no queda más remedio que compartir su visión sobre el destino que se tiene en los despachos de poder para esta parte de la península, y no es otro que el de una colonia energética. A los hechos se remite.

Paseando por el también conocido como pueblo de las mil bodegas, cuya visita guiada a estas es más que recomendable, uno no puede apartar la vista del otro lado del Duero y pensar en lo que significó esa frontera natural durante los peores años de la Guerra civil y la dictadura franquista.

Hablaba Flecha en su libro de lo que enseña el paisaje, pero también de lo que no. Engracia Del Rio de la Vega era maestra en Fermoselle durante el verano de 1936 cuando contaba con 27 años de vida. Llegó a Fermoselle en el curso de 1934, y procuró que los niños y niñas que no podían asistir a clase por el día debido al trabajo en casa, pudieran hacerlo por la noche. La historiadora Dolores Armenteros, natural de Fermoselle, habla de ella como “una muchacha despierta, alegre, aplicada y que nunca perdió de vista su objetivo de ser maestra”, e indica que “se preocupaba de quitarle a los niños el hambre y los piojos”. El próximo domingo 27 de septiembre se cumplirán 90 años de su fusilamiento. Fue enterrada en el cuartel de San Clemente del cementerio de Zamora, junto a las compañeras Graciliana Calvo (26 años y embarazada), María Salgado (23 años) y Carmen Iglesias (17 años). Estar afiliada al Partido Comunista de España y colaborar en la creación de la Federación de Trabajadores de la Enseñanza (FETE-UGT) en Zamora le costó la vida.

Estaría bien que al actual alumnado de Fermoselle le hablaran de la que fue maestra de sus abuelos y abuelas, que conozcan su historia, para que el día de mañana no pertenezcan a esa cuarta parte de jóvenes que prefieren un régimen autoritario. Mientras leía sobre Engracia del Río de la Vega mi mente se iba a Bañuelos de Bureba, en Burgos, donde otro maestro, Antoni Benaiges, fue fusilado por motivos similares, tal y como puede verse en la película “El maestro que prometió el mar”.

El domingo, día de la carrera, después de disfrutar durante los primeros kilómetros de los cañones del Duero, llegó la parte más dura, y no me refiero al esfuerzo físico. Hectáreas de arboleda, de monte bajo y de cereal estaban envueltas con olor a ceniza y teñidas de negro. Quizá, lo más impactante, fue ver a vacas y ovejas rodeadas hasta donde alcanza la vista de un terrero sin nada de verde para llevarse a la boca. Y fue ahí, justo ahí, donde “Un dueño para un paisaje” me asestó su golpe más directo. Si yo sufría como turista al ver ese paisaje, qué pensarán los que construyeron los chiviteros y casitos, los que empezaron a sembrar de cereal esas tierras y a vender carne de bovino sayaguesa.

De vuelta a casa, tomando un café con hielo a orillas del Duero a su paso por la capital zamorana, recopilé lo visto durante la mañana ligándolo al texto de Alberto Flecha. El capitalismo le usurpa día a día el paisaje a las personas que lo habitan, ya sea con sus saltos de agua para llevar la energía producida muy lejos de sus casas, con reducir a folclore de salón unas tradiciones que aún siguen vivas, a negarle un servicio público de salud por el cual ya llevan 229 concentraciones o a dictar qué productos tienen que sembrar o qué carne tienen que vender. Sin embargo, ante el colapso energético que se nos viene encima, estamos a tiempo de virar el barco, aunque sea mínimamente. Así cerraba Alberto Flecha un capítulo, y así quiero cerrar yo este artículo: “Con filandones como el de Carrizo, encendemos una pequeña lumbre que nos caliente el ánimo, un resguardo para no olvidar que mañana, a pesar de todo, debería amanecer”.