Si hay un lugar en el mundo al que se pueda aplicar con absoluta precisión ese manido e irritante tópico publicitario de ‘tierra de contrastes’, ese es Brasil. El enorme país sudamericano es un puzzle imposible de razas y culturas, donde criollos, europeos e indigenas conviven dando forma a un hermoso disparate. Brasil es exuberante en sus paisajes y en sus colores, en su enquistada violencia y en su arrolladora sensualidad, parece un lugar inventado, un país que solo existiera en la imaginación. Y Brasil siempre sale guapa en el cine, por eso, porque ocupa un lugar alejado de cualquier prosa, palpitando dentro de una realidad mágica y desbocada, casi indómita. 

El agente secreto (2025) sitúa su acción (aunque hay varios tiempos narrativos) a mediados de los años setenta, durante la dictadura militar de Ernesto Geisel, un estado de las cosas que nunca llega a ser el reclamo directo para una historia de denuncia política, sino que se intuye más bien como una presencia asfixiante, como una larga sombra extendida sobre una sociedad varada en el tiempo, anclada en la paranoia. Esa sensación de inactividad y desencanto queda ya esbozada con la brillante secuencia inicial, con un cadáver que lleva días en una gasolinera sin que nadie lo recoja y con una policía corrupta más preocupada por obtener su mordida que por hacerse cargo de ese cuerpo abandonado. El contraste entre esa abulia social y los pletóricos colores que retrata la cámara de Kleber Mendonça Filho es más elocuente que cualquier discurso, es una celebración del poder del cine como arma poética. 

La hipnótica cadencia de imágenes que desfila ante nuestra mirada está además envuelta con la maravillosa banda sonora de Mateus Alves y Tomaz Alves de Souza, algo que finalmente termina por definir a este filme como una experiencia visual y sonora que se eleva más por lo estético que por lo narrativo. Porque es ahí, en el argumento, donde a la cinta le cuesta despegar, con un innecesario exceso de metraje y con secuencias que ahondan en la misma idea con reiterada tozudez. Al espectador le cuesta entrar en el relato de este profesor que huye de su propio y contestatario pasado, la trama se dilata en la presentación de las diferentes capas de personajes, en los dilemas de nuestro protagonista.

Aunque poco importa cuando asistimos al magnetismo de unas imágenes que nos atrapan irremisiblemente, hasta que llega el certero y emocionante desenlace, cuando finalmente comprendemos la ética silenciosa de este héroe anónimo al que da vida un magnifico Wagner Moura.