Perder y seguir perdiendo: la trampa estratégica

La cosa está clara: los votos se cuentan, no se pesan. No importa la pureza ideológica de un voto, sino el hecho de que termine o no, a tu favor, en la urna. La izquierda progresista y urbanita, la que dirige los partidos desde las grandes ciudades, de espaldas a los cuarenta millones de españoles que residen en localidades menores, se enfrenta a un dilema moral que, en política, se convierte en una trampa estratégica:

Su primera opción es mantener el discurso identitario (feminista, LGTBI+, antirracista, multiculturalista) puro e innegociable. Eso le garantiza la lealtad de un núcleo duro (joven, universitario, metropolitano), pero le cierra la puerta a millones de votantes de perfil social mucho más conservador que, sin embargo, querrían blindar y proteger los servicios públicos como la sanidad y la enseñanza.

La segunda opción sería moderar o silenciar ese discurso para atraer a esos votantes socialmente conservadores, que ahora marcan la diferencia y son el origen de las constantes derrotas. Pero en ese caso, su base más movilizada (la que porta las pancartas y jalea los memes progresistas en las redes sociales) la acusaría de traición y se quedaría en casa. Además, muchos intelectuales de izquierda, jueces y parte de sus discursos, considerarían semejante decisión una rendición ética más que una concesión táctica.

El resultado, hasta ahora, es perder una elección tras otra, porque la derecha se siente cómoda con esa contradicción, y ni se niega a regularizar inmigrantes (sólo faltaría, caray) ni trata de impugnar las costumbres de la España más castiza, por decirlo de algún modo. La derecha no tiene problemas con la selección española, con la caza, los toros, ni la Semana Santa. Van a lo suyo y saben lo que hacen. ¿Cómo cayó la izquierda en esa trampa?

La cruda realidad política es que un voto de un jubilado católico que odia la inmigración vale exactamente lo mismo que un voto de un estudiante de sociología con un máster en género. Si la izquierda no quiere ir a buscar al primero porque le parece 'rancio', el segundo ya es suyo casi por defecto, pero no hay suficientes sociólogos de género para ganar unas elecciones.

Mientras la izquierda siga pesando los votos, considerando unos más 'legítimos' o 'dignos' que otros, la derecha los contará todos. A veces, hasta los de los abuelos acarreados en las residencias. Y ganará.

Y luego será culpa de la prensa, claro. Por supuesto.