'El anillo de Eloísa', de Marta Robles

¿Esta novela trata sobre un anillo que es una reliquia laica útil para medir el tiempo de verdad?

Es de justicia reconocer la versatilidad narrativa de Marta Robles. Acostumbrados a su solvencia en las lides de la novela negra –donde ha demostrado con creces un dominio notable del pulso dramático y de los mecanismos del thriller contemporáneo–, y a sus oportunas incursiones ensayísticas sobre la fenomenología del amor en la historia o la psicología afectiva, la autora madrileña vuelve a descolgarse de los moldes genéricos para adentrarse en los dominios de la ficción de amplio aliento. Lo hace con El anillo de Eloísa, una propuesta de hondo calado que la sitúa, sin complejos ni artificios, en la estela de esa estirpe narrativa hispanoamericana que conecta directamente con la Isabel Allende de La casa de los espíritus, el universo aromático de Laura Esquivel en Como agua para chocolate o el retablo mítico de Gabriel García Márquez en Cien años de soledad. 

La arquitectura de la novela sostiene su compleja trama genealógica a través de un recurso tan clásico como eficaz: un objeto vertebrador que funciona como una auténtica reliquia laica (el uso de un objeto físico con carga simbólica y afectiva que funciona como una reliquia laica –un fetiche narrativo que sustituye lo sagrado por la memoria, la identidad o el trauma– es un recurso estilístico brillante para estructurar el tiempo y conectar a distintas generaciones, como bien nos demostraron los objetos cargados de memoria frente al horror de la Shoá en El comprador de aniversarios de Adolfo García Ortega, y el diario personal que vehicula la rteama de El diario de Edith, de Patricia Highsmith). 

Este anillo, lejos de constituir un mero pretexto argumental, opera como un amuleto terrenal que atraviesa las décadas cargado de secretos, pasiones soterradas y memorias heredadas, logrando engarzar los avatares de varias generaciones mientras actúa como espejo del irremediable paso del tiempo. Sin embargo, lo más estimable del libro no estriba únicamente en su ambientación o en la solidez de su árbol genealógico, sino en la acertada modulación del tono. Robles esquiva con maestría la gravedad grandilocuente que suele aquejar a este tipo de sagas mediante un sabio y equilibrado contrapunto entre el humor y la sensibilidad. La hondura emocional con la que están trazados los personajes femeninos se ve constantemente oxigenada por un soterrado e inteligente sentido de la ironía, evitando el peligro del melodrama costumbrista y dotando al relato de una frescura y un ritmo envidiables. 

De hecho Marta Robles teje con maestría una trama intergeneracional que recorre más de un siglo de la historia de España –transitando hábilmente desde la antesala de la Guerra Civil, pasando por las estrecheces del franquismo, los vertiginosos cambios de la Transición y el 23-F, hasta los años noventa y los albores de la época contemporánea– a través del espacio geográfico y emocional en el que se cruzan cuatro generaciones de mujeres de una misma estirpe que comparten no solo las mismas cargas, sino un idéntico nombre de pila: Eloísa. El argumento gravita en torno al secreto familiar y al destino trágico o silenciado de estas matriarcas e hijas, cuyos dilemas morales, renuncias y pasiones son desvelados paulatinamente a medida que el objeto titular –esa joya convertida en auténtica reliquia laica y vehículo de la memoria compartida– pasa de mano en mano advirtiendo que determinadas verdades solo pueden revelarse cuando el tiempo madura. El trazado de las cuatro Eloísas conforma un deslumbrante retrato social sobre la identidad, las convicciones impuestas y los abusos de poder, donde la voz narrativa demuestra haber aprehendido las constantes de la gran saga familiar para proyectar sobre un tiempo histórico complejo la peripecia íntima de unas figuras inolvidables, combinando la precisión analítica de la intriga con una calidez humana de hondo calado dramático. 

Y es que el deslumbrante elenco de personajes de esta novela tiene su verdadero corazón en la formidable estirpe de sus personajes femeninos, articulada a través de cuatro generaciones de mujeres que comparten no solo el mismo nombre de pila, sino una compleja herencia de pasiones, renuncias y resiliencia. 

Desde la matriarca primigenia –garante del secreto y custodia de las estrictas convicciones del honor tradicional– hasta las Eloísas intermedias y la más joven de la saga, la trama ofrece una radiografía fascinante de la evolución sociológica de la mujer en la España del último siglo, donde cada una de ellas debe batirse entre la dictadura de las apariencias y la búsqueda de su propia identidad. Destacan de forma soberbia figuras como la indómita Carolina, encarnación de la rebeldía visceral frente a los mandatos patriarcales, cuya voz y destino desafían las ataduras de clase y conveniencia; mientras que los personajes masculinos –desde el patriarca autoritario hasta los amantes que suscitan la discordia– actúan como el contrapunto perfecto sobre el que se proyectan los abusos de poder y los dilemas morales de cada época. En este tejido humano de hondura psicológica y sutil matiz irónico, Marta Robles demuestra que el verdadero valor de la joya transmitida no reside en su materia, sino en la memoria compartida y en la dignidad inquebrantable con la que sus heroínas logran tomar las riendas de su propia historia.

Desde el rigor del análisis crítico y la teoría de la literatura contemporánea, El anillo de Eloísa se sitúa exactamente en la fértil encrucijada donde convergen la saga genealógica de matriz hispanoamericana y la novela de memoria sociohistórica española del siglo XX (donde se inscribe junto a La forja de un rebelde de Arturo Barea, Réquiem por un campesino español de Ramón J. Sender, Cielos de barro de Dulce Chacón y El tiempo de las lluvias de María Fernanda Santiago Bolaños, etc). En el esquema general de las corrientes narrativas actuales, la obra se incardina dentro del renovado panorama de la ficción familiar del siglo XXI, dialogando de manera explícita, como ya hemos dicho, con el realismo mágico y la estirpe torrencial de Gabriel García Márquez en Cien años de soledad, la frondosidad gótica y repleta de sensibilidad de Isabel Allende en La casa de los espíritus, y el universo de pasiones sensoriales cotidianas acuñado por Laura Esquivel en Como agua para chocolate. Asimismo, la novela se nutre del aliento satírico y la libertad expresiva de Alfredo Bryce Echenique en La vida exagerada de Martín Romaña, de donde Robles extrae un sentido del humor impregnado de ternura e ironía para desmitificar la gravedad trágica del melodrama tradicional.

Pero formalmente, la obra opera mediante la técnica de la focalización múltiple e intergeneracional sostenida por un motivo estructurante –el anillo como fetiche–, un recurso de filiación simenoniana y emparentado con la tradición del objet trouvé que cohesiona el tiempo histórico transcurrido desde la Guerra Civil hasta la democracia contemporánea. En el marco de la trayectoria de Marta Robles, el libro marca una síntesis madura y singular: la autora asimila de forma transversal los mecanismos procedimentales y el pulso del suspense labrados en su narrativa negra –en la saga del detective Tony Roures (A menos de cinco centímetros, La mala suerte, Amada Carlota)– y la lucidez sociológica de sus ensayos sobre la fenomenología del amor y la historia (Pasiones carnales y también Lo que la primavera hace con los cerezos). De este modo, El anillo de Eloísa queda críticamente posicionada en el canon reciente como una pieza fundamental de la Saga de la Memoria Femenina, capaz de hermanar el rigor del testimonio histórico con la calidez y la ligereza del mejor contrapunto cómico.

En definitiva, estamos ante una obra equilibrada y madura que confirma la capacidad de Marta Robles para mudar de piel literaria sin perder un ápice de rigor ni de encanto narrativo.