'El reino de los hombres sin amor', de Alfonso Mateo-Sagasta

La novela histórica moderna nace, en buena medida, con Alejandro Dumas, que comprendió antes que nadie que el pasado no debía ser un museo de cartón piedra ni una acumulación erudita de fechas y documentos, sino un territorio vivo donde la aventura, el ritmo narrativo y la peripecia humana permitieran al lector respirar el aire de otra época. Los tres mosqueteros o El conde de Montecristo no sólo reconstruían un tiempo: lo convertían en espectáculo novelesco. Benito Pérez Galdós recogió esa herencia en los Episodios Nacionales, pero añadió un matiz decisivo y específicamente español: en nuestra novela histórica no sólo comparece una época, sino una idea de España. En Galdós, la Historia deja de ser decorado para convertirse en conciencia nacional, en reflexión moral y política sobre el destino colectivo de un país que busca explicarse a sí mismo.

Esa tradición, simultáneamente aventurera e intelectual, encuentra hoy uno de sus continuadores más sólidos en Alfonso Mateo-Sagasta (1960). Asentado sobre una concepción muy definida de España —desarrollada con brillantez y profundidad en su memorable ensayo que hace de prólogo a su libro Nación—, Mateo-Sagasta ha ido construyendo una obra narrativa donde el Siglo de Oro deja de ser mera estampa prestigiosa para revelarse como un organismo contradictorio, exuberante, feroz y fascinante. Fiel heredero del legado narrativo de Dumas y de Pérez Galdós, el autor está levantando una trilogía que funciona como una auténtica crónica de la España barroca a través de un personaje de extraordinaria eficacia novelesca: Isidoro Montemayor, “héroe a su pesar”, espadachín pendenciero, mujeriego incorregible, buscavidas ingenioso y hombre capaz de manejar con idéntica soltura la pluma y la espada.

El espadachín Isidoro Montemayor

Ya habíamos acompañado a Isidoro en Ladrones de tinta, probablemente una de las novelas más inteligentes y entretenidas que se han escrito sobre el universo cervantino, donde el protagonista recorría la España de Felipe III tratando de descubrir la identidad de Alonso Fernández de Avellaneda, el misterioso autor de la continuación apócrifa del Quijote. Más tarde, en El gabinete de las maravillas, lo vimos internarse en las intrigas y secretos de un gabinete barroco para esclarecer el asesinato del archivero del marqués de Hornacho, en una novela donde la curiosidad científica, el coleccionismo y la superstición componían un admirable fresco de época. Ahora, en El reino de los hombres sin amor, Isidoro vuelve a sumergirse en una nueva peripecia que amplía todavía más el horizonte moral y político de la serie.

España, 1615. Mientras las coronas de España y Francia intentan vender la paz de Europa a golpe de bodas reales (las princesas se intercambian matrimonialmente como piezas de un ajedrez diplomático), debajo de los terciopelos y oropeles de la corten hierven el contrabando, la corrupción y las conspiraciones porque en estas páginas el Siglo de Oro brilla más por el oro que por el siglo. Y en medio de este lodazal repleto de “metales preciosos que unos y otros desean” y de “damas enamoradas aunque no bobas” aparece Isidoro Montemayor como testigo, secretario, amante, buscavidas y detective accidental: un hombre más cómodo entre libros que entre espadas, pero obligado a seguir una trama de plasta ilegal, de nobles podridos y secretos de estado para salvar a la mujer que ama. Pero, cuanto más investiga y más se presta a hacer recados al Conde de Lemos, más descubre que la corte de Felipe III funciona como una taberna elegante: todos ríen, todos rezan, y todos roban: “todos los grandes de España, títulos y caballeros, zánganos en su mayoría, se aprestaban para escoltar a la reina”…

Aventura, humor irónico y 'thriller' político en el Siglo de Oro

Lo primero que sorprende, en esta novela que mezcla aventura, humor irónico y thriller político con un aire de capa y espada desencantado, es la naturalidad con que Mateo-Sagasta hace convivir la documentación rigurosa con el impulso narrativo. Hay novelistas históricos que parecen escribir con las fichas de archivo todavía pegadas a las páginas; otros, por el contrario, utilizan el pasado como simple disfraz pintoresco. Mateo-Sagasta evita ambos peligros. Su erudición nunca pesa porque está completamente absorbida por la acción, por los diálogos (da gusto como habla Micaela, por ejemplo) y por la vitalidad de unos personajes que se mueven con absoluta verosimilitud en el complejo escenario del barroco español. El lector no siente que le expliquen una época: siente que la habita.

Pero la gran virtud del autor quizá resida en otro aspecto menos visible. Bajo las aventuras de Isidoro Montemayor late constantemente una reflexión sobre España: sobre su condición de nación joven surgida más o menos a la vez que el resto de naciones europeas, sobre sus grandezas y miserias (“Es un reino gobernado por tres viudos y un fraile”), sobre “las resplandecientes alcobas reales”, sobre la convivencia de heroísmo y decadencia, sobre la tensión permanente entre el impulso imperial y la corrupción cotidiana (“Apenas queda sitio para un hombre honrado”), entre el brillo cultural y la violencia social. Mateo-Sagasta entiende, como entendió Galdós, que la novela histórica sólo alcanza verdadera densidad cuando el pasado ilumina problemas permanentes de una nación.

El sentido del placer de contar

El reino de los hombres sin amor posee además una cualidad narrativa cada vez más rara: el sentido del placer de contar: “no se fie de los poetas, don Pedro, que siempre lo cambian todo a su gusto y retuercen tanto la realidad que al final no se sabe qué es verdad y qué fábrica de su invención”… Hay humor, ironía, acción, sensualidad, misterio y una magnífica reconstrucción ambiental, pero todo ello aparece gobernado por una prosa ágil y precisa que sabe acelerar o demorarse según convenga al relato. Isidoro Montemayor pertenece a esa estirpe de héroes literarios cuya compañía el lector disfruta tanto que termina leyendo no sólo para saber qué ocurre, sino para seguir viviendo unas páginas más junto a él.

En verdad los grandes autores españoles de novela histórica popular, en la estela de Pérez Galdós, vienen comprendiendo hace tiempo que España es en esencia un personaje novelesco. Pero, a diferencia de la Generación del 98, llegaron a una conclusión distinta: la esencia literaria y simbólica de España no se encuentra exclusivamente en Castilla, sino en el Siglo de Oro, en ese tiempo contradictorio y exuberante donde convivieron el hambre y la gloria, la espada y el ingenio, la miseria y la grandeza artística. A esa intuición deben su éxito y su extraordinaria capacidad de seducción las novelas de Alatriste escritas por Arturo Pérez-Reverte, y también esta admirable saga de Alfonso Mateo-Sagasta, una de las empresas narrativas más inteligentes, entretenidas y ambiciosas de la novela histórica española contemporánea.

La edición asimismo es preciosa. Y no digamos las ilustraciones de José María Gallego el virtuoso.