Volver a caminar
Un sábado te despiertas, preparas el café y enciendes la radio. Ahí, al primer sorbo apenas, dejas la taza en la mesa para subir el volumen. Sí, estás escuchando que caen bombas sobre Caracas. Pero la cosa no termina ahí. Otro día sabes de una oferta cutre y rastrera sobre Groenlandia. Al poco tiempo, descubres que Chile, que pronto tendrá de nuevo a la resurrección de Pinochet en La Moneda pero en versión siglo XXI, arde como ardimos aquí en nuestro propio verano leonés. Rusia, sin embargo, se aprovecha del frío, como es costumbre, para continuar su avance imperial, el mismo del que su homólogo yanqui ha tomado como ejemplo a seguir. Una mujer se arrastra hacia la Casa Blanca para regalar su propio Nobel de la Paz como forma de negociación. Los memes se suceden: nos resignamos a la risa a pesar de la debacle televisada. En casa descarrilan trenes que tiñen el inicio de año de llanto y lágrimas. Y mientras, a pesar de todo, aprendes a volver a caminar y, al hacerlo, te llevas de la mano a quienes ahora caen.
Sales de la madriguera como una osa determinada y feliz. Dejas atrás las mochilas, los tropiezos, la oscuridad y te das cuenta, por fin, de que dejaste de tener miedo de ti misma. No buscas nada porque no hay nada fuera que buscar: lo que tenga que venir, vendrá. Has aprendido a cerrar los párpados y entender que no hay mayor sabiduría que la de tus ojos cuando se cierran y miran hacia dentro. Lo sabías, pero quisiste ignorarlo hasta que pasara el huracán. Y así recoges a otras manos que ahora tiemblan, que se pierden en la vorágine de los días. Les recuerdas, como te recordaron ellas alguna vez en el pasado, que no hay que tratar de cambiar lo que ya sucedió, sino aceptarlo. Que los días vendrán como vengan, y que solo está en nuestra mano disfrutarlos con los condicionantes que ofrezcan. No hay más fórmula que reconocer que lo que nos preocupa pasará, como un pensamiento que avanza sobre el desierto en forma de una bola de paja. Y después de ese pensamiento y otro más, volverás a estar donde estabas: dentro de ti. Lo único que permanece es tu propia vida, mientras exista, y sí, en ella debe haber cambios: para lograrlos, de nuevo, se trata de escuchar con atención qué hay tras los deseos ajenos para identificar los propios y pelear por hacerlos realidad. En ese camino construimos esta loca costumbre de vivir y le damos sentido. En este recorrido tan sencillo y sin embargo, complejo, nos relacionamos, caemos, levitamos, tropezamos y volvemos a poner los pies en la tierra para ensayar nuevos pasos. No se trata de derribar lo que nos dañó, sino de incorporarlo a nuestro camino para no sucumbir ante otras tempestades. Siempre habrá olas, lo que debemos hacer es surfearlas desde nuestra estabilidad con virtud e incluso gozo. Un amigo decía el otro día algo muy cierto: te pasan cosas porque estás viva. El ser humano es una alquimia particular entre las desgracias individuales que nos sacuden la vida y las universales que, pueden, potencialmente, dinamitar un mundo entero. Y en esa tensión imposible y absurda nos movemos sabiendo que, en realidad, lo más importante se juega a metros de distancia: un hombro que nos sostiene cuando no podemos más, una mano que nos acaricia el pelo, una mirada que despierta con la vibración exacta un corazón que parecía muerto.