Una de las cosas que más me llama la atención cuando leo discusiones, especialmente en foros poblados por gente de cincuenta para arriba, que ya se considera senior en su profesión, es que a la hora de hablar de inteligencia artificial y asimilables, el argumento principal de que los buenos profesionales prevalecerán, y que si eres realmente bueno en lo tuyo no tienes nada que temer.
Lo veo correcto. Es muy posible que los que digan eso tengan razón. ¿Pero qué pasa con el resto? ¿Qué significa en la práctica ser realmente bueno en lo tuyo? ¿De verdad estamos imaginando el mundo para que el 10% de individuos destacados lo disfruten mientras el resto se quedan atrás? Parece que se trata de eso, de esa peculiar variedad de la Ley del Embudo: defender la competitividad donde podemos competir, y defender la cooperación donde sospechamos que los que nos quedaríamos atrás seríamos nosotros.
Cuando se leen estas cosas, se nota bien a las claras que estamos ante un foro de gente de cierta edad, con sueldos altos, y muchos años de experiencia. Gente a la que, en el fondo, se la suda el futuro de los más jóvenes, porque muchos ni siquiera tienen hijos y están esperando una jubilación más o menos cómoda que ya ven al alcance de su mano.
Sin embargo, es gracioso, porque cuando se habla de dejar atrás a los pobres o los enfermos, enseguida se revuelven en sus asientos y se niegan a apoyar tal cosa, como si les hubiese entrado un repentino ataque de ética racional. ¿Qué sucede entonces?
Creo que se trata de una especie de escisión entre la ideología personal y la ideología profesional. Como profesionales, desprecian a los profesionales mediocres, y su orgullo los empuja a desdeñar a esa gente, su futuro, y sus opciones de vivir dignamente. La frase “que den conciertos” ya nos enseñó hace mucho tiempo de qué clase de gente hablamos y hasta dónde alcanza su preocupación social. Que se generen pobres, o que se empobrezca a la gente, no les preocupa. Esas personas que se quedan atrás sólo merecen su atención, y su compasión, una vez que ya se han hecho pobres y viven en la miseria, pero nunca antes.
El profesional mediocre, el que no da par más, el que no es como ellos, el que está fuera de ese cinco o diez por ciento de los mejores, tiene que reciclarse, aprender, esforzarse y espabilar. O a lo mejor esperar a quedar excluido, porque una vez que está excluido ya merece atención y ayuda.
Es terrible el punto hasta el que ha calado la vieja mentalidad religiosa de comedor de convento limosneo. Es terrible leer esa clase de cosas entre gente que se dice progresista. Si la izquierda piensa así, ¿qué dirán los liberales?
Yo alucino.