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'La Monda', el avión de entrenamiento español Huarte Mendicoa HM-1B del Museo del Aire que llegó de la base aérea de León

Este avión es La Monda. Así definieron los pilotos españoles al Aisa Inta HM-1, Periquita, el pequeño avión que enseñó a volar a muchos oficiales del Ejército del Aire en la postguerra. Un aparato que hoy se expone en el Museo del Aire de Cuatrovientos en Madrid, como uno de los ejemplos del ingenio español de los años cuarenta, cuyo creador fue el padre de los ingenieros aeronáuticos militares de nuestro país: Pedro Huarte-Mendicoa.

Y es que uno de los primeros aparatos de entrenamiento para el Ejército del Aire diseñados en una España sin posibilidades de conseguir materiales de última tecnología y sin una industria potente, salió de los planos de este militar que llegaría al generalato y a convertirse en uno de los más importantes diseñadores de aviones y uno de los impulsores del Instituto Nacional de Tecnologías Aeronáuticas, el conocido todavía hoy como INTA. Y, curiosamente, a este navarro le salió un aparato de instrucción un tanto 'cazurro', ya que tenía un defectillo que hizo que los pilotos le cambiaran el nombre de pájaro con el que lo había bautizado.

Y lo mejor de todo, es que el aparato que se expone en el actual Museo del Aire y del Espacio en Cuatro Vientos para recordar aquella hazaña industrial de los años cuarenta y cincuenta, cazurro es sin duda, porque vino de la Base Aérea de León, en la Virgen del Camino.

El HM1-B, un avión de fabricación española para enseñar a volar

La historia del HM1-B, La Monda, no es esa que muchos a los que les gustan los aviones militares suelen conocer, ya que tienden a tener en mente diseños que entran en la historia por sus hazañas de guerra, cruzar océanos o abrir rutas imposibles como hicieron los aviadores españoles antes de la Guerra Civil sorprendiendo a todo el planeta.

Aquellas grandes hazañas aeronáuticas son las que se recuerdan en el centenario de los Grandes Vuelos de la Aviación Española, cuya web se puede visitar aquí, pero con modelos extranjeros reconfigurados aquí como el Dornier Do J Wal Plus Ultra en 1926, con la excepción del Loring E II que logró el admirado vuelo a Manila en 1933. En el caso del Huarte-Mendicoa 1 su origen es mucho más humilde, de esos que sólo los pilotos recuerdan porque les enseñó a volar. Una segunda categoría de las que aquellos pioneros recuerdan con mucho cariño y de la que sólo uno está en el imaginario de los ciudadanos españoles, el Casa C-101 Aviojet que era conocido por ser el avión de la Patrulla Águila hasta el año pasado.

Pero la protagonista de este artículo fue una aeronave pequeña, y muy peculiar, de fabricación española y con fama de tener “más carácter del recomendable” para un aparato de instrucción. Una de esas máquinas que ayudaron a formar a generaciones de pilotos y especialistas militares en la España austera de la postguerra. Bautizada por su diseñador como La Periquita en su primera versión, la protagonista es la Huarte-Mendicoa HM-1... a la que pronto se le conoció de otra manera.

Los pilotos, con bastante menos ceremonia y bastante más retranca, la bautizaron como La Monda. Y el mote no era gratuito: los aviadores que se subían a ella pronto descubrieron que la mal llamada avioneta (en todo caso un avión de pequeñas dimensiones) tenía sus propias manías: cuando se iniciaba un viraje, no siempre obedecía al instante. Dudaba, se demoraba e incluso podía insinuar durante un momento un movimiento contrario al deseado antes de terminar respondiendo para ir a la dirección que le indicaba el tripulante con la palanca de mando. Es decir, cuando se quería virar hacia una dirección, la aeronave tendía a tardar un poco en reaccionar, y a veces giraba inicialmente al lado contrario para corregirse inmediatamente hacia donde debía ir por un defecto en el diseño del ala.

Aquello desesperaba a los cadetes de vuelo, pero también acabó generando una relación casi afectiva con el aparato. Era difícil, sí. Pero era suyo. Era español. Era raro. Y por eso mismo, inolvidable.

Pedro Huarte-Mendicoa, el padre del avión que era 'La Monda'

Para entender la importancia de aquel pequeño aeroplano de entrenamiento hay que viajar antes al origen de su diseño y, sobre todo, al hombre que la concibió. Lo creó a primeros de los años cuarenta uno de los más importantes mandos del ya Ejército del Aire español: Pedro Huarte-Mendicoa Larraga. Nacido en Pamplona el 27 de abril de 1905, Pedro Huarte-Mendicoa fue uno de esos perfiles que explican una época entera. Militar, piloto, ingeniero y diseñador de aviones su vocación técnica y aeronáutica –propia de los pioneros de la aviación–, fue mucho más allá del simple ejercicio profesional.

Ingresó en 1921 en la Academia de Artillería de Segovia y salió de ella como teniente el 25 de mayo de 1925. Pero la artillería fue solo el primer escalón. En 1926, al crearse el Arma de Aviación, superó las pruebas para incorporarse a la segunda promoción de oficiales aviadores. En enero de 1928 llegó a la Escuela de Observadores de Cuatro Vientos y después pasó por la Escuela de Tiro y Bombardeo de Los Alcázares, en Murcia. No le bastaba con volar. Quería entender cómo volaban los aviones y, más aún, cómo podían construirse.

Esa inquietud le llevó a estudiar ingeniería aeronáutica. El curso comenzó en octubre de 1932 y terminó dos años más tarde. Huarte-Mendicoa fue el número uno de su promoción y obtuvo la antigüedad de ingeniero aeronáutico el 29 de septiembre de 1934. Primero en artillería, primero entre los pilotos, primero entre los ingenieros: su trayectoria dibuja el perfil de un hombre al que la mediocridad le quedaba lejos.

Antes de la Guerra Civil estuvo destinado en los Servicios Técnicos del aeródromo de Cuatro Vientos. El estallido del conflicto le sorprendió en Madrid. Fue detenido al ser considerado desafecto al Gobierno republicano, aunque posteriormente fue liberado. En marzo de 1938 logró pasar a la zona sublevada, donde fue destinado al Parque Regional Aéreo de Levante, situado en Logroño. Más tarde pasó por la Escuela de Transformación de Jerez de la Frontera y regresó de nuevo al Parque Regional de Levante, donde actuó como jefe de talleres y piloto de pruebas. Esa doble condición, la de técnico y la de aviador que se jugaba el cuerpo en sus propios ensayos, acabaría siendo una de las claves de su carrera.

Terminada la guerra, Huarte-Mendicoa ascendió a comandante y a teniente coronel con antigüedad de 7 de octubre de 1939. Al crearse el Cuerpo de Ingenieros Aeronáuticos, ingresó en su escala inicial con categoría de comandante ingeniero y fue destinado a la sección de estudios y experiencias de la Dirección General de Industria y Material. Allí creó, en 1939, una oficina de proyectos que resultaría fundamental para la aeronáutica española de la posguerra.

La España de 1941 era un país devastado, aislado y con una industria muy limitada. El Ejército del Aire necesitaba aviones de entrenamiento, pero no podía adquirirlos con facilidad en el exterior. Había que fabricarlos en casa. Y ahí apareció la HM-1. El punto de partida no fue una hoja en blanco, sino la GP-1, una avioneta diseñada en 1934 por los ingenieros Pazó y González Gil. Huarte-Mendicoa tomó aquella referencia y la rehizo desde una perspectiva propia, adaptándola a las necesidades del momento.

El diseño del aparato en los autárquicos tiempos de postguerra

El resultado fue un monoplano monomotor de ala baja, biplaza, pensado para entrenamiento y enlace, con los asientos en tándem. Era un aparato modesto, pero funcional. Medía 7,7 metros de longitud, 9,7 de envergadura y 2,2 de altura. Tenía un peso en vacío de unos 620 kilos y un peso máximo al despegue de 850. Lo movía un motor lineal de cuatro cilindros Elizalde G-IV-B Tigre, con el que podía alcanzar una velocidad máxima de 230 kilómetros por hora, una velocidad de crucero de 195 y un techo de vuelo de 5.000 metros.

Lo más llamativo no fue solo el diseño, sino la rapidez. El prototipo estuvo listo en apenas 95 días, una velocidad difícil de imaginar incluso con medios modernos. También porque si se mira la cola se utilizó la del Messerschmitt Bf 108 Taifun (que era la misma del caza alemán Bf 109 G que en España fue el Hispano Aviación HA-1109, el famoso Buchón) que se fabricaba en España con una licencia tras la Segunda Guerra Mundial porque no se podían conseguir las de los aparatos americanos que finalmente lo sustituirían como los T-6 Texan en 1954.

El 7 de abril de 1942, Huarte-Mendicoa hizo algo que resume su forma de entender la ingeniería: se subió él mismo al avión que había diseñado para realizar el primer vuelo de pruebas. No era un ingeniero que se quedara a salvo detrás de los planos y probaba personalmente sus creaciones. Asumía con el cuerpo lo que antes había trazado con la regla, el cálculo y la intuición.

Pero la HM-1, como se sabe por su mote, no nació perfecta. Su primer diseño presentaba problemas de comportamiento en vuelo, especialmente en los virajes. La respuesta tardía de la aeronave desconcertaba a los pilotos, ya que en vuelo parecía tomarse un segundo para decidir si quería obedecer. A veces incluso insinuaba un giro contrario antes de entrar en la maniobra. De ahí nació el mote: ‘La Monda’. Una forma de los jóvenes y cachondos militares de expresar que aquel aparato sacaba de quicio, que tenía genio, que no se dejaba llevar sin más.

Pese a que el socarrón apodo podría haber significado una sentencia contra el proyecto –seguro que algún asturiano con su retranca se lo colocó– en realidad terminó formando parte de su particular leyenda. Su diseñado no negó el problema sino que lo estudió, identificó el origen técnico en el diseño del ala y acometió una revisión. Así que fue rediseñada, los vicios de vuelo se corrigieron y el aparato ganó fiabilidad. Aquella capacidad para aceptar el fallo, corregirlo y convertirlo en una solución operativa fue una de las razones de su éxito. Fue el HM-1 B.

El Ejército del Aire terminó encargando a Aeronáutica Industrial S.A. (Aisa) de Madrid la producción en serie de la HM 1-B. Según las fuentes, la cifra se situó en torno a 180 o 190 unidades, una cantidad muy considerable para un avión que había nacido en una España de escasez y urgencia.

Nacida en tiempos de escasez fue utilizada como avión escuela en la Academia General del Aire (en la que la base aérea leonesa tuvo su protagonismo a primeros de los años cuarenta) con el código E4 y también en aeroclubes civiles. Lo que había empezado como una necesidad acabó convirtiéndose en una pieza reconocible de la formación aeronáutica española.

'La Monda' HM1-B de la Virgen del Camino

El ejemplar que mejor resume esa historia se conserva hoy en el Museo del Aire y del Espacio de Cuatro Vientos, en Madrid. Y es un HM-1B con raíces leonesas. Antes de llegar al museo, sirvió en la Escuela de Especialistas del Aeródromo Militar de La Virgen del Camino, donde estuvo en vuelo entre 1953 y 1958. Durante aquellos años, la pequeña avioneta trazó sus círculos en el azul cielo leonés y sirvió de aparato de formación de los alumnos de los cursos de mecánicos de mantenimiento y armeros artificieros en un aeródromo que ya acumulaba décadas de historia militar y que en los años cuarenta había sido una de las sedes de la Escuela de Pilotos española.

La Virgen del Camino no es un destino cualquiera. Situado a escasos kilómetros de la ciudad de León, el aeródromo formó parte desde muy pronto de la estructura aérea española. Fue uno de los cuatro primeros aeródromos militares de España. En 1920, la Gaceta de Madrid anunció su creación junto a Getafe, Zaragoza y Tablada, en Sevilla, dentro de las primeras bases de la incipiente aviación militar. Inaugurado en 1926, años más tarde llegó a ser la base aérea sede del Estado Mayor de la Legión Cóndor durante la Guerra Civil, efectuando pruebas mecánicas y probando prototipos como los míticos Junkers Ju 87 Stuka y los Messerschmitt Bf 109. Con el paso del tiempo se convirtió en un centro clave de formación en España.

En 1939 se creó en La Virgen del Camino la Escuela de Aprendices, en la que ingresaban jóvenes de 16 a 18 años, los cuales durante dos años eran instruidos en tecnología industrial, matemáticas, dibujo, conocimiento de materiales, prácticas en talleres, cultural general y político-social, educación moral y religiosa, instrucción militar y educación física. A la finalización de sus estudios, los alumnos podían acceder a la Escuela de Especialistas, ubicada por aquel entonces en Málaga, o directamente a la Maestranza como soldados-obreros. En ese mismo año, que también es el de nacimiento del Ejército del Aire, se crea la Academia de Aviación. En sus diez años de estancia en León, antes de trasladarse a San Javier con el nombre de Academia General del Aire, se formaron los oficiales que conformaron las primeras promociones.

En septiembre de 1950, una vez se marchó la Academia pronto se sustituyó por la Escuela de Especialistas del Aire, que se trasladó de Málaga con los cursos de Mecánico de Mantenimiento de Avión y de Armeros Artificieros. Ese fue el contexto en el que la HM-1B encontró su destino leonés.

En la ya conocida como Escuela de Mecánicos (hoy Academia Básica del Aire), la Huarte Mendicoa formó parte del aprendizaje de quienes no solo debían volar o conocer los mandos de un avión, sino de los mecánicos para entender su mantenimiento, sus sistemas, y sus exigencias. En una época en la que la aviación española se reconstruía con los mínimos recursos disponibles, estos aparatos servían para algo más que para despegar y aterrizar. Eran aulas con alas. Herramientas de trabajo. Máquinas en las que los alumnos aprendían a mirar el cielo desde dentro de un hangar y desde dentro de una cabina.

Las variantes del avión que enseño a volar a una generación de pilotos

La HM-1 abrió además una saga. De la oficina de proyectos de Huarte-Mendicoa salieron distintas variantes y modelos, del HM-1 al HM-9. Hubo versiones con cabina cerrada y tren retráctil, variantes con flotadores para operar sobre agua, entrenadores avanzados monoplaza y diseños destinados al remolque de planeadores. El HM-7, construido en 1947, fue una versión agrandada de cuatro plazas y se considera el último avión a motor diseñado por el INTA. Aquella pequeña familia de aeronaves muestra hasta qué punto la HM-1 no fue un episodio aislado, sino el comienzo de una línea de trabajo.

No cuesta imaginar la escena: la llanura leonesa extendida alrededor del aeródromo, el frío seco de los inviernos, los alumnos jóvenes, los mecánicos, los instructores y aquella avioneta de aspecto discreto, con fama de caprichosa, esperando turno para volver a despegar. Cada vuelo era también una lección de paciencia. La HM-1B no era un avión espectacular, pero tenía algo que los pilotos recuerdan bien: personalidad. Y en la memoria aeronáutica, a veces pesa más la personalidad de una máquina que sus cifras técnicas.

Cuando terminó su vida operativa, el ejemplar leonés no fue destruido ni olvidado. Fue entregado al Museo del Aire el 4 de marzo de 1975. Habían pasado ya años desde sus últimos vuelos en León, pero aquel traslado a Cuatro Vientos permitió conservar una pieza singular de la historia aeronáutica española y, al mismo tiempo, una parte de la historia militar leonesa. Desde entonces, la avioneta permanece expuesta como testigo de una época en la que el país tuvo que aprender a volar con lo que tenía a mano.

Un avión humilde creado por puro ingenio español

Quizá por el ingenio que se echó para crear este avión de entrenamiento en una situación autárquica con escasez de todo, y su curioso comportamiento, hace que resulte tan sugerente la historia de La Monda. Porque en ella caben muchas historias a la vez. La de un país que, tras la guerra, intentaba reconstruirse con escasez de medios. La de un ingeniero que no se conformaba con diseñar desde un despacho y se subía a probar sus propios aviones. La de unos pilotos que bautizaron con ironía una máquina difícil y terminaron mirándola con cariño. Y también la de León, que durante varios años tuvo sobre su cielo uno de esos aparatos modestos que enseñaron a volar a la España de posguerra.

Mientras tanto, en un hangar del Museo del Aire de Cuatro Vientos, la HM-1B que llegó desde León sigue expuesto quieto. Ya no retrasa los virajes ni desconcierta a los pilotos. Ya no levanta el polvo de La Virgen del Camino ni dibuja círculos en el espectacular cielo azul leonés. Permanece inmóvil convertida en pieza de museo. Pero quien se detiene ante el aparato no está mirando solo un modesto aeroplano antiguo. Está mirando una pequeña máquina con carácter que, entre fallos corregidos, motes de pilotos y vuelos de escuela ayudó a enseñar a volar a todo un país.

En el Museo del Aire de Cuatro Vientos La Monda leonesa sigue ahí. Humilde y orgullosa. Sin viradas hacia el lado contrario.

Por fin obediente, después de todo.