Emilio Menéndez Pallarés, la fuerza de la palabra

Emilio Menéndez Pallarés representa al hombre público que usó como nadie la transmisión oral; aunque dejó poca obra escrita (actas, artículos y conferencias), lo que le ha hecho invisible a ojos de los historiadores de la Restauración. Parece cierto que las palabras se las lleva el viento, aunque la suyas fueron estiletes bien afilados en un mundo de injusticias sociales. Nació Emilio Pallarés en León, en 1866, cuando el reinado isabelino estaba a punto de precipitarse por el barranco de la corrupción y el desgobierno. 

León, pueblo conservador por costumbre y larga tradición, ha tenido, sin embargo, un puñado de voces de progreso, todas punteras, como fueron los casos de Azcárate, Villapadierna, Sierra Pambley, Arriola, Ordax Avecila y, por supuesto, Menéndez Pallarés.

Pallarés obtuvo el doble doctorado en Filosofía y Letras y en Derecho, en la Universidad Central de Madrid, donde primero fue profesor de Historia Natural y luego catedrático de Metafísica, puesto que abandonó para ejercer la carrera de abogado. Fue un discípulo de Nicolás Salmerón, aunque le gustaba más el litigio y la confrontación que la impartición de conocimientos. En la abogacía fue famoso por el impacto mediático de los casos que llevó.

El brillante abogado

Emilio Pallarés, en la cima de su madurez profesional, defendió al periodista José Nakens, cuando éste, en 1906, fue acusado de esconder al anarquista Mateo Morral, autor del intento de asesinato a Alfonso XIII, en el día de la boda del rey con Victoria Eugenia de Battenberg. Nakens era por entonces un afamado periodista, activista republicano y cuajado anticlerical. Se le acusaba de haber dado cobijo al regicida Morral en la redacción del semanario satírico El Motín, donde aquel trabajaba de redactor y director. Tras el fallido atentado, el frustrado magnicida consiguió escabullirse y fue en busca de Nakens, a quien confesó su acto terrorista. El periodista le buscó un escondite en casa de un tipógrafo de la redacción, hecho por el que sería encausado. 

En el juicio, Pallarés hizo intervenciones brillantes al sembrar dudas sobre el supuesto encubrimiento del periodista, sin embargo, pesaba sobre Nakens un abrumador antecedente, pues en 1897 también había recibido la visita del anarquista italiano Angiolillo, días antes de que aquel atentara mortalmente contra Cánovas del Castillo. José Nakens fue condenado a nueve años de prisión e ingresó en la cárcel Modelo de Madrid, desde donde denunció en varios artículos las condiciones infrahumanas que vivían los presos. Menéndez Pallarés debió de ser el correo de los escritos en sus visitas carcelarias. El resultado fue que aquellos artículos tuvieron tanto impacto social que obligó al Gobierno de Maura a indultarle, saliendo de la cárcel a los dos años, en 1908.

Intervino en otro caso mediático el abogado leonés, en el apuñalamiento de un labriego de Quintanar de la Orden por parte de un vecino, por disputas de tierras, lo que le permitió disertar en el estrado sobre el injusto reparto de la propiedad rural en España. 

En el proceso que siguió a la huelga revolucionaria de 1917 defendió Menéndez Pallarés a los líderes procesados, mostrando con la toga sobre los hombros una enorme empatía con la clase trabajadora organizada e idealista. Además, redactó el alegato de defensa de los acusados en el proceso (Largo Caballero, Prieto, Anguiano…), todos ellos condenados, aunque años después fueron elegidos diputados.

Ideólogo más que político

Su primer acto público fue en un mitin en León, en 1884, con dieciocho años, donde presentó a Emilio Castelar. Pallarés fue fundador de la Juventud Federal Republicana y expuso el programa del Partido Republicano Federal en 1894. Se sentía más ideólogo que político, más portador de ideas que activista de la puesta en práctica.

La corriente federal del republicanismo, seguidora de Francisco Pi y Margall, tenía comité en León y contaba con el industrial Joaquín Alonso Salvadores y el médico de Armunia Juan Antonio Nuevo. El republicanismo que respiró Emilio Menéndez Pallarés sostuvo la organización política más dinámica en León en el último cuarto del siglo XIX, hasta que los merinistas (capitaneados por el yerno de Sagasta, Fernando Merino) dieron un zarpazo al cambiar de siglo y se hicieron con el control de la vida local; incluso Gumersindo Azcárate perdió el escaño en favor del influyente Merino.

Pallarés, junto a Miguel Morán, Labra, Azcárate y otros, había apoyado la Fusión Republicana de 1897 acordada en Madrid entre los posibilistas (Castelar) y los centralistas (Salmerón). En León esa unidad se produjo dos años más tarde. Azcárate redactó el programa que fue aceptado por ambas fracciones, pero el republicanismo perdía fuelle en León, pues los obreros comenzaban a pasarse a las agrupaciones socialistas, aunque todos tenían un enemigo común: Fernando Merino, un político del bipartidismo dinástico y figura casi intocable.

El salto al Congreso

La toga y sus méritos ante los tribunales condujeron a Pallarés a la política activa, tras el fogueo que había experimentado en León. Su primer paso había sido el federalismo de base republicana, luego se afilió a la Unión Republicana, junto a los líderes indiscutibles del proceso: Salmerón, Azcárate y el doctor Esquerdo. El siguiente paso fue saltar al ruedo electoral. Tras algún fracaso de principiante, salió elegido diputado por Valencia en 1903, de la mano de Vicente Blasco Ibáñez. En aquellas campañas usó el poder de la palabra como nadie. Sus dotes de orador estaban a la altura de las de Pablo Iglesias, Alejandro Lerroux y Melquiades Álvarez. En la legislatura 1903-1905 sacó el escaño por Valencia con 7.846 votos (uno de cada tres votos emitidos), mejorando los resultados en la legislatura 1905-1907.

Vivía en Madrid, pero siguió colaborando en la prensa leonesa, en El Campeón y La Democracia, además de tomar parte en las campañas en favor de una sociedad civil y laica, con separación de Iglesia y Estado. En 1909 suscribió La Conjunción Republicano-Socialista, que llevaría un año después a Pablo Iglesias al primer escaño de base obrera en el Congreso. Bajo esa unión intentó Pallarés ser diputado en 1918, quedando a las puertas de conseguirlo. 

Hizo uso de la palabra en cada acto en el que participó, a veces como telonero de Blasco Ibáñez o Benito Pérez Galdós. Pronunció un improvisado panegírico ante la tumba de Salmerón, su maestro, que había fallecido en Pau (Francia), aunque sus restos fueron trasladados al cementerio civil de Madrid, lugar elegido como descanso por otros muchos como Pi y Margall, Gumersindo Azcárate, Figueras, Giner de los Ríos, Miguel Morayta, Luis Simarro y tantos otros librepensadores. 

Grado 33 de la masonería

El ideario masónico también atrapó a este ilustre leonés, llegando a lo más alto en el escalafón. La masonería que dirigió Pallarés mantenía en el orden político la fe representada en el lema Libertad, Igualdad, Fraternidad, credo liberal y democrático incompatible con cualquier dictadura, tiranía o despotismo, por tanto, manual de una elevación moral y amplitud de miras, crítica y combativa con el modelo canovista basado en la oligarquía y el caciquismo. En el orden social denunciaba la explotación del hombre por el hombre, tratando de romper el desequilibrio entre opulencia y ocio en un extremo, y miseria con explotación laboral en otro. En el orden económico luchó contra los principios del capitalismo que asentaban la injusticia social entre clases.

En los comienzos del siglo XX sobraban argumentos a los masones para tomar posiciones en la vida pública, pese a que sus estatutos hablaban de apoliticismo. Muchos de los masones hicieron política de partido, porque el objetivo final era el advenimiento de un régimen de justicia social y fraternidad, resultando muy atractiva la lucha política. Tras la crisis nacional de 1898, la rama masónica que aglutinó el mayor número de logias fue el Gran Oriente Español (GOE) de Miguel Morayta. No hay que olvidar que a la masonería se la tachó desde varios círculos de opinión como responsable de la pérdida de las colonias y del retroceso finisecular, tratando de buscar en ella el chivo expiatorio de la conmoción social que supuso la pérdida de un imperio tras cuatro siglos de hegemonía. 

El 11 de junio de 1901 era elegido Emilio Menéndez Pallarés Gran Maestre Presidente del Consejo del GOE, sustituyendo a Morayta. Con el flamante líder tuvo lugar una reforma de la Constitución de esta obediencia masónica, recibiendo en 1903 personalidad jurídica como una asociación pública y legal. El GOE adoptaría a partir de ese momento un modelo de organización federal.

¿Influyeron las ideas de Pallarés en el nuevo rumbo de la masonería? Como buen ideólogo que era, probablemente sí. Sabemos que recayó el poder legislativo de la masonería en una asamblea de representantes de sus logias, reuniéndose todos los años en su sede federal para marcar el rumbo de la francmasonería española. 

Los altos cargos y los grados más bajos (aprendiz, compañero y maestro) quedaban unidos por un pacto de solidaridad. El 30 de septiembre de 1904 sucedió a Menéndez Pallarés en el cargo de Gran Maestre el también diputado a Cortes José Marenco. Mandato corto el del leonés, pero efectivo en su revitalización, a la vez que se ponían las bases para una masonería descentralizada y autonomista, con entidades federadas de base regional. La Regional del Noroeste, con Galicia, Asturias, León y Santander llegó a tener al final de los años veinte catorce logias y ocho triángulos, dos de ellos asentados en León y Astorga, respectivamente.

Los masones leoneses quisieron homenajear a su paisano y en 1928, tras décadas de inactividad, varios hermanos procedentes de diferentes lugares constituyeron el triángulo Libertad. Un triángulo era –con menos de siete miembros activos– la estructura masónica más pequeña. Lo formaron Pío Álvarez, José Mollá, Eustasio García, y José Iglesias. Pronto fueron captando nuevos miembros y pudieron constituir la logia Emilio Menéndez Pallarés, en honor al que fuera republicano y masón leonés. 

Llegaron a ser once miembros en el cuadro de la logia: varios empleados, un maestro de escuela, un industrial, un abogado, un inspector de educación, un contable… Sus nombres simbólicos representan una huella de sus pensamientos e ideales: Adimanto, Bécquer, Ariel, Libertad, Salamanca, Víctor Hugo, Roger, Pablo Iglesias, Goethe, Cervantes, República...  

El discurso de las ideas

En 1899, Pallarés pronunció una conferencia en el Círculo de la Unión Mercantil e Industrial de Madrid. Se trata de uno de los documentos escritos que se conservan de él, pues su contenido fue editado un año después. En él dejaba constancia de sus convicciones. Fue aplaudido en numerosas ocasiones a lo largo del acto, pues trató de mostrar de forma sincera la situación de España tras la crisis de 1898, tema de palpitante actualidad durante aquella época. Para Pallarés, España era una nación atribulada al asomar el siglo XX. Se imponía, por tanto, la necesidad de un programa y una práctica política nuevos, “asemejando a las cataratas del Niágara, arrojando ideas y programas regeneradores sobre la opinión (pública) y sobre el Gobierno”. 

España tras la pérdida de la guerra y las últimas colonias sufre –decía– una suerte de diluvio universal, donde parece que sólo se salvan La Gaceta del Estado (boletín oficial) y el Gobierno de Francisco Silvela con su mayoría parlamentaria. Pero ambas cosas –añadió– sólo perpetúan una vieja administración y sus corruptelas, una organización viciosa del Estado con sus caciques y su política falaz. Pallarés criticó duramente que nada hubiera cambiado el fondo del sistema político vigente. 

Para regenerar –advirtió– se necesita concretar la voluntad de una nación, siendo la crisis de España un problema de acción y de procedimiento. Mientras el país está parado, el Estado sigue padeciendo una “monomanía de grandezas”, donde los liberales y conservadores asientan la esperanza de reconstrucción en la Iglesia y el ejército, más que en la escuela y el trabajo, una política dirigida por ministros de Fomento neófitos y una falta de equidad en los impuestos que pagan los españoles, mientras se deterioran los servicios públicos y no hay una reposición de riqueza, trabajo y crédito a las empresas. 

La partitura que expone este leonés crítico parece tener reflejos en la actualidad y seguramente es extrapolable a las grandes crisis institucionales. 

Menéndez Pallarés sostuvo ante un auditorio de industriales y comerciantes madrileños que reformar los Presupuestos Generales del Estado era la síntesis de la obra regeneradora, además de reorganizar el Estado con una legislación sincera y una política honesta, donde la prosperidad llegara a través de la cultura y el trabajo. “Hoy (1899) la política es hipócrita, sofística, maquiavélica”. En su lugar debería de existir –argumentaba– una estricta división de los tres poderes del Estado, sin interferencias, con honradez y moralidad de Gobierno, diputados, senadores, jueces y funcionarios. Habría, entonces, que desterrar un modelo donde los partidos que no representan un ideal y un programa, sino sólo una perspectiva egoísta: negra si están en la oposición; rosa si están en el Gobierno. 

Entendía Pallarés que los políticos del turno canovista practicaban un doble rasero: buscaban el apoyo popular cuando caían del Gobierno, pero se desentendían de la opinión pública cuando subían a él, “como el viajero que se despide del mozo de cuerda que le lleva la maleta a la estación”. Se necesita con urgencia –sostenía– reorganizar los servicios públicos, simplificar la Administración, transformar el Presupuesto y reducir en más de cien millones el gasto anual del Estado. Eso era lo urgente. 

Luego debería de venir –auguraba– la desaparición de la figura de un rey que no conoce a su pueblo sino a través de informes ministeriales; también la desaparición de unas Cortes inútiles que sólo son la prolongación del Gobierno de turno, un poder legislativo sin dominio propio que se reduce a debates ruidosos y oratoria brillante, burlando al país.

Una llamada a la insumisión tributaria

Aprovechando el marco de aquella conferencia en el Círculo de la Unión Mercantil e Industrial, Menéndez Pallarés buscó dar cabida a la búsqueda de soluciones por parte de la Comisión Permanente de las Cámaras de Comercio, que se había reunido en Zaragoza y proyectaba una nueva reunión en Valladolid. El comercio –añadía– es el punto en el que se concreta la solidaridad de los diversos intereses nacionales, un espacio de convergencia en las relaciones sociales y la circulación de la riqueza, por eso propuso a sus escuchantes convertirse en la base de una España honrada que progrese y trabaje.

“Las Cámaras de Comercio, que son la España real, tienen que destruir la España oficial, quemar los materiales y hacer una España oficial nueva”. Ese protagonismo sería para el conferenciante la base de una reforma de la Constitución y la apertura de unas nuevas Cortes Constituyentes. Sólo así –a su juicio– se desmontaría la maquinaria oficial del Estado.

¿Qué pasos se habrían de dar, entonces? A su entender, el protagonismo de una mayoría social supondría el respaldo firme de cinco o seis millones de españoles que constituían el verdadero motor económico y social de España. El país tenía en aquel momento 16 millones de habitantes, pero, descontando mujeres, menores, sectores improductivos y analfabetos, la verdadera fuerza del voto estaría en esa media docena de millones. Una minoría activa, unida y organizada que, evitando la violencia, expresaría una voluntad firme como nación, hasta el punto de no retorno al convertirse en fuente legítima de poder.

¿Y cómo forzar el cambio? Según Pallarés, con el retraimiento concertado del pago de impuestos y tributos, hecho que provocaría una ruptura entre contribuyentes y Gobierno. Seguramente el presidente Silvela diría que se trata de un delito, pero al leonés le salió la vena de abogado y discutía con argumentos de Derecho que ese retraimiento de seis millones de españoles se convertiría de facto en un referéndum, la aprobación plebiscitaria de una pretensión nacional, ante la cual ningún Gobierno podría sostenerse. 

Desobediencia civil, insumisión tributaria y ausencia de violencia en el cambio. Porque él sostenía que, si el pueblo se vuelve contra una ley injusta y corrupta, ésta pierde fuerza y cae. Toda ley obliga al asentimiento de la mayoría, si no, no es válida.  

El ideólogo de un programa antisistema y el perspicaz abogado que sabía buscar las grietas a la ley impuesta, se unen en la exposición de argumentos. El retraimiento de impuestos tendría para él la misma fuerza que una huelga general, crisis pasajera que llevaría a una reorganización democrática del Estado, respaldada ahora ya por el 60% de los votos tras celebrar unas elecciones generales.

Convencido de que España pedía un cambio en su legislación constitucional, exigió ante su auditorio de industriales y comerciantes cambiar leyes y costumbres, mediante unas Cortes Constituyentes que separaran el pasado y el porvenir. Esa convocatoria –añadía– nunca la harán los partidos dinásticos, pero sí la puede forzar millones de votos, al frente de los cuales estarían personas de prestigio fuera de la política de partidos, dispuesta a garantizar neutralidad, desarme del caciquismo y supresión del encasillado, para desterrar las mentiras de las urnas de las últimas décadas, porque “hoy (1899) en España vota uno por todos y vota por todos los españoles el Ministerio de Gobernación”.

Propuesta final

“Tribuno irresistible por su capacidad argumental”, eso demostró ser Pallarés en la transcripción de esta conferencia. En pocos textos se resumen de forma tan condensada los vicios del sistema canovista y una propuesta concreta de cambio real. El abogado, el republicano y el ideólogo se hermanan en esta conferencia, atrayendo a una masa de comerciantes, industriales y técnicos del sector, acaso indiferentes a la política, a la regeneración del país y al ejercicio de un examen de conciencia social, para que los españoles que él considera honrados acabaran con “la raza pecadora de los políticos de oficio”. 

Alumbró un camino para ennoblecer la política y convertirla en servidora del interés público, sacar de la indiferencia a las llamadas clases neutras, asociarse para crear corrientes de opinión y conciencia pública, huir del fatalismo y regenerar: “La regeneración no viene a los pueblos, se la atrae; no se la espera, se la busca”.

Muchos de los argumentos esgrimidos por Emilio Menéndez Pallarés, después de más de un siglo, siguen de palpitante actualidad: la regeneración pública, la utilidad de la política, la fuerza de la sociedad civil, la reorganización del Estado, incluso la reforma constitucional. Pallarés dio una lección de vida pública, aplicable a cualquier sociedad que necesita cambiar para mejorar su presente.