Manuel Girón: de la memoria colectiva a la ciencia
La primera persona que me habló de Manuel Girón Bazán fue Alfonso Yáñez Seoane, un hombre nacido en 1921 en Ponferrada en el seno de una familia especialmente castigada por la represión franquista. Cuando nos conocimos, hace casi treinta años, custodiaba con celo un secreto en la bodega de su casa de la carretera de Molinaseca, en Ponferrada.
Años atrás, el 20 de diciembre de 1979, Alfonso Yáñez conseguía el permiso para trasladar los restos de Manuel Girón desde el antiguo cementerio del Carmen de la capital del Bierzo para reinhumarlos en el de Montearenas. Habían pasado solamente cuatro años desde la muerte del dictador Franco cuando Yáñez recibió el permiso firmado por el director provincial de Salud, rubricado con un sello en el que todavía aparecía el escudo preconstitucional. En plena operación de vaciado del camposanto y de traslado de cientos de panteones, nichos y sepulturas, los trabajos se retrasaron hasta finales de junio de 1983, tras la autorización de la alcaldía ponferradina, rubricada por el teniente alcalde José Alonso.
Los trabajos se realizaron en la zona en la que Alfonso Yáñez recordaba haber visto enterrar los cadáveres de Girón y de otro hombre. Yáñez señaló el lugar al operario municipal y al maquinista de la retroexcavadora que vaciaba la zona del cementerio civil donde habían sido inhumadas decenas de personas durante años. Las escasas fotografías del momento así lo certifican. Hallados los primeros restos, éstos fueron introducidos de la forma más rudimentaria en un cajón de madera, sin ninguna metodología científica. En el mismo que iban a permanecer durante 14 años hasta el 5 de febrero de 1997, cuando fueron trasladados a un nicho de Montearenas adquirido por Antonio Prada Girón, un sobrino del guerrillero de Salas de los Barrios que residía en Francia.
Alfonso Yáñez falleció en Ponferrada el 8 de julio de 2009. Estoy seguro de que hubiera sido hoy la persona más feliz al conocer la noticia de que aquéllos no eran realmente los restos de Girón, porque difícilmente hubiera imaginado en aquel momento que la ciencia, dentro de su infinita utilidad, se iba a acabar poniendo al servicio de las víctimas de la represión franquista. O que el trabajo que se inició posteriormente en El Bierzo iba a situarlas en el centro de las políticas públicas de memoria.
Es de justicia reconocer que la acción que emprendió Alfonso Yáñez hace 45 años, además de valiente, era por encima de todo simbólica, de la misma manera que lo fueron las primeras exhumaciones masivas realizadas en La Rioja, Navarra, Soria, Extremadura y otros lugares de España, llevadas a cabo por los propios familiares de las víctimas. Se trataba de una acción reparadora, pero también de protesta ante la impunidad de los crímenes del franquismo; fueron la semilla que germinó en Priaranza del Bierzo en octubre de 2000 y que se acabó extendiendo por todo el país.
Hoy, los estudios antropológicos y forenses confirman que el asesinato del guerrillero berciano se produjo por la espalda y a corta distancia, como siempre hemos defendido quienes nos acercamos a su figura, y no en un tiroteo con la Guardia Civil, como sigue constando en la documentación oficial. Junto al cuerpo de Girón yacía el del cabreíres de Castrohinojo Elías Álvarez, al que la Guardia Civil secuestró y ejecutó para desfigurarlo posteriormente y poder presentarlo oficialmente como José Rodríguez Cañueto –verdadero ejecutor del guerrillero berciano– que lejos de ser aquélla segunda víctima fue recompensado y trasladado a Sevilla.
El ADN confirma la identidad de unos huesos, los de Manuel Girón, cuya vida (y cuatro muertes) ya nos hemos encargado desde la investigación de situar en la Historia y en la memoria colectiva de El Bierzo. Espero que pronto reposen en el nicho de Montearenas, donde de forma simbólica (y quizá física) ya hay una parte tanto suya como de Elías Álvarez desde febrero de 1997. Así, por fin, podrá descansar en la paz que le negaron a aquel humilde jornalero de Salas de los Barrios en julio de 1936.
Por mi parte, en la próxima edición de El monte o la muerte –que será ya la 10ª– añadiré con entusiasmo esta nueva aportación a una investigación a la que he dedicado buena parte de mi vida.
Por eso estoy seguro de que éste no será el último capítulo.