La campana, el pendón y los Decreta del pueblo son

Voy a continuación con unas sencillas reflexiones, bienintencionadas, suscitadas ante la lectura de los Decreta, digamos que en la Plaza de San Isidoro destacando así lo popular para mayor sabor, marcando futuro con la presencia lectora de niños y jóvenes, retoños vivos, más de la mitad de los lectores se ha dicho, que, tal como entiendo, aportaban marca, condición y futuro en la lectura de los Decreta, precisamente en la mañana del 18 de abril de 2026. Más o menos así lo recogía Juan Pedro Aparicio en la alocución que les dedicó.

Y ahora veamos el porqué asociativo del título. La voz metálica de la campana, instalada incluso en la más humilde de las espadañas de la iglesia del pueblo, de cada pueblo (casi siempre construidas, ad honore, por los lugareños), que con su tañido característico, alertaban a los convecinos de acontecimientos de toda índole, entre lo divino y lo humano, y de esto a destacar la convocatoria a concejo. Un largo entrenamiento de toma decisiones y acuerdos para el común, de hondo arraigo.

El pendón, la gran enseña, connotada con lo religioso, pero con sabor popular definitorio, elevando al viento el crespón, que el pueblo podía seguir, también tenía –¡Y tiene!– la condición de concejil, que hoy gustoso intento recordar, ya sea desde la simple particularidad, ya desde común alzamiento, o desfile bien conjuntados, cuando pasan a tomar el más alto valor, tradicional y representativo del Pueblo Leonés. Nos identifican. Queda así destacado el engarce, que entiendo no es banal.

Las Cortes de 1188 de Alfonso IX de León

Ahora veamos algo sobre los Decreta, poniendo la atención en un 'muy allá', en lo recóndito medieval, en el año 1188, Alfonso IX, un joven rey leonés. ¡Casi un niño! Como gusta decir a Juan Pedro Aparicio con rigor en el dato y agradable firmeza al pronunciarlo, quiere tener a su lado al pueblo, ése cuya estampa más sencilla he querido reflejar en torno a una campana y a un pendón, antes de ser convocado a una Magna Curia. Con naturalidad innovadora, toma la decisión de aproximarlo a “las tareas de gobierno”, lo que nos habla de un rey que, entre otras cosas, quiso con ello buscar fortaleza en el pueblo.

No hablamos de condominio, ni de parlamentarismo, desconocidos entonces, pero sí de pautadas maneras que arrancaban desde el entrenamiento concejil que podían aportar, sensatos ciudadanos elegidos según prácticas de raigambre leonesa, para que con ellos “la toma de decisiones para el reino”, alcanzasen otro cariz. Por supuesto todo partía desde la autolimitación que el propio rey se marcaba. Hoy diríamos: propiciado por el talante liberal con el que se había ido formando.

Nunca, el pueblo había estado en tareas de gobierno. Era lógico desde su más elemental condición de plebe, labrantines, campesinos, artesanos –¡Súbditos, digamos!– sobre los que el monarca medieval tenía dominio pleno. El Rey en la corte, y para sus curias de asesoramiento, contaba con el clero y la nobleza. Y a partir de 1188, y como muestra de compromiso destacable de Alfonso IX, ahí quedó la lección que demasiados historicistas intentaron subsumir, pero que “el mundo” ganó a partir de ese ensayo gubernamental de algo desconocido.

Los hitos se instalan en la historia, pero la interpretación de envidiosos negativismos a cargo de algunos historicistas, damnatio memoriae, son enmascarados. Ni voz, ni estampa.

Ya ha rodado la primera década de la lectura primera. De ella (el 2 de abril de 2017), otra mañana abrileña, intenté dejar recogido todo lo que de novedoso tenía, bajo el título de 'Izando el Pendón con los Decreta'. Con paciencia y empeño, a partir de fotografías del acto y los textos leídos hice una composición cuyo enlace ofrezco:

Agradecido y sorprendido había colaborado en la lectura, que interpreté como una gran deferencia de los organizadores.

Podemos decir que lo de aquella mañana primera, fue un 'ensayo general con todo', de algo que tenían meditado Juan Pedro Aparicio y José María Merino, quienes, con la más sana de la intenciones, marcaban el inicio de un acto popular, que en su entraña llevaba ya la idea de permanencia hasta alcanzar el grado de tradición. También válido como reivindicación de un pueblo onerosamente silenciado. Lo han conseguido. O mejor, pues es para todos, lectores y escuchantes, motivo de orgullo, por ello digamos: ¡Lo hemos conseguido! Hoy nuevas incorporaciones de lectores lo avalan.

Para entonces la Unesco, en 2013, tras el fabuloso esfuerzo de Rogelio Blanco de presentarlo y defenderlo, ya había dejado reconocido que los Decreta estaban en origen del parlamentarismo, pasando a ser Patrimonio de la Humanidad. Este dato causa mella en los exégetas junteros a sueldo.

Ya que no se puede seguir aplastando lo leonés de ese momento histórico, tratan de incorporarlo a los valores con los que quieren marcar dominio para el ente autonómico, con total falta de respeto y fidelidad histórica. No les importa. Pasan el dato a la presidenta del momento, Silvia Clemente, quien se arroga para las Cortes que preside, como consolidación y unitarismo, la herencia parlamentaria de los Decreta leoneses.

Ahí está o continúa el peligro, jóvenes leoneses, lectores o no. No os dejéis marchitar las ilusiones de libertad autonómica leonesa.