El sexto

Directo al grano: me ha gustado el mensaje de Navidad del Rey Felipe, el sexto en el ordinal del nombre. Un discurso que no vi, pero que he leído días después sobre la lápida frágil del papel. Una espera agradecida que me ha permitido asentar la opinión sobre la fortaleza de la lectura y no en la rápida desmemoria de la audiencia.

Felipe, el sexto, así, con artículo que determina la ubicación numérica al modo británico, se acompañó en sus palabras de una puesta en escena de guiños acompasados con el mensaje. Acostumbrados a verle sentado para la ocasión, sorprendió divisarle de pie. Se dejó ver en plano general. La tiesura en un hombre de su estatura, dignifica la dignidad de un cargo de alta responsabilidad a la hora de hablar claro. 

Tampoco pase desapercibido el cambio de escenario. De una residencia familiar, muy acorde con las fechas de su cita con el pueblo, a la sede por antonomasia de la institución: el palacio Real, en este país, una especie de casa de los espíritus. Entendieron bien ese significado su padre y sus consejeros, cuando optaron para residencia por un palacete que más parece un chalé en urbanización de lujo. La monarquía clásica de poder omnímodo y corte intrigante, de trono, corona y cetro, no podía encajar en ese hábitat con los adjetivos de constitucional y parlamentaria con los que se revistió en las recuperadas andanzas. Anticipó el monarca que el cambio de lugar obedecía a la efeméride del cuarenta aniversario de la firma en ese proscenio del ingreso en la entonces Comunidad Económica Europea, hoy Unión Europea. Pero la simbología tenía más recorrido.

Los dos reyes del postfranquismo han cumplido con ejemplaridad, hasta ahora, con la función de arbitraje en el debate político, territorio inviolable en cualquier democracia del gobierno y de la oposición. Un paréntesis: se nos olvida a menudo, las dos caras de la misma moneda, a la hora de la fiscalización popular. Parece que solo tenemos ojos para la gobernanza, cuando la tarea opositora y su calidad no pueden ni deben eludir méritos y deméritos en las urnas. Juan Carlos, el primero, y Felipe el sexto, solo han comparecido ante la ciudadanía al modo VAR del fútbol en dos ocasiones: la malhadada noche del 23-F, el padre, y en los rescoldos que dejó el simulacro de referéndum en Cataluña el 1 de octubre de 2017.

Si aquellas comparecencias fueron de emergencia, la intervención navideña del Rey en ejercicio ha sido un necesario ejercicio de oportunidad, de liderazgo nacional, no político, de la institución de la Jefatura del Estado, obedezca al sistema que obedezca, monarquía o república. 

Felipe, el sexto, ha reclamado con la legitimidad del rango, sin intromisión en el ir y venir de las controversias políticas, la recuperación del espíritu de convivencia de la Transición, que fraguó el periodo democrático más largo de la historia de España y el marco constitucional más longevo que nos hemos otorgado. Esa oportunidad cobra urgencia cuando la generación nuclear de ese periodo, se retira a sus cuarteles del invierno vital, y es sustituida por otra carente de ese punto de referencia, sometida a los vaivenes e incertidumbres de unos populismos globales, que hacen de la bronca, la mentira y el rencor la fuerza motriz de sus postulados. Cualquier generación se instala vivencialmente en su tiempo. El pasado, sus grandezas y miserias, se somete a la interpretación de la historia. El Rey, en su mensaje, nos pide una relectura rigurosa de la misma. Algo tan sencillo como aprender de lo que hicimos bien, sin la imposible perfección de la que no se apean los nuevos profetas.

Volver a los pactos

Dicha revisión pasa, otra sugerencia silente de Felipe el sexto, por un retorno a la estrategia de los pactos consensuados de los que se sembró la Transición, que facilitaron el tránsito de dictadura a democracia sin la catarsis aventurada por agoreros nostálgicos. Por supuesto que no fue perfecto. Por supuesto que en el origen de esa jefatura del Estado hay sombras de procedencia. Pero lo hicimos con buena nota, avalada por la veteranía de una generación de políticos, de casi todas las trincheras, que llevaba sobre sus espaldas el peso de una guerra civil y cuarenta años de dictadura que no fueron más que prolongación de aquella catástrofe bélica. La muerte del dictador, y lo que siguió, fue el auténtico tratado de paz, el que ahora quieren violentar los aprendices de brujo de nuevo cuño.

En el orden actual de la incesante berrea entre partidos políticos, claro queda que los líderes de hoy no han asimilado la didáctica de los grandes retos y emergencias. Viven en la comodidad de la tarea acometida por sus antecesores. Se aburren si no hacen de gamberros. Son únicamente ejemplo de ansiedad histérica por el poder y de pánico por perderlo. Cacarean, ladran, rebuznan y olvidan a una juventud que soporta el estigma de perdida, por tener cerrados los vértices de su triángulo vital: salario digno y suficiente, trabajo compatible con el ocio y familia, así como techo donde guarecerse. 

Me da igual si lo dicho desde la jefatura del Estado esta Navidad procede de un rey o de un presidente de república. Felipe, el sexto, ha dejado palabras y posturas, no para una Navidad ñoña, sino para digerirlas todos los días.