'Esperando la carroza' o la vida misma

Tal vez no sepáis que Esperando la carroza, obra cinematográfica dirigida por Alejandro Doria, se ubica en la actualidad –según Filmaffinity– al decimotercer puesto entre las mejores películas argentinas de todos los tiempos y al sexagésimo octavo entre los mejores filmes internacionales de los años ochenta. Vale decir que mientras que en Latinoamérica se estrenó en 1985 los españoles tuvieron que aguardar dos décadas para presenciar su debut en la gran pantalla. Pero a pesar de ello, tanto en España como allende los mares, quienes hemos gozado de esta magnífica comedia de género grotresco estamos convencidos de que se trata de un clásico de culto cuya temática, por más chocante y hasta despiadada que pueda parecernos, nos conduce a reflexionar sobre un sensible aspecto de la vida: la inevitable realidad de hacernos viejos.

Hay algo de cierto: a determinada edad, mientras nos vanagloriamos de seguir ‘vivitos y coleando’, nos cuesta –¡Y cuánto si no!– acoger con espíritu jovial el hecho de entrar en el club de los ‘adultos en plenitud’ (¡Me encanta este eufemismo!).

¿Y por qué nos resulta incómodo aceptar la vejez hasta el punto de llegar a detestarla?

Bueno, tal vez las arrugas y demás defectos propios de la ancianidad nos desalienten más de la cuenta, sobre todo si nos comparamos con la deliciosa imagen de juventud conservada en la foto de nuestros veinte años. Al verla, nos miramos con asombro y llegamos a preguntarnos: “¿Acaso soy yo?”. Sin embargo, más difícil de aceptar es llegar a viejos y ser tratados como cachivaches pasados de moda que, a duras penas, solo sirven para quedarse con los nietos un par de horas al día o para traer el pan del panadero o para cosa por el estilo.

Volvamos, pues, a Esperando la carroza (buen título para este comentario sobre el tema ‘llegamos a viejos nos guste o no’).

En cuanto a la trama, la película inicia con una disputa familiar en la que los hijos de una mujer de ochenta años (Mamá Cora, personaje espectacularmente interpretado por Antonio Gasalla) polemizan sobre quién de ellos ‘debe cargar’ el peso de convivir con la anciana madre, discusión que se torna cada vez más peliaguda hasta llegar a tomar matices muy fuertes. Sucede entonces la imprevista desaparición de la anciana y su denuncia en comisaría, seguida de la noticia de que una desconocida ha aparecido muerta tras haberse arrojado al paso de un tren (a este punto, la absurdidad ‘colma la copa’ cuando los parientes identifican el cadáver por los zapatos que lleva puesto). Y es aquí cuando los personajes se reúnen para esperar ‘la carroza’ (entiéndase el coche fúnebre), desencadenándose una serie de disparatadas escenas que ganan el título honorífico de ‘alabanza a lo esperpéntico’.

Y es que, aun tratándose de situaciones patéticas en grado superlativo, no podemos contener la risa: en cada palabra o diálogo, la gravedad de las circunstancias deviene ligereza y la comicidad vence al drama, eclipsándolo por completo.

Pero si la historia de esta película dedicada ‘a nuestros viejos’ nos hace reír hasta vaciar de oxígeno los pulmones (por fortuna, el humor es el mejor analgésico contra el dolor más resistente), lo dramático, oculto bajo el manto de las carcajadas, saca la cabeza para ponernos en el lugar de aquellos que viven aguardando la llegada de ‘sus respectivas carrozas’.

¿Es posible imaginar esta espera?

Creo que sí. Por ejemplo, cualquier residencia geriátrica podría ser un punto de referencia para imaginar cómo es la vida cuando los años, por ser tantos, pesan más de lo debido. 

Por circunstancias familiares, hace dos años que visito, con cierta frecuencia, uno de estos centros en el que el tiempo ‘juega al pulso’ con la existencia. A pesar del verde jardín –más adorable aún en primavera– y de las modernas y bien cuidadas terrazas e instalaciones, encuentro salas donde hay televisores encendidos que pocos miran –al menos, con atención– y rostros apacibles de miradas perdidas que retan a la intrepidez del ocaso. Algunos de los residentes (esos que aún saben quienes son y donde están) juegan a las cartas, llenan crucigramas o prueban sus destrezas como dibujantes en un libro para colorear. De vez en cuando, los más diestros en locomoción rompen la rutina y salen a dar cuatro pasos por los alrededores, se toman un café en el bar de la esquina y fuman el cigarrillo que algún adicto a los malos hábitos ofreció pensando “te comprendo”. Otros, sin embargo, amanecen y se acuestan soñando con la lluvia ocre que inundará, en breve, el camino por donde llegará una carroza a buscarlos. Esos –¡También ellos!– tuvieron veinte años y el mundo a sus pies, aunque ahora solo esperen y susurren: “Como te ves, me vi; como me ves, te verás”.