'Arriba Tutto': las buenas intenciones

Aunque parezca una perogrullada, las buenas intenciones no tienen por qué ser algo intrínsecamente positivo. Esa es la magia de las palabras, su capacidad para expresar algo y su contrario según se mezclen entre ellas, se pronuncien con un determinado tono o se apliquen a una idea concreta. En este contexto de análisis de una obra, decir que el autor ha tenido buenas intenciones lleva implícito que el resultado final no ha sido acertado, pesa más el significado de la palabra intención que el de buena. Porque intentar no es conseguir, es únicamente pretender o perseguir pero sin llegar a los objetivos, es quedarse a medio camino. Y estaremos de acuerdo en que nada bueno se ha hecho nunca sin entusiasmo, en que las buenas intenciones son mejor nada, pero también en que suelen ser el preludio de una pequeña derrota. Las buenas intenciones sin el suficiente talento o acierto son muy honorables y hasta conmovedoras, pero anuncian una obra fallida. Y eso es lo que nos encontramos en la cinta de José Mota, una romántica pretensión de emocionar a toda la familia que peca finalmente de cierta y empalagosa simpleza.

Arriba Tutto sería el resultado de mezclar en una misma e improbable pócima unas cuantas dosis del Cinema Paradiso (1988) de Giuseppe Tornatore, el Ser o no ser (1942) de Ernst Lubitsch y El gran dictador (1940) de Chaplin con una gran cantidad de aquella edulcorada poesía que desprendía La vida es bella (1997) de Benigni, quizás su más evidente referencia. Todas estas fuentes de inspiración son visitadas en esta película que fija su marco histórico en la Guerra Civil Española para hablarnos del poder de la risa y el amor en tiempos de guerra, de la comedia como última barricada contra la sinrazón y la violencia, como el más eficaz de los instrumentos intelectuales para ejercer la crítica y la resistencia.

Lo que ocurre finalmente es que el loable discurso que esconde la película es contado desde un pueril y excesivamente enfatizado punto de vista, con algunas escenas o frases de diálogo que desprenden la misma y artificial ternura que cabe en un eslogan navideño. Hay mucho corazón en esta fábula, mucho amor por los personajes y por una historia que Mota lleva mimando desde hace tiempo. Eso es lo mejor, su entusiasmo a prueba de cinismos adultos, su alma de niño latiendo en cada minuto de metraje. Pero también sus mayores carencias residen en esa misma e irritante ingenuidad que respira el filme. La pureza y credulidad infantiles no tienen por qué ser sinónimos de superficialidad.

Ya saben, son niños, no tontos.