Políticos de guiñol

A mis años me encandila el guiñol. Será que mi síndrome de Peter Pan es duro de pelar. Me emociona la chavalería viendo su mundo en ese mínimo escenario en alto, ocupado por muñecos de trapo, a modo de guantes, que gesticulan con manos invisibles las aventuras más simples, por medio del elenco básico de un héroe con rostro de niño, una damita con trenzas, el malvado: ogro o bruja, y el moralizante que toma forma de abuelo sabio.

El guiñol es un teatro participativo. Todos los personajes hablan y preguntan a los niños con solicitudes de ayudas y complicidades que éstos aceptan o rechazan en función del rol del solicitante. Los buenos recibirán el apoyo incondicional con una afirmación coral, y los antagonistas, la negativa o el abucheo. La catarsis llega cuando el héroe la emprende a estacazos contra el villano. Innegociable en el mundo infantil que la bondad y el heroísmo no triunfen.

La política de este país es la representación de un guiñol contaminado. La bondad y la maldad están difuminadas en actitudes más que en personajes. Si se nos pide cooperación, el guión de la obrita está ya tan mascado y manipulado, que las aprobaciones y rechazos se canalizan en emociones tribales. Los niños siguen su instinto. Nunca les engaña. Los adultos, jugando a este teatrillo infantil, estamos atrapados en arenas movedizas. Los estacazos del paladín al pérfido los recibimos en nuestras cabezas.

Las derivas del accidente ferroviario de Adamuz son espectáculo de guiñol grotesco, con los muñecos a escape libre demandando responsabilidades a diestro y siniestro y el objeto del lucro político. Pidiendo verdades que cualquiera, con dos dedos de frente, sabe que solo pueden ser respondidas con el reposo del tiempo. Análisis técnicos de enjundia no pueden ser solventados en los tres días de respeto del luto nacional que, segundos después de ser cumplidos, han dado rienda suelta a las jaurías para cobrar pieza. Cuarenta y cinco muertos, y la progresión geométrica de familiares afectados, no merecen esta miseria de representación de liderazgo.

Por delante, pero ya borrado, ha ido el buen entendimiento institucional entre las administraciones afectadas. El Gobierno Central y el de la Comunidad de Andalucía han dado un ejemplo intachable de colaboración, aparcando sus diferencias de signo político, para priorizar la ayuda a las víctimas. Prueba de ello es que los cadáveres, en unos pocos días, ya estaban a cargo de las familias para recibir el último adiós. Hablar de la colaboración ciudadana es un tópico por los innumerables refrendos al respecto que ha ofrecido como vanguardia de la ayuda desinteresada. Pero entran en escena los estados mayores de los partidos políticos, y su incesante cálculo de tiempos electorales y votos, y todo salta por los aires. Hasta el funeral de homenaje a las víctimas es aprovechable como elemento de disenso en cabezas atenazadas por la maldad de hechos y palabras. 

Frivolidad comparativa   

Fruto de una malsana propaganda que no puede ser equiparada de ningún modo a información, es comparar esta tragedia con la dana. En Adamuz, todos los concernidos en la gestión de daños y soluciones estuvieron en su puesto. En Valencia, del general en jefe, solo supimos lo que de verdad importaba: dónde no estuvo. Fue un desertor. Un título no precisamente edificante ¿Alguien es capaz de ponerle otra acepción? Y ese desleal fue protegido por la plana mayor de su partido más de un año. A ellos corresponde la titulación de encubridores.

Este guiñol distópico que es el debate nacional ha caído sin remedio en la depredación de las catástrofes para obtener ventajas políticas. Eso en Román Paladino, se llama carnaza. Por otro nombre, carroña. 

Considerar que desastres de estas magnitudes, por la sola acción del liderazgo político, no van a existir, es una demostración cumbre de estupidez. Los elementos de la naturaleza y el error humano, son consustanciales a nuestro yo colectivo e individual. La dana valenciana llevaba la firma indeleble de la muerte, igual que el Yrio y el Alvia, en la fatalidad de su cruce en un punto kilométrico de la vía de alta velocidad. No hay mano humana. Las responsabilidades no pueden estar en ese ahora mismo. Hay que escarbar en el antes y en el después.

En el antes, cayendo en la cuenta del furor privatizador de las infraestructuras. Estas líneas de alta velocidad han sido años de uso exclusivo de un operador público: Renfe. Pero los tiempos neoliberales y la incontenible avaricia turística, exigieron la entrada de material rodante privado sobre la misma vía. La circulación se triplicó y, con ello, obviamente, el desgaste. Por cierto que el mantenimiento de estas redes es responsabilidad exclusiva del dinero del contribuyente. Los nuevos operadores vienen a llevárselo crudo.

En el después es buena enseñanza para los partidos la obligada necesidad de aprobar anualmente los Presupuestos Generales del Estado, en los que el capítulo de inversión pública, la que afecta a la calidad de nuestras infraestructuras, es uno de las más importantes y el que, con su renovación periódica, redefine las prioridades de gasto. Pero aquí seguimos: tres años sin actualizar nuestras cuentas domésticas porque son presentadas por un adversario que debe ser tratado como enemigo irreconciliable.

El teatro de guiñol, un divertimento infantil, llevado a la responsabilidad política en la que se ha instalado, alumbra astracanadas como estas argumentaciones de mercantilismo emocional de urna.

En el guiñol genuino los estacazos no los sufre el espectador. En el guiñol político ya no sabe como eludirlos.