La Montaña Oriental de León resiste... pese a todo
Hablar de la Montaña Oriental de León no es hablar solo de paisajes imponentes, de cumbres nevadas o de valles que parecen detenidos en el tiempo. Es, sobre todo, hablar de personas. De una forma de estar en el mundo que se ha forjado a base de resistencia silenciosa, de adaptación constante y de un profundo arraigo a la tierra.
Aquí, la vida nunca ha sido fácil. El clima es duro, el invierno largo y la orografía no concede tregua. A eso se suma, desde hace décadas, el abandono institucional, la pérdida de servicios básicos y una despoblación que amenaza con vaciar pueblos enteros. Y, sin embargo, la Montaña Oriental sigue en pie. No por casualidad, sino por la tenacidad de quienes se niegan a marcharse.
La resiliencia de sus gentes no se exhibe; se practica. Está en quien limpia la nieve de una carretera que nadie más vendrá a despejar. En quien mantiene abierto un bar, una ganadería o una pequeña explotación sabiendo que no es rentable en términos económicos, pero sí vital para la comunidad. Está en los mayores que resisten y en los jóvenes que, contra todo pronóstico, deciden quedarse o regresar.
La Montaña Oriental de León no necesita discursos grandilocuentes ni promesas vacías. Necesita hechos. Porque si algo ha demostrado este territorio es que sigue en pie no gracias a las administraciones, sino a pesar de ellas.
Hablar de esta montaña es hablar de carreteras olvidadas, de inviernos que aíslan pueblos enteros, de servicios que se van recortando hasta desaparecer y de una despoblación que avanza mientras los despachos miran hacia otro lado. Y, aun así, aquí sigue habiendo vida. Porque sus gentes han aprendido a resistir cuando nadie responde.
Una zona que reclama igualdad en servicios
La resiliencia de la Montaña Oriental no es un eslogan turístico ni una palabra bonita para rellenar informes. Es levantar la persiana cada día sin saber si llegará el cliente, el médico o la quitanieves. Es mantener pueblos vivos con menos recursos que nunca y más obstáculos que antes. Es asumir como normal lo que no debería serlo: kilómetros para una consulta, mala cobertura, carreteras indignas y promesas eternamente aplazadas.
Aquí no se pide privilegios. Se exige igualdad. Igualdad en servicios, en infraestructuras y en oportunidades. Porque vivir en la montaña no debería implicar vivir peor. Sin embargo, durante años, la Montaña Oriental ha sido tratada como un territorio prescindible, útil solo para las fotos, los fines de semana o los discursos sobre 'España vaciada'.
Autoreconstrucción tras los incendios “por dignidad”
Y pese a todo, la gente aguanta. Tras los incendios, se reconstruye. Tras los temporales, se sale adelante. Tras cada golpe, se vuelve a empezar. No por romanticismo rural, sino por dignidad. Porque rendirse sería aceptar que este territorio no importa. Y sí importa.
Importan sus pueblos, sus vecinos, sus ganaderos, sus pequeños negocios, sus jóvenes que intentan quedarse y sus mayores que sostienen la vida diaria. Importa una montaña que ha dado mucho y ha recibido demasiado poco.
Defender la Montaña Oriental de León no es solo preservar un territorio, sino reconocer y respetar a quienes lo mantienen vivo. Porque no se trata de un espacio vacío a gestionar desde un despacho, sino de un lugar habitado por personas que han demostrado, una y otra vez, que resistir también es una forma de dignidad.
Quizá la mayor lección que ofrece esta montaña no esté en sus paisajes, sino en su gente: en la capacidad de aguantar sin rendirse, de adaptarse sin renunciar a la identidad y de seguir llamando hogar a un lugar que exige mucho, pero lo da todo a cambio.
La Montaña Oriental de León no necesita compasión. Necesita compromiso. Y necesita que se deje de admirar su resistencia como una curiosidad para empezar a respetarla con inversiones reales, servicios dignos y decisiones valientes.
Porque la resiliencia tiene un límite.
Y lo que aquí se está reclamando no es heroísmo, sino justicia territorial.