Las falaces democracias anglosajonas

Es noticia más o menos reciente que Donald Trump aspiraba a la concesión del Premio Nobel de la Paz que finalmente fue concedido a la venezolana María Corina Machado, más reciente aún lo es que el controvertido presidente americano ha movilizado una parte importante de la flota de su país para asediar a la caribeña Venezuela. Bajo la disculpa de que este polémico personaje quiere combatir el narcotráfico con destino a los Estados Unidos, no vaciló en primer lugar en destruir lanchas venezolanas y alguna colombiana, sin juicio ni prueba alguna de tal actividad delictiva... llegando hasta el punto de capturar a su presidente bolivariano, Nicolás Maduro en una espectacular operación militar.

Evidentemente esta descomunal movilización de efectivos marinos y terrestres ocultaba otras intenciones inconfesables. Resulta inconcebible que se movilicen destructores e incluso el portaaviones más potente de su armada, con su correspondiente escolta, para combatir a unos hipotéticos narcotraficantes, menos aún eliminarlos con misiles de última tecnología. No, lo que se escondía tras ello era la intención de descabezar el régimen de Maduro.

El Tío Sam, es decir Norteamérica, se ha hecho el gendarme del mundo desde que participó en las dos guerras mundiales que dejaron a Europa en un estado de postración económica e ideológica del que aún no se ha recuperado. Con tal motivo ‘el amigo americano’ primero tuteló el comercio de toda Hispanoamérica, que tuvo la mala idea de dividirse en 19 repúblicas, algunas de ellas tan minúsculas como el Salvador, Costa Rica o Panamá, y después lo hizo con la economía de la vieja Europa. Inglaterra, por lazos de sangre, recibe un trato diferencial y hace tándem con Yanquilandia ante la insubordinación de cualquier país tercero.

Uno de los agravantes de la presente amenaza al pueblo venezolano es que, al parecer, tanto Corina Machado como el que pudiera ser legítimo presidente de Venezuela, Edmundo González, habrían dado su consentimiento para que las tropas yanquis ataquen e incluso invadan su país, lo que significaría una carnicería. No es motivo de este artículo valorar la legitimidad de Maduro al frente del gobierno, pero que la premiada con el Nobel de la Paz apruebe que se ataque a su país es miserable, cuestiona los méritos para recibir tal galardón y desacredita a quienes lo han otorgado.

Dejando de lado todo este introito, hay que resaltar que toda la aureola democrática de la que alardean tanto Inglaterra como los Estados Unidos de América, es ficticia. Son democracias centrípetas que se circunscriben a los límites territoriales de dichos países –también se podría incluir Israel en la ecuación, pero este país es una belicosa marioneta de los designios anglosajones– fuera de los mismos, la democracia es irrelevante para ambos y no dudan en aplicar la fuerza para sustentar sus intereses comerciales, aunque sea bajo la falsa apariencia de querer extender el sistema democrático por las cuatro esquinas del orbe. 

Los principios 'democratizadores' anglos

Los ‘gringos’ han sido aventajados herederos de los principios ingleses. La economía se sustenta con el comercio y el comercio se sustenta con las armas. Sus colonizaciones son siempre crematísticas, a diferencia de la colonización española donde era tan importante la conversión religiosa de los pueblos conquistados como la apropiación de sus recursos. Ahora que España ha pedido perdón a Méjico por las tropelías de la conquista, hay que recordar que los romanos hicieron lo mismo que ingleses y americanos –ahí están las Medulas como testimonio– y otro tanto hicieron fenicios y griegos. ¿Habría que pedirles compensaciones?

Así pues, estos dos países anglosajones, con muy pocos escrúpulos ante el dinero ajeno, no tienen inconveniente en declararle la guerra a cualquier otro país que no pudiendo defenderse acumule riquezas en su subsuelo o en su agricultura. Guatemala podría ilustrarnos sobre las imposiciones de la United Fruit Company que llegó a patrocinar un golpe de estado a través de la CIA en ese país cuando vio comprometidos sus intereses. Actividades similares se desarrollaron en las llamadas Repúblicas Bananeras. La pretendida posesión de armas de destrucción masiva por Irak, reserva mundial de petróleo, llevó a los americanos y otros países a declararle la guerra. España estaba incluida en la nómina de los países ‘democratizadores’.

Que los anglosajones no tienen ningún interés por exportar la democracia a otros países lo demuestra el hecho de que en Latinoamérica fomentaron la llegada al poder de dictadores militares que, en numerosas ocasiones, derrocaron a presidentes democráticamente elegidos, caso de Chile, donde el general golpista Pinochet pasó a sustituir a Salvador Allende. Franco fue consentido por Norteamérica para impedir el avance del hipotético comunismo en Europa. La implantación de la doctrina marxista podía hacer peligrar su 'colonialismo económico'

Otra prueba irrefutable de que se trata de democracias centrípetas, es que el poder sólo se disputa entre dos partidos, lo cual no parece excesivamente democrático. La invasión del Capitolio por las hordas de un Trump, que no aceptó la derrota, viene a corroborar todo lo anterior. Los Estados Unidos han sostenido infinidad de guerras frente a enemigos militarmente muy inferiores como Granada, Somalia, Irak, Afganistán, Vietnam y Corea, entre otros. Esta actitud belicosa no tiene fines democráticos, sencillamente consiste en imponer su dominio mundial o explotar recursos ajenos.

Trump, Groenlandia y Canadá

La pretensión de adueñarse de Groenlandia o incorporar Canadá, son otra evidencia de esta filosofía. La imposición de que los países de la OTAN inviertan el cinco por ciento de su presupuesto en armamento y suministren material bélico a Ucrania procedente de la poderosa industria armamentística americana, es otro síntoma de esta forma de entender las realidades geopolíticas del mundo actual. Siempre con Inglaterra como franquicia europea que no se resigna a ser una potencia irrelevante después de haber sido el mayor imperio del mundo.

Y por eso la invasión de Venezuela, no persigue instaurar un régimen democrático. Es más, los americanos estarían encantados de instaurar un gobierno títere. En este caso se ventilan las fabulosas reservas de crudo venezolano. Y otro tanto se sugiere para Nigeria. La tragedia de todo ello es que la falsa implantación de esta democracia virtual que enmascara intereses económicos, requiere a veces la aplicación de la fuerza y no se repara en las víctimas para que el imperialismo yanqui siga siendo el gendarme del mundo. Es algo tan viejo como la humanidad. Los imperios hacen valer su fuerza, sólo cambia el titular del podio y la brutalidad empleada para conservarlo. 

Tomás Juan Mata pertenece a Urbicum Flumen, la Asociación Iniciativa Vía de la Plata