TRIBUNA DE OPINIÓN

En réplica sobre la figura del padre Segundo Llorente

30 de junio de 2026 13:03 h

Esta réplica es fruto del artículo aparecido en ILEÓN el pasado 15 de junio 2026 en el que se vertían acusaciones muy duras contra el misionero jesuita Segundo Llorente durante su periodo en Alaska. Este artículo, firmado por Antonio Vega, se hace eco del aparecido en El País el 20 de mayo de 2023.

En ambos casos la única fuente de investigación es la página web de la Provincia jesuita de Fairbanks/Oregón (a la que pertenece Alaska) donde se puede consultar todo el escándalo que salió a la luz en 2003 sobre casos de pederastia por parte de miembros de esa Orden en Estados Unidos.

En 2007 se concluye el informe oficial (consultable en la página web de la Orden), con un listado de los jesuitas implicados e investigados. Se decide pagar entre 50 y 160 millones de dólares como indemnizaciones. La Provincia de Oregón se declara en quiebra. En 2018 se publican las listas e informaciones completas de los acusados y presuntos acusados.

Durante un período de casi 70 años –dice el informe-, ha habido 111 hombres con acusaciones creíbles de abuso sexual de un menor o adulto vulnerable de aproximadamente 2.000 jesuitas durante ese período de tiempo, o sea, el 5,5 por ciento. El número verdadero de jesuitas en la provincia desde 1950 es mucho mayor que 2.000 debido a la cantidad de jesuitas que sirvieron o estudiaron aquí desde otras provincias y, por lo tanto, el porcentaje de acusados es menos del 5,5 por ciento.

“La gran mayoría de estos casos son ciertos. Pero hay algunos que considero cuestionables”, dijo John Whitney (Superior provincial de la Compañía de Jesús, Provincia de Oregón). Muchas acusaciones fueron recibidas después de que un sacerdote acusado había fallecido. En esos casos, el acusado no pudo defenderse ni negar los cargos. La provincia no pudo llevar a cabo una investigación comprensiva. Individuos que han fallecido están incluidos en la lista basado en el hecho de que se reportó una acusación.

El estar incluido en esta lista no quiere dar a entender que las acusaciones sean verdaderas y correctas, o que el acusado haya sido encontrado culpable de un crimen o responsable por demandas civiles. En muchos de los casos, las acusaciones fueron hechas muchos años o décadas después de los presuntos eventos y no se hizo una investigación y determinación.

Segundo Llorente fue misionero en Alaska entre 1935 y 1975 (40 años), después sería jubilado de Alaska y seguiría misionando en comunidades hispanas en los estados de Idaho y Washington, en USA, hasta su muerte en 1989.

La familia Llorente me ha pedido -a modo de portavoz- que elabore una réplica por ser experto en la figura del sacerdote leonés. Llevo más de 30 años interesado en su figura, y elaboré mi tesis doctoral en historia contemporánea por la UAM en el 2008. Traduje sus memorias del inglés (Memoirs of a Yukon Priest) en la editorial BAC (Memorias de un sacerdote del Yukón), y este año 2026 saldrá mi biografía suya. En el 2005 viajé a Alaska para encontrarme y entrevistar a numerosos compañeros jesuitas, esquimales y otros personajes que le habían tratado personalmente. Asimismo, en 2006 estuve una temporada investigando en el archivo jesuita de esa diócesis en la Universidad Gonzaga de Spokane (Washington), donde está todo lo concerniente al religioso leonés, y escudriñé y trabajé miles de documentos y cartas de/a Segundo Llorente. Mi tesis, de casi 900 páginas me permitió conocer muy de cerca a este personaje.

Además, en ambas investigaciones -en Alaska y Spokane, coincidieron con el escándalo de la pederastiaa, por lo que tuve ocasión de indagar también sobre el asunto. Hablé muchísimo con un clásico del misionado jesuita en Alaska, el padre Louis Renner, ya fallecido, y otros, asegurándome que -si bien es cierto que había habido, indudablemente, casos de pederastia en esa diócesis-, el caso de Segundo Llorente era una falacia.

Uno de estos jesuitas -incluso- quien me pidió anonimato, me aseguró que conoció bien al niño/adulto esquimal que acusó a Llorente y a otros misioneros; me aseguró que era un personaje turbio y sin ningún tipo de credibilidad. Y que él ponía la mano en el fuego por la inocencia de Segundo Llorente.

En mi investigación y pesquisas al respecto, sí hallé indicios de pedofilia en otros misioneros, de los cuales sus propios compañeros o las monjas ayudantes, sospechaban y se oían muchos rumores. Pero jamás nada sobre Segundo Llorente y otros misioneros acusados.

El gran culpable y causante de todo este inmenso lío fue la propia Provincia jesuita de Fairbanks/Oregón, la cual, para tapar enseguida la noticia en los mass media, y que no provocara ruido, empezó a creer cuanta acusación llegaba, previo pago.

La caja de Pandora se abrió, y bufetes de abogados que cobraban entre el 30 y 40% de las indemnizaciones, empezaron a encontrar acusadores contra estos misioneros. Y es cuando la diócesis entró en quiebra al haber pagado entre 50 y 160 millones de dólares en reparaciones por pederastia.

Vuelvo a insistir en que -evidentemente- hubo muchos casos reales, muchos. Pero en ese saco, la diócesis metió a inocentes y culpables.

La clasificación entre “casos creíbles o no creíbles” que sale en ese informe jesuita de la diócesis va contra todo derecho. En bastantes casos se juzga a misioneros por acusaciones hechas muchísimos años después, sin haber habido ningún de investigación, y sólo la palabra de una persona contra un muerto. Y -además- con mucho dinero de por medio.

El propio sobrino de Segundo Llorente, Secundino, a raíz de la noticia en El País, inició una serie de investigaciones -a distancia-, sobre este tema, llegando a la misma conclusión, y poniendo sobre el tablero tres cuestiones fundamentales:

1. Las pruebas de las acusaciones que presentaron los demandantes de Segundo Llorente

2. La evaluación de su acusación por el comité de reclamos por daños civiles.

3. La compensación monetaria para los demandantes de Segundo Llorente.

La propia Orden jesuita no contesta a las peticiones de este familiar para que aclaren estos puntos, por la sencilla razón -como yo pude constatar-, que son preguntas incómodas. De hecho, yo contacté con uno de los bufetes de abogados, el correspondiente a nuestro caso, y tampoco colaboraron en nada. Silencio administrativo.

Cuando se produce un crimen, existe la llamada “presunción de inocencia”, y para juzgar adecuadamente hay que oír al fiscal y al abogado, y, sobre todo al acusado -y al acusador- en este caso, un tal Jack Doe, que dice que en los años 50- cuando tenía cinco o seis años-, fue abusado por el padre Llorente. Y lo dice 50 años después, y cuando este misionero llevaba ya 16 años muerto.

Es decir, tenemos acusador, pero un acusado póstumo, “in absenta”, con un periodo de medio siglo de distancia sobre la memoria de un niño muy pequeño que se acuerda hasta del nombre de su abusador. No hay ningún tipo de investigación, nada; no hay abogado ni pruebas. Y se le condena. ¡Ah!, y por medio una ingente cantidad de dinero que se reparten entre el acusador y el bufete de abogados.

Como escribía el sobrino Secundino, sólo ha habido demandas, pero ningún tipo de evidencias, ni escritas, ni testimoniales, absolutamente nada. El propio periodista de El País, le reconoció en una entrevista con Secundino Llorente que él está convencido de que en ese saco se habían metido mucha gente que realmente no eran culpables, pero que eran los propios jesuitas los que debían seleccionar a culpables e inocentes, si no lo hacían los tribunales. Y no lo hicieron.

En esa página web jesuita podemos leer:

P ¿Por qué incluyen nombres en esta lista si dice que “su inclusión no significa necesariamente que fueron declarados culpables de ningún cargo”?

R Muchas acusaciones fueron recibidas después de que un sacerdote acusado había fallecido. En esos casos, el acusado no pudo defenderse ni negar los cargos. La provincia no pudo llevar a cabo una inves gación comprensiva. Individuos que han fallecido están incluidos en la lista basado en el hecho de que se reportó una acusación. Estas acusaciones no fueron inves gadas ni verificadas independientemente.

Muchas acusaciones fueron recibidas después de que un sacerdote acusado había fallecido. En esos casos, el acusado no pudo defenderse ni negar los cargos. La inclusión en la lista simplemente significa que se hizo una acusación creíble.

La propia Ronnie Rosenberg -directora de recursos humanos de la diócesis de Fairbanks- dijo no haber encontrado indicios de que alguien se hubiera quejado de Segundo Llorente mientras sirvió en la diócesis: “Por lo que pude ver en los registros, y he revisado casi todos los archivos de este edificio, NO, no estábamos al tanto de este tipo de acusaciones hacia él”, dijo Ronnie Rosenberg.

Quiero recalcar el hecho fundamental de que fue el pueblo esquimal el que escogió a Segundo Llorente como representante de este pueblo en el recién inaugurado Congreso de Alaska en 1959/1960, y fue votado mayoritariamente por ellos. Luego, dos años después, los propios esquimales reclamaron al Padre Llorente para que volviera a sus parroquias pues le necesitaban. Segundo Llorente fue la pieza fundamental para que el pueblo esquimal pudiera cobrar pensiones y ayudas económicas gracias al censo que llevó a cabo. Creó orfanatos, iglesias, escuelas, y una vida digna para este pueblo muy abandonado entonces.

¿Cree alguien seriamente que los esquimales le hubieran escogido sabiendo que habría abusado de sus propios hijos? ¿Es creíble pensar que -de haber acontecido tales cosas- no le hubieran hecho el vacío?

Todo lo contrario.

Por eso es esencial, a la hora de lanzar graves acusaciones contra el Padre Llorente, el recabar investigación más contrastada y no ensuciar el nombre de uno de los leoneses más importantes del siglo XX. Nobleza obliga.