Aquel '18 de julio' de hace noventa años en León

Entre el 18 y el 20 de julio de 1936, más los días posteriores, diferentes ojos contemplaron los hechos acaecidos en la provincia leonesa en el golpe de estado que provocó la Guerra Civil Española. Fue un belga, un periodista de nombre Albert t'Serstevens, el primero que escribió como testigo de excepción de lo que estaba sucediendo en León en las horas posteriores al levantamiento militar: “Traen prisioneros (al hotel): empleados del Gobierno Civil y obreros comunistas. Los obreros no se hacen ninguna ilusión sobre su suerte, pero tumbados en el suelo, comparten el tabaco e incluso cuando Marie Jeanne venda a uno que está herido en la cabeza, los otros la piropean. La muerte en España no tiene el mismo sentido que para nosotros, los franceses”.

Aquellos hombres pronto serían carne de rejas y fusil. El periodista extranjero dio testimonio de lo que vio y añadió un comentario valorativo, incluso chovinista. No hay acontecimiento histórico que se preste a un revelado completo de sus luces y sus sombras, ni siquiera cuando el que lo cuenta pertenece al terreno neutral.

Salvo algunos episodios de desaparecidos, es probable que de la Guerra Civil no sepamos ya más de lo que sabemos, aunque siempre existirán interpretaciones muy diversas –y divergentes– del conflicto. La distancia temporal hace por sí sola un buen resumen y nos coloca en la realidad con la debida lejanía. El testimonio narrado por el francés ocurrió en medio de los acontecimientos del 20 de julio de 1936, dos días después de que el levantamiento militar se hubiera producido en muchos lugares de España. En León se retrasó esos dos días.

Fueron los militares, ayudados por grupos poco numerosos de falangistas y otros miembros de derechas los que se echaron a la calle. Y eso que los partidos más conservadores tenían en la provincia escasa militancia.

El ambiente caldeado de antes de la guerra

Pese a no ser León un lugar central de conflictos, los años de la República se vivieron con cierta tensión, un ambiente donde se sentía la presión de fuerzas derechistas frente a los gobiernos de izquierdas, además del bloqueo que ejercía la patronal, las detenciones ocasionales de obreros y líderes sindicales, hasta llenar de rumores los supuestos peligros que corría la República.

Los militares estaban organizados en el regimiento Burgos número 31, que entre la capital y Astorga sumaban 792 hombres. La Guardia Civil en la provincia llegaba a 623 efectivos y la Guardia de Asalto en torno a 180 hombres. Mención aparte merecía la dotación aérea de la Virgen del Camino. Los jefes militares de estas agrupaciones eran proclives a actuar contra el Gobierno de la República, aunque con excepciones.

El 17 de julio por la noche, viernes, miembros de la CNT de León consiguieron algunas escopetas y pistolas y cruzaron disparos con un grupo de falangistas que ya estaban en pleno hostigamiento. No paso de un simple escarceo.

Los mineros asturianos en León

Se ha derramado mucha tinta analizando precedentes, causas y contexto de esta guerra, a la que no le ha faltado ningún ingrediente de violencia, cainismo y fractura social. En la ciudad de León, el mismo 18 de julio llegaron noticias turbadoras sobre varios movimientos militares, especialmente dentro del ejército de Marruecos. Ese mismo día se produjeron varias reuniones de obreros y cabecillas en la Casa del Pueblo, donde se intercambió información y se lanzaron algunas consignas. CNT y UGT pidieron armas al gobernador civil, que se negó a entregarlas. El día transcurrió entre reuniones, discusiones, entrevistas con el gobernador y entradas y salidas de la Casa del Pueblo.

En el cuartel del Cid se declaró el estado de guerra el domingo, día 19, pero esa misma mañana hicieron acto de presencia los mineros de Asturias, hecho que retrasó la ocupación de la capital por parte de los golpistas acuartelados. Se trataba de dos columnas de mineros al mando de Francisco F. Dutor. Los mineros habían venido en ferrocarril (tres mil hombres) y en camiones (dos mil) e hicieron un alto en su camino hacia Madrid. Portaban dinamita y algunas armas cortas. Pararon en León porque pensaban aprovisionarse de armas (fusiles) en la ciudad, pero las autoridades se negaron a satisfacer tal petición. Al no producirse la entrega, los mineros partieron en las primeras horas de la tarde, camino a Benavente.

La ciudad quedaba así despejada de elementos perturbadores, según el criterio de los que pensaban sumarse al alzamiento. Varios dirigentes de izquierdas, como Alfredo Nistal, habían solicitado encarecidamente al gobernador civil, Emilio Francés, que entregara armas a los sindicatos obreros, único contingente capaz de parar el levantamiento. Esa misma noche, el gobernador se negó a entregar las armas solicitadas, decisión que aceleraría la caída de la legalidad republicana.

Con la partida de los mineros asturianos se perdió la mejor oportunidad de tomar el control de la situación, en un momento en el que dentro de los cuarteles se estaba sustituyendo a oficiales fieles a la República por partidarios de la sublevación. La suerte estaba echada.

El 20 de julio, día clave en la ciudad

El lunes día 20 los sindicatos obreros declararon la huelga general. León era una ciudad paralizada donde sólo funcionaban los autobuses, mientras Emilio Francés siguió en sus trece y la mañana fue transcurriendo con reuniones, discusiones y enfrentamientos verbales entre autoridades, líderes sindicales y políticos de izquierdas.

A las dos de la tarde salió a la calle la Guardia Civil, señal para que se sumaran entonces los acuartelados del Cid, que se plantaron ante la sede de la Guardia de Asalto en Torres de Omaña para neutralizarla. Todos portaban armas y se dispersaron por la ciudad. En breve se leería el bando de guerra y, a continuación, se ocuparon por la fuerza puntos estratégicos de la capital: ayuntamiento, telefónica, emisora de radio, plaza de la Catedral. La capital y la provincia estaban paralizadas por la huelga, ambiente en el que el general Bosch, comandante de la XVI Brigada de infantería con sede en León, declaraba el estado de guerra, aunque sobre el terreno el hombre de acción sería el coronel Vicente Lafuente Baleztena.

A los militares sublevados se sumaron miembros y simpatizantes de la CEDA y Renovación Española, además de tradicionalistas y falangistas, grupos que en poco tiempo multiplicaron su número de simpatizantes. El capitán Moral, provisto de mortero y ametralladoras, se acercó a la sede del Gobierno Civil y su titular, Emilio Francés, se entregaría sin oponer resistencia. Casi simultáneamente fueron detenidos el presidente de la Diputación Provincial, el delegado de Campsa, el director del matadero municipal, varios militares leales al Gobierno (entre ellos, tras ametrallar a primera hora de la tarde el Gobierno Civil, al capitán Juan Rodríguez Lozano), guardias de asalto que habían sido partidarios de la legalidad vigente, dirigentes sindicales y algunos políticos de izquierdas.

Consiguieron huir Alfredo Nistal (PSOE-UGT), Laurentino Tejerina (CNT), el capitán Calleja, el teniente Emilio Fernández y otros más. Se ha querido ver en estas fugas una traición más o menos velada. Las intenciones y los hechos pueden interpretarse desde muchas ópticas, aunque la mayoría sólo quería salvar el pellejo propio, sobre todo los señalados. Algún dirigente de izquierdas llevaba barruntando un golpe militar desde febrero de ese mismo año, especialmente tras haber sufrido prisión por los hechos revolucionarios de octubre de 1934, convencido de que el precio de su vida subía por cada minuto que transcurría.

Quedaban como último reducto los alrededores de la Casa del Pueblo, donde los disparos de ametralladora ordenados por el teniente Revuelta fueron poco a poco disuadiendo la resistencia obrera. Un grupo de falangistas y guardias civiles acabaron también con el núcleo de obreros que se habían atrincherado en San Marcos. La capital había caído en muy pocas horas, resultando que en la llegada de la noche no había ya ni intercambio de disparos.

Regreso de los mineros

Sin duda se produjeron confusiones y equívocos, cómo no, en un ambiente tan caldeado. La inmensa mayoría de los leoneses se fue a la cama sintiéndose incapaces de comprender las dimensiones de un conflicto que acababa de empezar. Aquellos mineros asturianos que fueron engañados por el coronel Aranda en Oviedo regresaron a León, e intentaron tomarla el día 23 de julio por la mañana, pero ante el fracaso partieron hacia sus lugares de origen.

Después de los disparos llegaron los problemas de abastos, suministros y el mantenimiento de un orden militar impuesto. De ello se tuvo que ocupar Enrique González Luaces, alcalde provisional tras la destitución de Miguel Castaño. También hubo registros domiciliarios, la mayoría infructuosos. El temor fue el sentimiento dominante entre los leoneses, temor a la incertidumbre, a las listas de detenidos que crecían por momentos, a los rumores sobre fusilados; también a la falta de entendimiento entre militares y falangistas, como lo constataba el cese y posterior ostracismo de Luis González Roldán.

Los últimos días de julio

A finales de julio las noticias más pesimistas venían del Alto del León, de hecho, el 6 de agosto saldría una centuria de falangistas leoneses hacia el frente de Guadarrama. El general Mola había planteado que Madrid era el objetivo a conquistar, pero Madrid aguantó. Luego llegaría una guerra larga, una guerra metódica por parte de los sublevados, lenta y de exterminio, bajo lemas que aclamaban la unidad de la patria y la fe católica, frente a una República de ateos, separatistas y masones. La propaganda del relato y el pensamiento extremo ocupaban un amplio espacio en el sentir de los leoneses.

Los historiadores coinciden –no hay unanimidad absoluta– en que aquella república tuvo desaciertos y poco tacto en según qué reformas, aunque supusiera un buen intento en la Historia de España de solucionar conflictos y desequilibrios que se venían arrastrando desde siglos atrás. Tuvimos un nefasto siglo XIX y un reinado de Alfonso XIII que ahondó en los problemas hasta desquiciarlos; aquella multicausalidad explica esta compleja guerra civil.

Situación de la provincia leonesa

En las zonas agrícolas de la provincia, el ambiente mayoritario se inclinó pronto hacia el levantamiento militar, ayudado por falangistas y algunas 'gentes de orden': alcaldes, caciques, propietarios de latifundios, miembros del clero…

También hubo espontáneos que tomaron la justicia por su mano, rapando cabezas o haciendo que sus víctimas tomaran aceite de ricino. Obviamente fueron detenidos los dirigentes locales de izquierdas. Así cayó La Cabrera, El Páramo, Tierra de Campos y zonas de Valencia de Don Juan y Valderas, con la sustitución inmediata de muchos alcaldes.

En Astorga, tras la iniciativa de un batallón acuartelado de 319 hombres y una agrupación de la Guardia Civil, se inclinó la balanza a favor de los sediciosos, que pronto dominaron el territorio. También llegaron los mineros asturianos de vuelta a su provincia, al comprender que el coronel Aranda les había tendido una trampa para adueñarse de Oviedo. Hubo intercambio de tiros, pero finalmente los mineros se retiraron y ocuparon las calles de la ciudad maragata la Guardia Civil, falangistas y militares. El alcalde Miguel Carro Verdejo, socialista, fue detenido al poco tiempo del inicio del conflicto y fusilado el 16 de agosto.

Los obreros de La Robla consiguieron defender El Rabizo unos días, luego se replegaron hacia Pola de Gordón.

En Veguellina de Órbigo se detuvo al cura párroco y el pueblo permaneció una semana en manos republicanas; fue el que más tardó en caer de su comarca.

En El Bierzo, zona de asiento de proletariado minero que estaba bastante organizado, se produjeron algunas reuniones entre autoridades y cabecillas obreros. Pero la Guardia Civil de Ponferrada, a la que se unieron la de Villafranca del Bierzo y Villablino, consiguieron declarar el estado de guerra.

El día 21 de julio, los sublevados bercianos recibieron apoyos desde Lugo y cayeron definitivamente Villafranca y Cacabelos. El mayor choque de fuerzas se produjo en Ponferrada, donde el capitán de la Guardia Civil, Ramón Losada, declaró el estado de guerra en la ciudad. Tuvieron lugar algunos combates, hasta que el regimiento procedente de la vecina Galicia decantó la situación a favor de los golpistas.

A partir de ese momento, se puso en marcha una operación de limpieza, al tiempo que los sublevados ocuparon las localidades de Murias de Paredes, Bembibre, Páramo del Sil, incluso La Robla, consiguiendo una línea de consolidación que pasaba por Riaño, Boñar, La Vecilla, La Magdalena, San Emiliano y Leitariegos.

Se produjeron detenciones en las zonas que iban cayendo, con episodios más o menos violentos; prisión, algunas rapadas de cabellos como escarmiento público y otras humillaciones. Se verificó un cambio de autoridades locales y un giro en los acontecimientos. Consolidado el golpe militar, la victoria de este bando se iría fraguando a medida que avanzaba la guerra.

El norte de la provincia limítrofe con Asturias se mantendría en pie hasta abril de 1937. Los últimos puntos consiguieron mantenerse esa primavera: Cármenes, Barrio de la Tercia, Villanueva de la Tercia, Golpejar... El resto de la zona Norte de España que había permanecido fiel a la República fue cayendo de forma progresiva bajo el poder del bando de Franco, cabeza visible de la sublevación desde su nombramiento como Generalísimo: Bilbao cayó el 19 de junio de 1937; Santander, el 24 de agosto; Gijón, último punto del frente Norte, el 21 de octubre.

Miedo y silencio

En España se instaló el miedo. Y en León el miedo y el silencio, mientras la república se diluía entre discusiones partidistas, revoluciones internas, pérdidas de terreno, indisciplina y exilio. Las consignas que se fueron imponiendo en el bando ganador puede que fueran acompañadas de miradas atónitas, pero no se discutían: limpieza total, depuraciones masivas y exterminio del enemigo. Llegó entonces la extensión de un páramo de luto, pobreza, miseria, temor a alzar la vista, docilidad y sumisión.

Decía Pascal que la sociedad acabará por valorar de modo especial a las víctimas y por tanto desconfiará de los héroes. Y tal vez tenía razón. Aquel sueño heroico del Glorioso Movimiento Nacional de 1936 ha sido hoy reemplazado por las víctimas, por los victimismos, después de tantos años ocultos tras el silencio oficial de los héroes que protagonizaron aquella atrocidad. Escribe David Uclés en La península de las casas vacías que el golpe del 18 de julio apareció en forma de hidra, aunque luego el monstruo tuvo una sola cabeza durante casi cuarenta años.

Bueno es recordarlo.

Sucedió hace noventa años.