Los días del agua

Los días del agua, película dirigida por Manuel Octavio Gómez, ha quedado para la historia de la cinematografía cubana como el primer largometraje de ficción a color y con sonido directo. Se trata de un filme basado en hechos reales acontecidos durante mil novescientos treinta y seis en el barrio Cayos de San Felipe, en Pinar del Río (la provincia más occidental de la isla caribeña). Su protagonista, Antoñica Izquierdo, es una campesina analfabeta convencida de ser la elegida de Dios para hacer milagros. Y para cumplir tal menester, salpica con agua el cuerpo de los ‘socorridos’ mientras pronuncia el mantra: ‘¡Perro maldito al infierno!’. Es así que la curandera llega a convertirse en la santa que la multitud de creyentes necesita para aliviar sus males (la pobreza, el mayor de todos ellos). Sin embargo, en la misma medida que va ganando cientos de adeptos, la milagrera se coloca al centro del ataque de ciertos sectores sociales y profesionales (sobre todo de boticarios y médicos) cuyos negocios se ven seriamente amenazados por la popularidad de la sanadora. Pero más amenzados aún se sienten los políticos, cuando esta predicadora de la palabra divina comienza a difundir entre sus innumerables seguidores la idea de que votar es obra del demonio. Todo ello hace que Antoñica sea doblemente imputada por ejercer ilegalmente la medicina y por obstaculizar el desarrollo de las elecciones políticas. Al final, la mujer termina sus días internada en un manicomio, amordazada y olvidada.

Desde luego, ‘con la que está cayendo’ (valga literalmente esta frase ahora que las noticias se centran en las inundaciones causadas por las continuas lluvias), Los días del agua podría ser el título de un largometraje de catástrofe climatológica con la desazón y el escepticismo como protagonistas.

Me pregunto si acaso Tales de Mileto no tenía razón al decir que todo es agua. Porque si alguna duda quedara al respecto, el dos mil veintiséis se está ocupando de confirmar lo que el sabio milesio afirmara tantísimos siglos atrás ahora que dicho elemento, concebido como ‘arjé entre los presocráticos, cae desmedidamente hasta brotar a borbotones de la tierra que ya no es capaz de absorber ni una gota más. El panorama se ha tornado delirante con ríos desbordados, embalses que amenzan con superar el límite de su capacidad, casas destruidas… para colmo, se escuchan noticias de personas hospitalizadas a causa de accidentes ocasionados por derrumbes.

¿Un croquis a pequeña escala del fin del mundo?

Tal vez sea una exageración definirlo así. Sin embargo, con inquietud observamos transcurrir ‘los días del agua’ mientras anhelamos ver asomarse algún milagroso rayo de sol entre los nubarrones. La sucesión de borrascas con sus morbosos días grises y sus azotes de vendavales comienza a preocupar, incluso, a los más flemáticos admiradores de turbonadas. Algunos se rascan la cabeza haciendo memoria, intentando recordar si alguna vez hubo tanta lluvia ininterrumpida. Otros, aguardan con mayor naturalidad el mal tiempo con el consuelo de que no hay nada más importante que un partido de fútbol y unas cuantas cañas en la barra del bar. Luego... “tras la tempestad viene la calma”, murmuran los optimistas.

Pero la verdad es que toda esta barahúnda de borrascas está sacando a flote, desde lo más profundo de nuestra imaginación, inesperadas fantasías. Ayer, a poca distancia de donde me encontraba, el paraguas de una mujer fue abatido por una ráfaga de viento para quedar colgado de la rama de un árbol. La señora, impávida, lo observaba como si se tratrara de una alegoría del Opium bird (imagen viral de pajarraco gigante creada con inteligencia artificial que ganó tanta popularidad en TikTok y otras redes sociales) y repetía con admiración “¡Dios mío, pero si ha volado!”. Más tarde, mientras esperaraba el autobús, dos desconocidos se detuvieron ante mí y con sobrada urbanidad me hablaron del diluvio y del fin del mundo, ofreciéndome, como colofón, un ejemplar de La Atalaya (que por cierto, también con sobrada urbanidad, rechacé).

Aun así, me quedé pensando durante todo el día que –quizá– tendría que estar más atenta a los vaticinios. Rememoré a Platón en su diálogo Timeo, cuando pone en boca de Critias la historia de la Atlántida que desapareció ‘tras un violento terremoto y un diluvio extraordinario’. Y entonces, para mi tranquilidad, me puse a hacer un crucigrama confiando en que ‘siempre que lleve, escampa’.

Y aquí termino, decidida a enrolarme en el batallón de los más optimistas, no sin antes contar lo último que supe de la historia de Antoñica Izquierdo. Y es que dicen por ahí que uno de sus antiguos ‘pacientes’ fundó la ‘secta de los acuáticos’ en un lugar de la sierra de Viñales, muy cerca del sitio en el que viviera la santa mujer, donde aún se sigue curando con agua.