Canícula

Descripción de la mentira es un poema de Antonio. Le digo Antonio porque él fue el primero que me leyó con su criterio y me dijo: sigue escribiendo. Búscate un trabajo también. Pero no dejes de escribir. Y ponte a la cola de la oportunidad. Fumaba un tabaco de liar que luego yo retomaría muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento de mi propia esperanza en el mundo. Una decepción que existe ya en ese libro de finales de los años 70, cuando había transición posible y, a la vez, desasosiego en España y, sin duda, también en el alma del poeta. Luego, una década después de aquel primer encuentro en el que yo no tenía más de quince años, cuando publiqué mi primer poemario en Buenos Aires y vine a presentarlo en la casa Panero de Astorga, él me acompañó y me dijo: para un poco, deberías sosegarte. Nunca supe, Antonio, nunca. Tal vez hasta ahora, que la vida me ha obligado a frenar en seco. O, para ser sinceros, ni así. Tampoco. Pero la poesía sigue siendo un ancla, un refugio, un lugar al que volver. Gamoneda es un demiurgo que vive a los pies de nuestra catedral y sabe, como solo los poetas pueden hacerlo, interpretar la música antes que el lenguaje. Es el ritmo el que le lleva al conocimiento, y no al revés. El lenguaje se presenta en su mente de una forma casi abstracta que, por algún sistema casi mágico, traduce y traslada a versos. La escritura poética debería tener ese mecanismo. Por eso, cuando algo no cuadra, las notas se enredan y los versos no fluyen como deben, hasta que un día lo hacen, y el desaliento y el amor, las dos cosas a la vez, cobran sentido. 

La canícula es una palabra que está en uno de los libros más importantes y poéticos de la literatura: Pedro Páramo, de Juan Rulfo. A través de él escribí mi próxima novela y esa frase tuvo, también, un sentido quebradizo que viajó desde México hasta mi valle hace ya unos cuantos años. Pero ahora, esa canícula, ese tiempo de calor deteriorado, se estampa en nuestros días como una alucinación. Y no lo es. Tememos al rayo que no cesa más que a la noche misma, sobre todo si viene cabalgando a lomos de una tormenta seca. Nos destruye la idea de un verano más a los pies de los caballos. Sabemos que nadie podrá defendernos porque no hay manos suficientes, ni prevención, ni experiencia previa. No hay, tampoco, pastores o ganaderos que hayan hecho del monte su pasto apenas. No hay, tampoco, tantas huertas que linden con los límites de los pueblos que podrían ser un hogar calcinado en cualquier momento.

Ayer fue la Noche de San Juan y yo, en medio de la canícula del recién estrenado verano, le pedí al cielo que nos proteja, porque los hombres hace tiempo que han dejado de hacerlo. 

Son épocas feroces en las que, sin embargo, aún hay personas que creen en la poesía y en la lentitud de los bueyes. Hay gente que aún regala flores y se detiene en revisar cuánta furia trae el curso de los ríos que desaparecen. Hay brazos de trabajadores que bregan con las cunetas para limpiar, en lo posible, el combustible del fuego. Hay mujeres que no se rinden aunque las discipline el abandono. Y en esa circunstancia de límite, existe aún una honradez que viste de belleza el camino de lo posible.