Y al César lo que es del César

En México, el sincretismo cristiano con las ancestrales creencias mayas y aztecas ha sacado un híbrido que sorprende a propios y extraños por lo inesperado del resultado. Sin embargo tal vez sea herencia de los españoles, que tampoco han salido indemnes ni a la instauración del Cristianismo en España ni a los ocho siglos que los musulmanes residieron en ella.

El Cristianismo sepultó bajo iglesias, ermitas y santuarios muchísimos vestigios de la población autóctona, pero la influencia árabe, si acaso no dejó memoria de sus ritos islámicos, dejó un poso cultural del que nadie es ajeno en nuestro país, de modo que la Religión Católica también se ha visto infiltrada de ciertas aportaciones foráneas e igualmente mantiene usos que deberían resultarle ajenos. Cualquier persona que no esté condicionada por principios fundamentalistas y observe las fiestas islámicas, a poca imaginación que le eche, verá que las analogías son notables, no en balde, Islamismo y Cristianismo son religiones semitas.

Ejemplos hay sobrados. Acostumbramos a mirar con desdén como los fieles islámicos se postran en sus mezquitas sin reparar en que los cristianos católicos –protestantes y anglicanos no se arrodillan– no llegan a tanto, pero practican la genuflexión. El Ramadán muestra grandes similitudes con nuestra Cuaresma con ayunos y abstinencias. La fiesta de la Ashura no desmerece de lo que practican los Empalaos en Extremadura o los Picaos de Navarra. Y eso sin mencionar las procesiones de disciplinantes descalzos, arrastrando cadenas o caminando ataviados con mortajas, como en Bercianos de Aliste. Las crucifixiones reales en Filipinas, antigua colonia española, tampoco desmerecen.

Hay otros ’endemismos religiosos’ que sólo sobreviven en nuestro país. En Murcia se llegaron a vender figuritas de papones que, para no espantar a posibles compradores yanquis, se aclaraba mediante un cartel, de que nada tenían que ver con el Ku Klus Klan. Pero quizá los menos afortunados sean esas laudas que aún se exhiben en los atrios u otros lugares bien visibles de las iglesias, en las que figura la relación de lo que en la terminología del régimen franquista, se denominaban 'Caídos por la Patria'. Sí, por extraño que resulte, casi cien años después, la Iglesia sigue mostrando su adscripción a uno sólo de los bandos contendientes.

Este proceder, del que felizmente se han ido desembarazando los párrocos de algunas localidades, tiene que resultar desolador para cualquier católico practicante a poco que tenga un mínimo de criterio. La cuestión resulta de un anacronismo trasnochado y emponzoñan fachadas y entradas de los templos. ¿Alguien ha parado a pensar donde están los nombres de aquellos que murieron por defender otra ideología? ¿Defendían otra Patria? ¿Es esta la reconciliación entre españoles que tanto se ha pregonado? ¿Dónde está la caridad cristiana que se ha predicado desde los púlpitos y en las homilías dominicales?

En este asunto tan delicado conviene hacer algunas puntualizaciones para tener una mejor perspectiva del tema que nos ocupa. En primer lugar, muchos de los que perdieron su vida y que no figuran en el elenco de los Caídos por la Patria, resulta que también eran católicos. Por ejemplo, se cifra en dieciséis el número de curas vascos fusilados por las tropas franquistas, y no fueron los únicos. ¿Acaso los repudia la Iglesia o los considera elementos subversivos? Otros muchos paseados, víctimas de la Damnatio memoriae de aquellos tiempos, eran católicos y ejercían como tal. ¿No es paradójico que la Iglesia Católica los ignore?

Evidentemente hay otros caídos que no se encontraban entre el colectivo de personas ‘piadosas’. ¿Pero… hay que tratarlos como alimañas por tener otras creencias? ¿Su modelo de Patria era tan pernicioso como para ser proscritos hasta después de muertos? ¿No eran españoles? Hoy nadie duda que se cometieron excesos por ambas partes pero no parece muy cristiano condenar al olvido a otros españoles por muy exaltados que pudieran ser. Muchos de ellos, sin grandes inquietudes políticas, perdieron su vida por ser leales a un gobierno legalmente salido de las urnas en las elecciones de febrero de 1936.

Confío en que a estas alturas del artículo no sean pocos los que renieguen de haberlo comenzado y me propongan para una pena ejemplar, pero les ruego que me concedan un par de minutos de su tiempo y hurguen en su conciencia por ver si cumplen con los preceptos de la doctrina que practican, esa que habla del perdón a los enemigos. Por ir terminando, sólo un par de detalles. El uno es que, en numerosas epigrafías de estas lápidas, figura el nombre de José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española, partido que carecía de respaldo electoral. No alcanzó ningún escaño en las elecciones antes citadas. El otro es que este artículo no pretende hacer apología de la Ley de Memoria Histórica, de hecho, como ya mencionamos antes, algunos curas o prelados, con buen criterio, han mandado retirar esas laudas.

Y porque esto no sea un alegato para eliminar el recuerdo de las personas que aún figuran en estos homenajes pétreos, ahí va una propuesta alternativa. Lo más humanitario para todas las partes implicadas en este truculento asunto sería que tales lápidas, con todos sus nombres, se trasladaran a los cementerios de sus respectivas localidades y hacer otro tanto con todos los nombres de aquellos otros caídos que nunca contaron con el amparo eclesiástico. Estos deberían figurar en otra lápida de iguales características, y ya, por fin juntos, dormir un fraternal sueño eterno, los unos al lado de los otros, recibiendo el homenaje general. Porque –¿Saben?– todos eran españoles y muchos de ellos, en ambos bandos, perecieron por defender unos intereses que poco o nada les concernían al verse involuntariamente atrapados en una dramática guerra fratricida.

Una consideración final que caerá en saco roto: sopesen la medida aquellos que preconizan la reconciliación nacional, porque la persistencia de estas pesadas losas dificulta la superación de viejas heridas y la deseable convivencia entre quienes no opinan igual. Sería también un guiño de la Madre Iglesia a todos sus hijos y la propuesta de superar pasadas rencillas, amén de la modernización de su mensaje. ¿Seguiremos manteniendo el odio hasta después de muertos?

¡Qué triste!

León podría dar una lección de superación a toda España homenajeando a rojos y azules sin distinción alguna. Pero mi experiencia dicta que tal cosa no sucederá.

Tomás Juan Mata pertenece a Urbicum Flumen, la Asociación Iniciativa Vía de la Plata